Mercurio es un planeta rocoso cuya composición está dominada por un gran núcleo metálico rico en hierro, que representa la mayor parte de su volumen, una característica única entre los planetas terrestres del Sistema Solar. Su superficie está formada principalmente por silicatos y muestra un aspecto muy similar al de la Luna, intensamente craterizada y modelada por impactos durante miles de millones de años.
A diferencia de la Tierra, Mercurio no posee una atmósfera densa, sino una exosfera extremadamente tenue compuesta por elementos como sodio, oxígeno, hidrógeno, helio y potasio, que se renuevan constantemente por la interacción con el viento solar y los micrometeoritos. Estas características físicas y composicionales, unidas a su cercanía al Sol y a su peculiar dinámica orbital, hacen de Mercurio uno de los planetas más extremos del Sistema Solar.

Conocido desde la antigüedad, el planeta Mercurio fue identificado durante siglos como una estrella errante por su rápido desplazamiento aparente en el cielo. Su nombre procede de la mitología romana y su naturaleza planetaria quedó definitivamente establecida tras la aceptación del modelo heliocéntrico.
Si pudiéramos situarnos sobre su superficie, observaríamos un paisaje muy similar al lunar, dominado por extensas llanuras antiguas, colinas suavemente erosionadas, grandes fallas de varios kilómetros de altura y multitud de cráteres de impacto, testimonio de una historia geológica marcada por el bombardeo temprano del Sistema Solar.
Actualmente no hay ninguna sonda espacial estudiando el planeta in situ. La misión conjunta entre la ESA y la JAXA, BepiColombo, consta de dos orbitadores, fue lanzada en octubre de 2018. Entrará en órbita a finales de 2026, realizando previamente varios sobrevuelos.
Características físicas de Mercurio

Mercurio es el planeta más cercano al Sol y el más pequeño del Sistema Solar, con un radio medio de 2.439,7 km. Su tamaño es aproximadamente un 38 % menor que el de la Tierra y un 40 % mayor que el de la Luna. A pesar de ello, es más pequeño que satélites naturales como Ganímedes o Titán.
Con una masa de 3,30 × 10²³ kg, equivalente a 0,055 masas terrestres, Mercurio presenta una densidad media de 5.430 kg/m³, la segunda más alta del Sistema Solar tras la Tierra. Este valor refleja una elevada proporción de material metálico en su interior. La aceleración de la gravedad en su superficie es de 3,7 m/s², aproximadamente el 38 % de la terrestre, un valor comparable al de Marte. La elevada densidad, junto con su tamaño reducido, implica una fuerte concentración de masa en su núcleo metálico, lo que condiciona su campo gravitatorio y su evolución térmica.
Mercurio recibe una intensa radiación solar debido a su proximidad al Sol, pero su capacidad reflectante es baja. Su albedo geométrico es de aproximadamente 0,1, lo que indica que solo refleja una pequeña fracción de la luz incidente. Esta baja reflectividad se debe a la composición y textura de su superficie, dominada por materiales oscuros, regolito fragmentado y escasa presencia de minerales altamente reflectantes, con un comportamiento similar al de la Luna.
La temperatura en la superficie de Mercurio presenta variaciones extremas como consecuencia de su lenta rotación y de la ausencia de una atmósfera significativa. Durante el día puede alcanzar valores de hasta 427 ºC, mientras que durante la noche desciende por debajo de -173 ºC. Estas diferencias reflejan la limitada capacidad del planeta para redistribuir el calor recibido del Sol.
La velocidad de escape en Mercurio es de 4,25 km/s, la más baja entre los planetas del Sistema Solar. Este valor limita la retención de gases, dando lugar a una exosfera extremadamente tenue compuesta principalmente por átomos de sodio, potasio, oxígeno y helio, liberados por procesos como el impacto de micrometeoritos, la desgasificación superficial y la interacción con el viento solar.
Características orbitales de Mercurio
Mercurio describe una órbita altamente elíptica alrededor del Sol, con una distancia que varía entre aproximadamente 46 y 70 millones de kilómetros. Esta órbita presenta la mayor excentricidad entre los planetas del Sistema Solar, con un valor de e = 0,206, así como una inclinación de 7 grados respecto al plano de la eclíptica.
Durante décadas se consideró que Mercurio mantenía una rotación síncrona con el Sol, mostrando siempre la misma cara, de forma similar a la Luna con la Tierra. Sin embargo, observaciones por radar realizadas en la década de 1960 demostraron que su periodo de rotación es de 58,6 días terrestres, mientras que su periodo orbital es de 87,97 días. Estos valores corresponden a una resonancia 3:2, lo que implica que Mercurio completa tres rotaciones sobre su eje por cada dos órbitas alrededor del Sol.
Esta resonancia tiene como consecuencia que el día solar en Mercurio, entendido como el intervalo entre dos pasos consecutivos del Sol por el mismo meridiano, es de aproximadamente 176 días terrestres. Este comportamiento genera ciclos de iluminación extremadamente largos y contrastes térmicos muy acusados en la superficie del planeta.
El movimiento de Mercurio también presenta una característica relevante en la dinámica orbital: la precesión de su perihelio. Las observaciones mostraron que el punto de máxima aproximación al Sol avanza a un ritmo ligeramente superior al predicho por la mecánica newtoniana, con un exceso de 43 segundos de arco por siglo. Este resultado no pudo explicarse mediante perturbaciones gravitatorias de otros planetas ni por la existencia de un hipotético planeta interior, denominado Vulcano.
La explicación correcta de esta anomalía fue proporcionada por la Teoría General de la Relatividad, desarrollada por Albert Einstein a comienzos del siglo XX. En este marco, la curvatura del espacio-tiempo en las proximidades del Sol modifica ligeramente la órbita de Mercurio, reproduciendo con precisión la precesión observada.
Debido a su proximidad al Sol, Mercurio es el planeta con mayor velocidad orbital media del Sistema Solar, alcanzando valores cercanos a 47 km/s, aunque esta velocidad varía significativamente a lo largo de su órbita debido a su elevada excentricidad.

