25 años de presencia humana continuada en el espacio

Hoy, 2 de noviembre, se cumple un cuarto de siglo desde que la humanidad mantiene de forma ininterrumpida una presencia más allá de la Tierra. En esa misma fecha del año 2000, los astronautas William Shepherd, Yuri Gidzenko y Sergei Krikalev ingresaron en la Estación Espacial Internacional (ISS) para iniciar la Expedición 1. Desde entonces, siempre ha habido al menos una tripulación orbitando el planeta, sin que la continuidad se haya interrumpido en ningún momento.

Esa permanencia ininterrumpida representa el periodo más largo de ocupación humana fuera del planeta y constituye uno de los logros tecnológicos y operativos más notables de la historia de la exploración espacial. Mantener equipos en órbita durante veinticinco años ha exigido una infraestructura compleja de soporte vital, transporte y comunicaciones, además de una cooperación internacional sostenida entre agencias y empresas.

Desde noviembre de 2000, más de 290 personas de 26 países han habitado en el espacio, relevándose de forma periódica en misiones que se solapan para garantizar la continuidad. Cada tripulación realiza investigaciones científicas, mantenimiento de sistemas y observaciones de la Tierra en condiciones de microgravedad, aportando datos fundamentales sobre la adaptación del cuerpo humano y los materiales a entornos prolongados fuera del campo gravitatorio terrestre.

En estos veinticinco años, el número de personas que viven simultáneamente fuera de la Tierra ha alcanzado cifras inéditas. El récord se estableció en septiembre de 2024, cuando coincidieron diecinueve astronautas en el espacio: doce a bordo de la Estación Espacial Internacional, tres en la estación china Tiangong y cuatro más en una cápsula Crew Dragon en la misión Polaris Dawn.

La vida en órbita ha evolucionado de forma significativa. Los primeros equipos vivían en entornos reducidos con recursos limitados, mientras que las tripulaciones actuales disponen de amplios espacios presurizados, laboratorios científicos y conexiones de comunicación que permiten incluso enlaces de vídeo en tiempo real. Las jornadas incluyen periodos de ejercicio obligatorio para mitigar los efectos fisiológicos de la microgravedad, además de rutinas médicas, experimentos y operaciones técnicas. El reciclado del agua y el aire ha alcanzado niveles de eficiencia que permiten estancias de varios meses con autonomía parcial de recursos.

La presencia humana continua no se ha limitado al segmento internacional de la ISS. Desde 2021, China mantiene su propia estación orbital permanente, Tiangong (“Palacio Celestial”), compuesta por los módulos Tianhe, Wentian y Mengtian. En ella se suceden tripulaciones de tres astronautas cada seis meses, garantizando un segundo punto de ocupación humana constante en órbita terrestre baja. El programa, gestionado por la Agencia Espacial Tripulada China (CMSA), ha establecido un flujo estable de vuelos tripulados Shenzhou y cargueros Tianzhou, y se integra en los planes del país para misiones lunares de la próxima década.

Estación Espacial China Tiangong vista desde la órbita. A la derecha permanece acoplada la nave Shenzhou 17. Créditos: CMSA

Rusia ha anunciado el desarrollo de la estación orbital ROSS, que adoptará una órbita polar para observar toda la superficie terrestre. El nuevo complejo está previsto para la próxima década y se basará en la experiencia acumulada con los módulos rusos de la ISS y las operaciones del programa Soyuz. Su propósito será mantener una infraestructura tripulada nacional que garantice la continuidad del trabajo científico y de observación desde el espacio.

Además de China y Rusia, otras naciones avanzan hacia el acceso tripulado propio. India desarrolla el proyecto Gaganyaan, que prevé realizar vuelos orbitales con tripulación a bordo de una nave nacional impulsada por cohetes LVM3. Japón estudia el diseño de vehículos reutilizables dentro de su cooperación en el programa lunar Artemisa, mientras que la Agencia Espacial Europea (ESA) evalúa sistemas de transporte tripulado y su participación en estaciones comerciales privadas. Estos proyectos reflejan una tendencia hacia la diversificación del acceso humano al espacio y la consolidación de una presencia multipolar más allá de la Tierra.

