El James Webb observa con detalle la nebulosa de la Hélice y sus nudos de gas

El telescopio espacial James Webb ha obtenido una imagen infrarroja de muy alta resolución de la nebulosa de la Hélice, uno de los ejemplos más cercanos y mejor estudiados de nebulosa planetaria. Situada a unos 650 años luz de la Tierra, esta estructura representa una fase avanzada de la evolución de estrellas de baja masa y ofrece una referencia directa sobre el destino final del Sol dentro de varios miles de millones de años.

La nebulosa de la Hélice y su contexto astronómico

La nebulosa de la Hélice, catalogada como NGC 7293, presenta una compleja morfología anular formada por capas de gas y polvo expulsadas por una estrella en las últimas etapas de su vida. Su relativa cercanía ha permitido que sea observada de forma continuada desde principios del siglo XIX mediante telescopios terrestres y, posteriormente, con observatorios espaciales. Esta proximidad la convierte en un inmejorable ejemplo para estudiar con detalle los procesos físicos que dominan el final de la evolución estelar.

Las nuevas observaciones obtenidas por el telescopio espacial James Webb Space Telescope suponen un avance significativo respecto a imágenes previas, al revelar con claridad la estructura interna del gas expulsado y la interacción entre regiones con distintas temperaturas y densidades. Frente a observaciones anteriores, el Webb permite resolver detalles a escalas mucho más finas y penetrar en zonas dominadas por polvo frío.

El James Webb y la observación infrarroja de nebulosas planetarias

La imagen ha sido obtenida con la cámara de infrarrojo cercano NIRCam, diseñada para estudiar regiones frías u ocultas por polvo que resultan inaccesibles en longitudes de onda visibles. Gracias a esta capacidad, el Webb muestra miles de estructuras alargadas de gas y polvo, dispuestas radialmente y con un aspecto similar al de cometas, que rodean gran parte de la envoltura de la nebulosa.

Estas columnas se formaron cuando vientos estelares extremadamente calientes y rápidos, emitidos durante la fase final de la estrella progenitora, impactaron contra material más frío expulsado en etapas anteriores. El choque entre ambos flujos generó inestabilidades y condensaciones que dieron lugar a este entramado filamentoso, visible ahora con un nivel de detalle sin precedentes.

En comparación con las imágenes más suaves obtenidas por el telescopio espacial Hubble Space Telescope, las observaciones del Webb revelan una fragmentación mucho mayor del gas y el polvo. También permiten identificar con precisión un gradiente térmico, desde regiones internas dominadas por gas ionizado caliente hasta zonas externas considerablemente más frías.

La enana blanca central y la estructura térmica del gas

En el centro de la nebulosa se encuentra una enana blanca, el remanente compacto de la estrella original tras haber perdido sus capas exteriores. Este núcleo estelar, aproximadamente del tamaño de la Tierra, ya no produce energía mediante fusión nuclear, pero emite una intensa radiación debido a su elevado calor residual. Esa radiación energiza el gas circundante y es responsable del brillo característico de la nebulosa.

Las regiones más próximas al centro están dominadas por gas ionizado caliente, mientras que a mayor distancia aparecen zonas ricas en hidrógeno molecular, protegidas parcialmente por polvo. En estos entornos más fríos comienzan a formarse moléculas más complejas, favorecidas por la atenuación de la radiación ultravioleta. Estas diferencias térmicas y químicas quedan claramente delimitadas en las observaciones infrarrojas del Webb.

Las nebulosas planetarias representan una fase transitoria pero esencial en el ciclo de la materia en la galaxia. Durante su vida, las estrellas sintetizan elementos más pesados que el hidrógeno y el helio mediante procesos de fusión nuclear. Al final de su evolución, estos elementos son devueltos al medio interestelar junto con el gas y el polvo expulsados, enriqueciendo el entorno donde se formarán nuevas estrellas y sistemas planetarios.