Tránsitos de Mercurio
Al ser uno de los planetas interiores más próximos al Sol que la Tierra, Mercurio junto con Venus pasan periódicamente por delante del Sol siendo observados desde nuestro planeta. Esta alineación se denomina tránsito astronómico.
En condiciones normales, el planeta Mercurio pasa cada 116 días entre la Tierra y el Sol. Dado que Mercurio está en un plano diferente de la eclíptica de nuestro planeta (7 grados de diferencia), hace que los tránsitos no sean muy frecuentes. El último ocurrió el pasado 9 de mayo de 2016 y fue el tercero del presente siglo. Mercurio suele transitar el disco solar un promedio de 13 a 14 veces cada 100 años en intervalos de 3, 7, 10 y 13 años. El último tránsito de Mercurio que pudimos presenciar fue el 11 de noviembre de 2019. Deberemos esperar hasta el próximo el 13 de noviembre de 2032 para poder contemplar el próximo tránsito del planeta sobre el disco solar.
El primer tránsito de Mercurio observado y documentado en la historia data del año 1631 por el astrónomo francés Gassendi, quien pudo observarlo gracias a los cálculos y predicciones de Johannes Kepler tras conocer las investigaciones de Tycho Brahe. Éste realizó investigaciones de las órbitas planetarias a simple vista, publicando los resultados en las tablas Rudolfianas en el año 1627. Brahe es considerado uno de los más grandes observadores del cielo antes de la invención del telescopio.
Estructura interna y composición de Mercurio
Mercurio es el segundo planeta más denso del Sistema Solar tras la Tierra, con una densidad media de 5.430 kg/m³. Esta elevada densidad se debe a la presencia de un núcleo metálico de gran tamaño, con un radio de aproximadamente 2.000 km, lo que representa cerca del 85 % del radio planetario. Se trata del núcleo proporcionalmente más grande entre los planetas terrestres.

Los datos gravimétricos, topográficos y de rotación obtenidos por la misión MESSENGER indican que el núcleo se encuentra mayoritariamente en estado líquido, con una fracción sólida interna aún poco definida. Sobre este núcleo existiría una capa rica en hierro y azufre en estado sólido, que actúa como transición hacia el manto. La presencia de azufre reduce la temperatura de fusión del hierro, lo que permite mantener parte del núcleo fundido pese al reducido tamaño del planeta.
El manto de Mercurio es relativamente delgado en comparación con el de otros planetas terrestres, con un espesor estimado de entre 400 y 600 km. Esta limitada envoltura silicatada condiciona la evolución térmica del planeta y está directamente relacionada con la rápida pérdida de calor en sus primeras etapas.
La corteza presenta un espesor estimado de entre 30 y 200 km, con variaciones regionales significativas. Una de sus características más distintivas son los escarpes lobulados, estructuras tectónicas que pueden extenderse cientos o miles de kilómetros. Estas formaciones se interpretan como el resultado de la contracción global del planeta a medida que su interior se ha ido enfriando, provocando la compresión de la corteza.
Las observaciones espectrométricas de MESSENGER han revelado una composición superficial rica en elementos volátiles como azufre, sodio o potasio, en concentraciones superiores a las esperadas para un planeta tan cercano al Sol. Este resultado ha modificado los modelos de formación de Mercurio, ya que indica que no experimentó una pérdida completa de volátiles durante su origen.