Imagen infrarroja de la nebulosa de la Hélice obtenida por el telescopio espacial James Webb, donde se observan nudos de gas, capas de material expulsado y la transición entre gas caliente y frío alrededor de la enana blanca central.
Imagen infrarroja de la nebulosa de la Hélice captada por el James Webb Space Telescope, que revela con gran detalle la estructura del gas y del polvo expulsados por la estrella progenitora durante su fase final de evolución. Créditos: NASA/ESA/CSA/STScI/A. Pagan (STScI).

El destino del Sol y el ciclo de la materia estelar

Dentro de unos 5.000 millones de años, se espera que el Sol experimente una evolución similar. Tras agotar el hidrógeno de su núcleo, abandonará la secuencia principal y se expandirá hasta convertirse en una gigante roja, aumentando su radio hasta unas 200 veces el actual. En ese proceso, Mercurio y Venus probablemente serán engullidos, mientras que el destino final de la Tierra sigue siendo objeto de estudio.

En cualquier escenario, las condiciones en la superficie terrestre se volverán incompatibles con la presencia de océanos y con la vida tal como se conoce hoy. Durante su fase final, el Sol expulsará sus capas exteriores al espacio, formando una nebulosa planetaria en expansión. El núcleo remanente quedará como una enana blanca central, que se enfriará lentamente a lo largo de miles de millones de años.

El gas y el polvo liberados en este proceso se dispersarán en el medio interestelar y pasarán a formar parte del material disponible para futuras generaciones de estrellas y planetas. En este sentido, la nebulosa de la Hélice no solo representa el final de una estrella, sino también un eslabón fundamental en los ciclos de transformación de la materia en la galaxia.

Situada en la constelación de Acuario, la nebulosa de la Hélice continúa siendo un objetivo de referencia tanto para la investigación profesional como para la observación amateur. Las imágenes obtenidas por el telescopio espacial James Webb aportan una visión sin precedentes de su estructura interna y de los procesos físicos que gobiernan las fases finales de la evolución estelar, proporcionando un marco observacional clave para comprender el pasado y el futuro del entorno galáctico del Sol.

Detectan amoníaco en la superficie de Europa a partir de datos históricos de Galileo

La detección se concentra en fracturas y terrenos jóvenes de la superficie de Europa, lo que apunta a un intercambio reciente entre el interior del satélite y su océano subsuperficial.

Un nuevo estudio, liderado por Al Emran, se basa en el reanálisis de datos de la misión Galileo y ha identificado compuestos portadores de amoníaco en regiones concretas de la superficie de Europa. Las señales espectroscópicas, registradas a finales de la década de 1990, no habían sido identificadas hasta ahora y sugieren que Europa ha experimentado actividad geológica en tiempos recientes.

El hallazgo se basa en la identificación de una banda de absorción en torno a 2,20 μm, característica de especies amoniacadas como el amoníaco hidratado y determinadas sales de amonio. Estas señales aparecen asociadas a fracturas, bandas y terrenos caóticos, considerados entre las unidades geológicas más jóvenes. Este patrón sugiere un transporte de materiales desde capas subsuperficiales. Entre los procesos implicados se incluyen el criovulcanismo y la movilización de salmueras.

Reanálisis de datos de Galileo y detección de amoníaco en Europa

El resultado procede del reestudio de observaciones obtenidas por el espectrómetro NIMS durante varios sobrevuelos de Europa a finales de los años noventa. Este instrumento registra datos en el infrarrojo cercano, lo que permite inferir la composición superficial del hielo y de los materiales no helados. En este análisis se ha aislado una absorción centrada en torno a 2,20 μm, atribuida a compuestos amoniacados.

Mapa compuesto de la superficie de Europa con detecciones de compuestos amoniacados superpuestas sobre fracturas del hielo observadas por la sonda Galileo.
Detección de compuestos portadores de amoníaco en la superficie de Europa a partir de datos de la sonda Galileo. En rojo se indican las regiones con detección positiva y en púrpura las zonas sin detección. Las fracturas visibles en la imagen corresponden a terrenos jóvenes de la corteza helada. Créditos: NASA/JPL-Caltech

La señal presenta profundidades de banda del orden del 1 %, lo que explica que pasara inadvertida en análisis anteriores. El estudio emplea técnicas avanzadas de limpieza de ruido y modelado espectral para descartar artefactos instrumentales y efectos de radiación. Tras este procesamiento, las detecciones aparecen agrupadas en píxeles contiguos, reforzando su carácter real.

El modelado espectral indica que los candidatos más plausibles para explicar la absorción a 2,20 μm son el amoníaco hidratado, NH₃·H₂O, y sales de amonio como el cloruro de amonio (NH₄Cl). Ambos compuestos son químicamente inestables en la superficie de Europa debido a la intensa radiación del entorno joviano, lo que implica una deposición relativamente reciente en términos geológicos.

El análisis descarta que la señal pueda explicarse únicamente por sulfatos hidratados u otros materiales ya conocidos en la superficie europea. Aunque algunos presentan absorciones en regiones próximas del espectro, su forma y posición no coinciden con la banda estrecha identificada en los datos de NIMS. La comparación con espectros de laboratorio y la mejora estadística de los ajustes al incluir fases amoniacadas respaldan esta interpretación.

Asociación con fracturas y terrenos geológicamente jóvenes

Las detecciones no se distribuyen al azar sobre la superficie de Europa, sino que se concentran en algunas de sus unidades geológicas más jóvenes. Los píxeles con absorción a 2,20 μm se localizan en regiones fracturadas, bandas lineales y áreas de terreno caótico, formaciones asociadas a procesos endógenos recientes en la corteza helada.

Los terrenos caóticos, caracterizados por bloques de hielo desorganizados, domos y depresiones, indican interacción entre la superficie y materiales más cálidos o líquidos procedentes del subsuelo. Su asociación con compuestos amoniacados sugiere que líquidos ricos en sales y amoníaco pudieron ascender desde capas profundas o reservorios poco profundos antes de que la radiación del entorno joviano los degradara.

Bandas lineales y sistemas de crestas entrecruzadas en la superficie helada de Europa.
Vista de un sector de Europa con bandas y crestas lineales registradas por Galileo en el sobrevuelo del 26 de septiembre de 1998. Créditos: NASA /JPL Caltech/SETI Institute

Las bandas y fracturas lineales se interpretan como estructuras tectónicas generadas por esfuerzos de extensión y cizalla en la corteza helada. En algunos casos, estas estructuras habrían actuado como conductos para el transporte de salmueras desde el interior. La coincidencia entre estas estructuras y las detecciones espectrales apunta a un patrón controlado por la geología interna del satélite.

La localización de compuestos amoniacados en estas regiones es especialmente relevante si se considera la corta vida química del amoníaco en el entorno radiativo de Júpiter. Los modelos indican que estas especies desaparecen de la superficie en escalas muy inferiores a un millón de años, lo que implica un emplazamiento geológicamente reciente.

Implicaciones para la química del océano subsuperficial

En un océano dominado por agua líquida, la presencia de amoníaco resulta especialmente relevante. Disuelto en el agua, actúa como anticongelante y reduce su punto de congelación. En Europa, este efecto favorece la persistencia de agua líquida y sugiere una corteza helada menos espesa que en un sistema compuesto únicamente por hielo de H₂O.

Desde el punto de vista geoquímico, la detección de nitrógeno en forma de especies amoniacadas apunta a un océano químicamente reducido y con pH relativamente elevado, lo que condiciona la estabilidad de los minerales disueltos y las reacciones químicas internas. Aunque el amoníaco no implica actividad biológica, amplía el rango de escenarios fisicoquímicos plausibles para el océano europeano.

La corta vida del amoníaco bajo la radiación joviana refuerza la existencia de intercambio reciente entre el océano o reservorios subsuperficiales y la superficie. Su detección indica que la corteza no actúa como una barrera completamente aislante y que pueden producirse episodios de transporte de materiales en escalas geológicas cortas.