En las regiones polares, los datos de radar terrestre y las mediciones de neutrones de MESSENGER han confirmado la presencia de depósitos de hielo de agua en cráteres permanentemente en sombra. Estos depósitos se encuentran protegidos por capas de regolito y materiales orgánicos oscuros, y representan una reserva significativa de volátiles en un entorno extremadamente próximo al Sol.
Campo magnético de Mercurio
El campo magnético de Mercurio es generado por un proceso de dínamo interno, asociado al movimiento de material conductor en su núcleo metálico parcialmente fundido. Este mecanismo, similar al que opera en la Tierra, implica la circulación de hierro líquido en el interior del planeta, lo que induce corrientes eléctricas y, en consecuencia, un campo magnético global.
Las primeras mediciones realizadas por la misión Mariner 10 demostraron que Mercurio posee un campo magnético intrínseco, con una intensidad aproximada del 1 % del campo terrestre. Observaciones posteriores de la misión MESSENGER han permitido caracterizarlo con mayor precisión, situando su intensidad media en torno a 200–300 nT en la superficie.
El campo magnético de Mercurio presenta una configuración aproximadamente dipolar, pero con una particularidad destacada: el dipolo está desplazado hacia el hemisferio norte en torno a 400 km respecto al centro del planeta. Este desplazamiento produce una fuerte asimetría entre ambos hemisferios. Como consecuencia, el campo es significativamente más intenso en el hemisferio norte, mientras que en el hemisferio sur es más débil y permite una mayor interacción del viento solar con la superficie.
El eje del campo magnético está casi alineado con el eje de rotación del planeta, con una inclinación inferior a 10 grados. Esta configuración genera una magnetosfera global, aunque mucho más pequeña y dinámica que la terrestre debido a la proximidad de Mercurio al Sol y a la intensidad del viento solar en su entorno orbital.
Los datos de MESSENGER indican que el campo magnético actual se mantiene activo en la actualidad, lo que implica la existencia de un núcleo externo líquido capaz de sostener el proceso de dínamo. Modelos recientes sugieren que la presencia de elementos ligeros, como el azufre, en el núcleo podría favorecer la convección necesaria para mantener este campo a lo largo del tiempo.
Aunque algunas regiones de la corteza muestran evidencias de magnetización remanente, este fenómeno se interpreta como un efecto local asociado a campos magnéticos antiguos más intensos, y no como la fuente principal del campo global actual.

Atmósfera de Mercurio
Mercurio no posee una atmósfera en el sentido convencional, sino una exosfera extremadamente tenue, formada por átomos y moléculas que apenas interactúan entre sí. Esta envoltura gaseosa está compuesta principalmente por oxígeno, sodio, hidrógeno, helio y potasio, junto con trazas de otros elementos.
La exosfera se origina a partir de varios procesos físicos que liberan átomos desde la superficie. Entre ellos destacan el impacto de micrometeoritos, que vaporizan material del regolito, la desorción térmica debida a las altas temperaturas, el “sputtering” provocado por el viento solar, que consiste en la expulsión de átomos por impacto de partículas energéticas, y la desgasificación de materiales superficiales. Estos procesos mantienen un flujo continuo de partículas, aunque muchas de ellas escapan rápidamente al espacio debido a la baja gravedad del planeta.
La dinámica de la exosfera es altamente variable y responde tanto a la actividad solar como a la posición de Mercurio en su órbita. Las concentraciones de elementos como el sodio y el potasio pueden presentar variaciones espaciales y temporales significativas, formando estructuras transitorias que se extienden miles de kilómetros.
Debido a la débil gravedad de Mercurio y a la intensa radiación solar, una parte de los átomos alcanza velocidades suficientes para escapar definitivamente. Además, la presión de radiación solar y la interacción con el viento solar contribuyen a arrastrar estos átomos, generando una cola extendida en dirección opuesta al Sol, análoga a la de un cometa.
La ausencia de una atmósfera densa tiene consecuencias directas sobre el balance energético del planeta. Mercurio no puede retener el calor recibido ni redistribuirlo eficientemente, lo que da lugar a contrastes térmicos extremos. Las temperaturas superficiales oscilan aproximadamente entre −180 °C durante la noche y hasta 430 °C en las regiones ecuatoriales iluminadas.
A pesar de ser el planeta más cercano al Sol, Mercurio no es el más cálido del Sistema Solar. Ese lugar corresponde a Venus, cuya densa atmósfera produce un intenso efecto invernadero que eleva de forma sostenida su temperatura superficial.
Desde la superficie de Mercurio, el Sol presenta un diámetro aparente entre dos y tres veces mayor que visto desde la Tierra, dependiendo de la posición orbital del planeta. El cielo permanece siempre negro debido a la ausencia de dispersión atmosférica. La dinámica orbital y la resonancia entre rotación y traslación dan lugar a fenómenos observacionales singulares, como los amaneceres dobles en determinadas longitudes, en los que el movimiento aparente del Sol se invierte temporalmente cerca del perihelio antes de retomar su trayectoria habitual.
Explora el planeta Mercurio

La superficie de Mercurio ha sido contantemente bombardeada y craterizada por meteoritos y asteroides, dando lugar a un paisaje muy similar al lunar.

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