Estos resultados son coherentes con otros indicios de actividad reciente en Europa, como la presencia de hielo cristalino o la morfología de los terrenos caóticos, y refuerzan el escenario de un satélite con una corteza helada activa y un océano químicamente conectado con su interior rocoso.

Ilustración del océano subsuperficial de Europa bajo la corteza helada, con posibles penachos y circulación interna
Ilustración que muestra el océano salado bajo la corteza helada de Europa y su posible comunicación con la superficie. Créditos: NASA/JPL-Caltech

Contexto en la exploración futura del sistema joviano

El hallazgo se integra en el marco de la exploración del sistema joviano y de sus satélites helados. Las misiones a Júpiter han revelado un entorno dominado por fuertes campos gravitatorios y radiativos, pero también por procesos internos capaces de mantener océanos líquidos bajo capas de hielo de decenas de kilómetros.

Estos resultados aportan contexto para la misión Europa Clipper, centrada en caracterizar la estructura de la corteza, la composición superficial y la interacción entre el océano y el hielo. La detección de amoníaco en regiones jóvenes define objetivos concretos para futuras observaciones espectroscópicas de alta resolución.

De forma complementaria, la misión JUICE permitirá comparar la presencia de compuestos amoniacados en distintos satélites del sistema joviano. Este enfoque comparativo es clave para evaluar si la química observada en Europa es un rasgo singular o parte de un patrón más amplio asociado a océanos subsuperficiales.

En conjunto, el reanálisis de los datos de Galileo amplía el conocimiento sobre la composición de Europa y refuerza la evidencia de intercambio reciente entre su interior y la superficie, reforzando la idea de que Europa es un mundo activo, donde estos procesos siguen siendo relevantes en la actualidad geológica.

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Las slope lineae de Mercurio y su relación con la pérdida de volátiles

Un análisis sistemático de imágenes sugiere pérdida reciente de volátiles en la superficie del planeta

Mercurio ha sido descrito durante décadas como un planeta geológicamente agotado, con una superficie dominada por procesos antiguos y sin apenas actividad en la actualidad. Sin embargo, un nuevo estudio publicado en Nature aporta evidencias que obligarían a revisar esta visión. Un análisis sistemático de las «slope lineae», unas estructuras brillantes y alargadas observadas en pendientes del planeta, sugiere que Mercurio podría seguir perdiendo volátiles en la actualidad, aunque a escalas espaciales y temporales difíciles de detectar con los datos disponibles.

Las slope lineae son rasgos estrechos, de cientos de metros a varios kilómetros de longitud, que se desarrollan ladera abajo y que destacan por su alto albedo y su aparente juventud geológica. Fueron identificadas por primera vez en imágenes de alta resolución obtenidas por la misión norteamericana Messenger entre 2011 y 2015, pero hasta ahora no existía un inventario global ni un análisis cuantitativo de su distribución, morfología y contexto geológico.

Aunque el aspecto de las slope lineae de Mercurio recuerda al de las recurring slope lineae descritas en Marte, los datos disponibles apuntan a mecanismos de formación distintos, dominados en Mercurio por la pérdida de volátiles sólidos en un entorno prácticamente sin atmósfera.

Inventario global de las slope lineae en Mercurio

El nuevo trabajo, liderado por Valentin Bickel desde la Universidad de Berna y desarrollado en colaboración con el Observatorio Astronómico de Padua, aborda esta laguna mediante técnicas de machine learning. A partir del análisis automático de más de 100.000 imágenes de la cámara MDIS de MESSENGER, el equipo ha identificado inicialmente 925 detecciones, que tras un proceso de depuración se reducen a 402 slope lineae únicas distribuidas por todo el planeta, entre latitudes de 84° N y 40° S.

La mayor parte de estas estructuras se concentra en el hemisferio norte, con acumulaciones destacadas en regiones como Budh Planitia, Sobkou Planitia y el cráter Degas, que presenta la mayor densidad conocida. La distribución no es homogénea y está condicionada, en parte, por la cobertura y resolución de las imágenes disponibles, lo que sugiere que el número real de lineae podría ser bastante mayor.

Las slope lineae se localizan preferentemente en pendientes pronunciadas, a menudo superiores a las del terreno circundante, y en cotas ligeramente más bajas que la media global, aunque más elevadas que las de los hollows, unas depresiones brillantes y sin borde bien definido que también se asocian a la pérdida de volátiles en la superficie de Mercurio. El análisis espectral muestra que lineae y hollows comparten una pendiente espectral azulada, claramente distinta del terreno de fondo, lo que apunta a una composición o un estado superficial similar.

Slope lineae brillantes en las paredes internas de cráteres de Mercurio, asociadas a hollows y a pendientes orientadas hacia el ecuador, observadas por la cámara MDIS de la misión MESSENGER.
Ejemplos de slope lineae y sus regiones fuente asociadas a hollows y estructuras similares en cráteres como Degas y Martins. Imagen compuesta a partir de datos de la cámara MDIS de la misión MESSENGER. Créditos: NASA/JHUAPL/Carnegie Institution of Washington.

Relación con cráteres jóvenes, pendientes ecuatoriales y terrenos volcánicos

Uno de los resultados más consistentes del estudio es la fuerte asociación entre las slope lineae y cráteres de impacto relativamente jóvenes. Aunque los catálogos globales incluyen solo cráteres mayores de 20 km, una inspección manual indica que cerca del 90 % de las lineae se encuentran en cráteres, muchos de ellos de menor tamaño. La mayoría de estos cráteres tienen diámetros en torno a 10 km, próximos al límite entre cráteres simples y complejos, y presentan paredes internas bien definidas.

Las regiones fuente de las lineae se sitúan casi siempre en la parte superior de la pendiente, a menudo en el borde interno del cráter. En torno al 87 % de los casos, el origen coincide con hollows o con pequeñas estructuras brillantes similares, demasiado pequeñas para haber sido catalogadas en estudios previos. Estas observaciones refuerzan la idea de un vínculo directo entre ambos tipos de rasgos.

Además, las slope lineae aparecen con preferencia en pendientes orientadas hacia el ecuador, es decir, en laderas que reciben una mayor insolación media a lo largo del año. Este patrón es estadísticamente significativo y se mantiene incluso al corregir posibles errores derivados de la baja resolución de los modelos topográficos globales. En conjunto, estos datos sugieren que la radiación solar y el entorno térmico desempeñan un papel relevante en la activación de estos procesos.

Desde el punto de vista geológico, cerca del 60 % de las lineae se localiza en llanuras lisas de origen volcánico, una proporción mayor que la observada para los hollows. Esto apunta a la existencia de una capa volcánica superficial que podría actuar como sello sobre materiales más ricos en volátiles, creando las condiciones necesarias para su preservación y posterior liberación.

Un modelo conceptual para la pérdida reciente de volátiles

A partir de todos estos resultados, los autores proponen un modelo conceptual para explicar la formación de las slope lineae. En este escenario, impactos relativamente recientes perforan una capa volcánica superficial y alcanzan un sustrato enriquecido en volátiles, generando una red de fracturas que facilita la migración de calor y materiales hacia la superficie. En zonas llanas, este proceso daría lugar a hollows, mientras que en las pendientes más empinadas, especialmente las orientadas hacia el ecuador, la desvolatilización inducida por la insolación provocaría desplazamientos superficiales de bajo volumen que generan las lineae.

Esquema conceptual de la formación de slope lineae en Mercurio mediante impactos, fracturación del subsuelo y desvolatilización inducida por calor e insolación.
Esquema conceptual de la formación de slope lineae en Mercurio mediante impactos, fracturación del subsuelo y desvolatilización inducida por calor e insolación. Créditos: Bickel et al.

Los modelos térmicos indican que las temperaturas superficiales y a un metro de profundidad en las zonas con lineae son suficientes para permitir la sublimación de sustancias como el azufre elemental, considerado el candidato más plausible entre los volátiles implicados. Las tasas estimadas de crecimiento vertical asociadas a la pérdida de azufre podrían explicar por qué no se han detectado cambios geomorfológicos evidentes entre las imágenes de MESSENGER separadas por unos cuatro años.

Perspectivas con BepiColombo

Aunque el estudio no detecta actividad observable a escala métrica en el intervalo cubierto por MESSENGER, los autores subrayan que esto es coherente con procesos lentos o de pequeña escala, por debajo de la resolución disponible. La misión BepiColombo, de la ESA y JAXA, que iniciará su fase científica en órbita alrededor de Mercurio a finales de 2026, ofrecerá una gran oportunidad para poner a prueba estas hipótesis.

Con una mayor resolución espacial, una cobertura más homogénea y una línea temporal de más de 15 años respecto a MESSENGER, los instrumentos de BepiColombo permitirán buscar cambios sutiles en regiones con slope lineae y evaluar si estas estructuras siguen formándose en la actualidad. Si se confirma su relación con la pérdida de volátiles, las slope lineae podrían convertirse en un indicador geomorfológico directo del presupuesto actual de volátiles de Mercurio, aspecto muy importante para comprender la evolución del planeta más cercano al Sol.

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La misión Crew-11 completa con éxito un regreso anticipado desde la ISS

La cápsula Dragon Endeavour amerizó frente a la costa de California tras más de cinco meses en órbita, culminando el regreso anticipado de la misión Crew-11 desde la Estación Espacial Internacional (ISS) por una incidencia médica en uno de sus tripulantes.

La misión Crew-11 regresó a la Tierra el 15 de enero de 2026 tras completar su retorno desde la ISS con un amerizaje en el océano Pacífico, frente a la costa de California. La cápsula Dragon Endeavour, operada por SpaceX dentro del Programa de Tripulación Comercial de la NASA, puso fin a una misión de más de cinco meses en órbita cuyo calendario fue ajustado tras detectarse un problema médico que requería evaluación en tierra.

La nave se desacopló del complejo orbital a las 22:20 GMT del 14 de enero y completó un viaje de regreso de casi once horas. El amerizaje tuvo lugar a las 8:41 GMT del día 15, dentro de la ventana prevista y en condiciones marítimas especialmente favorables, lo que facilitó las operaciones de recuperación. Tras el despliegue de los cuatro paracaídas principales, la cápsula fue asegurada por los equipos de SpaceX y trasladada al buque de recuperación para los primeros controles médicos de la tripulación.

A bordo viajaban los astronautas de la NASA Zena Cardman y Mike Fincke, el astronauta de la agencia japonesa JAXA Kimiya Yui y el cosmonauta ruso Oleg Platonov, de Roscosmos. Los cuatro permanecieron en el interior de la cápsula durante unos cuarenta minutos tras el amerizaje, siguiendo los procedimientos establecidos, antes de abandonar la nave de forma secuencial para ser trasladados a evaluación médica en tierra. La NASA confirmó que el tripulante afectado por el problema de salud se encuentra estable y no ha facilitado más detalles por motivos de privacidad médica.

Crew-11 había sido lanzada el 1 de agosto de 2025 desde el Complejo 39A del Centro Espacial Kennedy y se acopló a la estación unas quince horas después. La misión estaba inicialmente planificada para una estancia de aproximadamente seis meses, pero el 8 de enero la NASA anunció su decisión de adelantar el regreso “pocas semanas” tras evaluar la situación médica de uno de los miembros de la tripulación. Como consecuencia directa de esta decisión, se canceló una actividad extravehicular programada y se reorganizó el calendario operativo del laboratorio orbital.

Durante sus 165 días a bordo de la ISS y 167 días en el espacio, la tripulación de Crew-11 llevó a cabo más de 140 experimentos científicos en áreas como biología humana, ciencia de materiales, tecnología espacial y demostraciones operativas relevantes para futuras misiones tripuladas. Parte de estos trabajos estuvieron orientados a mejorar la comprensión de los efectos de la microgravedad prolongada sobre el organismo y a validar sistemas necesarios para misiones más allá de la órbita baja terrestre.

Tras la salida de Crew-11, la estación quedó temporalmente ocupada por tres tripulantes de la misión Soyuz MS-28, bajo el mando del cosmonauta Serguéi Kud-Sverchkov. Esta situación se normalizará con el lanzamiento de la misión Crew-12, previsto para mediados de febrero de 2026, que devolverá la dotación habitual de la estación. La nueva tripulación estará formada por los astronautas de la NASA Jessica Meir y Jack Hathaway, la astronauta de la Agencia Espacial Europea Sophie Adenot y el cosmonauta ruso Andrey Fedyaev, que asumirán las operaciones científicas y de mantenimiento del complejo orbital durante la siguiente expedición.

El regreso anticipado de Crew-11 constituye el primer caso en la historia de la operación permanente de la ISS en el que una misión tripulada comercial retorna antes de lo previsto por motivos médicos. Aunque la estación dispone de equipamiento sanitario avanzado y de protocolos para la atención de emergencias, la agencia subraya que determinados diagnósticos y tratamientos solo pueden realizarse adecuadamente en tierra, lo que hace necesario este tipo de decisiones en situaciones concretas.

Este episodio se enmarca en una tradición poco frecuente, aunque no inédita, de regresos anticipados por razones de salud en la historia de la exploración espacial. Durante la era soviética, misiones como Soyuz 21 en 1976 o Soyuz T-14 en 1985 interrumpieron estancias prolongadas en estaciones espaciales debido a problemas médicos o psicológicos de sus tripulantes. La experiencia acumulada en estos casos contribuyó a reforzar los criterios de selección, el seguimiento médico y el apoyo psicológico, aspectos que hoy forman parte esencial de la preparación para vuelos espaciales de larga duración.

En el contexto actual, el incidente de Crew-11 vuelve a poner de relieve la importancia de la capacidad de retorno rápido desde la órbita baja terrestre, una opción viable en el entorno de la ISS, pero que no estaría disponible en misiones tripuladas a la Luna o, especialmente, a Marte. La gestión de contingencias médicas en vuelos de exploración profunda continúa siendo uno de los principales retos técnicos y operativos de la exploración humana del espacio.

El Programa de Tripulación Comercial de la NASA, en colaboración con SpaceX, continúa su labor de garantizar un acceso regular y seguro a la órbita baja. El regreso de Crew-11, adelantado pero plenamente controlado, se desarrolló conforme a las capacidades previstas del sistema y permitió priorizar la salud de la tripulación sin comprometer la seguridad de la misión ni la continuidad de las operaciones en la Estación Espacial Internacional. La agencia ha reiterado que el astronauta afectado se encuentra estable, y se espera que la evaluación médica en tierra permita una recuperación completa tras la misión.

Galería de imágenes de la misión Crew-11 durante su estancia a bordo de la Estación Espacial Internacional.

Referencias y más información:

La misión Pandora de la NASA ya está en órbita para mejorar el estudio de exoplanetas

Pandora ha alcanzado la órbita terrestre tras su lanzamiento en un Falcon 9 y está diseñada para observar de forma simultánea estrellas y planetas, reduciendo la incertidumbre en la caracterización de atmósferas exoplanetarias.

La misión Pandora de la NASA ha iniciado sus operaciones tras un lanzamiento exitoso a bordo de un cohete Falcon 9 de SpaceX desde la Base de la Fuerza Espacial de Vandenberg, en California. El satélite entra ahora en la fase inicial de su misión científica, orientada a resolver una limitación fundamental en el estudio de exoplanetas: distinguir con precisión las señales procedentes de las atmósferas planetarias de las variaciones introducidas por sus estrellas anfitrionas.

La misión Pandora y sus objetivos científicos

Pandora es un pequeño telescopio espacial concebido para realizar observaciones prolongadas en el visible y el infrarrojo cercano de sistemas planetarios ya conocidos. Su objetivo principal es caracterizar las atmósferas de al menos 20 exoplanetas mediante el análisis detallado de tránsitos, cuando un planeta pasa por delante de su estrella y provoca una leve disminución del brillo estelar. Durante estos eventos, una fracción de la luz atraviesa la atmósfera del planeta y deja señales espectrales asociadas a moléculas como vapor de agua o hidrógeno.

La relevancia científica de Pandora reside en el papel determinante de la estrella en este tipo de mediciones. Las superficies estelares no son uniformes y presentan manchas y regiones brillantes que modifican el espectro observado a lo largo del tiempo. Estas variaciones pueden imitar o enmascarar las señales atmosféricas del planeta, dificultando su interpretación. Pandora ha sido diseñada para observar de manera conjunta la estrella y el planeta, lo que permite cuantificar la contribución estelar y corregir su efecto en los espectros de transmisión, reduciendo una fuente de incertidumbre en la caracterización atmosférica de exoplanetas.

Diseño de la misión y estrategia de observación

El satélite forma parte del programa Astrophysics Pioneers de la NASA, orientado a misiones científicas de menor coste y desarrollo rápido. Pandora es la primera misión de este programa en alcanzar el lanzamiento y adopta un enfoque distinto al de observatorios más complejos, al centrarse en un número limitado de objetivos con observaciones repetidas y de larga duración, difíciles de programar en misiones con alta demanda de tiempo de observación. Durante su misión principal, con una duración prevista de un año tras la fase inicial de verificación, Pandora observará cada sistema hasta diez veces, con sesiones continuas de unas 24 horas.

Instrumentación y características técnicas de Pandora

Desde el punto de vista técnico, Pandora incorpora un telescopio Cassegrain de aluminio con una apertura de 0,45 m. La instrumentación divide la luz recogida en dos canales, uno visible y otro infrarrojo, que permiten registrar de forma simultánea variaciones fotométricas y espectros con alta estabilidad. El detector infrarrojo es un repuesto desarrollado originalmente para el James Webb, lo que proporciona la estabilidad y sensibilidad necesarias para el estudio preciso de atmósferas exoplanetarias. El satélite utiliza una plataforma SmallSat con suministro eléctrico mediante un panel solar desplegable y sistemas de control térmico adaptados a observaciones continuas.

Tras alcanzar su órbita baja terrestre, Pandora pasará aproximadamente un mes en una fase de puesta en servicio, durante la cual se verificarán los sistemas de la nave y el rendimiento del telescopio. Superada esta etapa, comenzarán las observaciones científicas regulares. El centro de operaciones de la misión se encuentra en la Universidad de Arizona, desde donde se gestionarán las operaciones del satélite y la recepción de telemetría. Todos los datos científicos obtenidos serán de acceso público, en línea con la política de ciencia abierta de la NASA.

Pandora no tiene como objetivo evaluar la habitabilidad de los exoplanetas ni detectar vida. Su función es proporcionar el contexto observacional necesario para interpretar con mayor precisión los datos obtenidos por grandes observatorios espaciales. Sus resultados servirán para identificar exoplanetas con atmósferas dominadas por hidrógeno o agua y para seleccionar objetivos especialmente adecuados para estudios más profundos con el James Webb y con futuras misiones dedicadas a la búsqueda remota de biofirmas. Al mismo tiempo, la misión permitirá establecer relaciones entre tipos estelares, tamaños planetarios y niveles de contaminación estelar en los espectros observados.

El lanzamiento de Pandora introduce un cambio metodológico en la astrofísica exoplanetaria al poner en servicio un satélite concebido específicamente para resolver una limitación observacional concreta. En un contexto en el que el número de exoplanetas conocidos supera ya varios miles, misiones como Pandora aportan la base necesaria para transformar los catálogos de detección en conocimiento físico preciso sobre la diversidad de las atmósferas planetarias más allá del Sistema Solar.

Referencias y más información:

  • Pandora, web oficial de la misión en NASA Science
  • Pandora, SmallSat Missions del Goddard Space Flight Center