Aspecto que tendrá la futura nave espacial tripulada india Gaganyaan. Créditos: Voyager Space

La continuidad de la presencia humana en el espacio depende de una combinación de recursos públicos y privados. La Estación Espacial Internacional, principal escenario de esta etapa, continuará operando al menos hasta 2030. Tras su retirada, la NASA planea mantener la presencia en órbita mediante estaciones comerciales desarrolladas por empresas estadounidenses como Axiom Space y Blue Origin. El objetivo es evitar cualquier interrupción en la ocupación humana del entorno terrestre y asegurar la transición hacia una infraestructura de exploración más amplia, que incluya hábitats lunares y vehículos interplanetarios.

El desarrollo de estaciones orbitales comerciales y naves reutilizables ha abierto también la posibilidad de una presencia civil y turística en el espacio. Empresas como Axiom Space, SpaceX y Blue Origin contemplan misiones con tripulaciones privadas de corta duración, destinadas a experimentos, formación o visitas de carácter comercial. Aunque este tipo de vuelos sigue siendo minoritario, contribuye a sostener la infraestructura necesaria para mantener la actividad tripulada y a consolidar un nuevo mercado orbital que complementa los objetivos científicos y tecnológicos tradicionales.

Mantener una presencia permanente en órbita durante veinticinco años ha permitido estudiar cómo la radiación, la microgravedad y el aislamiento afectan a la fisiología, el comportamiento y los sistemas tecnológicos. También ha consolidado la capacidad de ensamblar, mantener y abastecer grandes estructuras habitables fuera del planeta, lo que constituye un paso esencial tanto para misiones más allá de la órbita como para quizás una explotación comercial privada de la órbita baja.

Completado el ensamblaje del cohete SLS y la nave Orión que enviará astronautas alrededor de la Luna en Artemisa II

El comandante Reid Wiseman, el piloto Victor Glover y los especialistas de misión Christina Koch y Jeremy Hansen sobrevolarán la Luna en la misión Artemisa II prevista no antes de febrero de 2026

La NASA ha completado la integración del cohete del Sistema de Lanzamiento Espacial (SLS, por sus siglas en inglés) para la misión Artemisa II en el Centro Espacial Kennedy, en Florida. El módulo de la nave Orión, ya acoplado bajo el sistema de aborto de lanzamiento, fue izado y colocado sobre el lanzador, alcanzando la configuración completa del vehículo que llevará a cuatro astronautas en un vuelo alrededor de la Luna a comienzos de 2026. Este hito marca el inicio de la fase final de pruebas antes de su traslado a la rampa 39B, donde se realizarán los ensayos de carga de propelentes y verificación de sistemas previos al despegue.

El SLS es el cohete más potente operativo en la actualidad. Con una altura de 98 metros y un empuje de 39 meganewtons en el momento del despegue, combina cuatro motores RS-25 reutilizados del programa del transbordador espacial con dos aceleradores sólidos laterales derivados del mismo sistema. Durante la misión Artemisa I, en 2022, este lanzador demostró un comportamiento excelente al enviar una cápsula Orión no tripulada a la órbita lunar. En esta ocasión, el vehículo llevará una tripulación completa, lo que supone un paso fundamental para el regreso humano al entorno lunar.

El ensamblaje del conjunto se llevó a cabo en el Edificio de Ensamblaje de Vehículos (VAB, por sus siglas en inglés), una instalación que también se utilizó durante el programa Apolo. Allí, el equipo de Sistemas de Exploración Terrestre de la NASA colocó la nave Orión (fabricada por Lockheed Martin) sobre la etapa superior del SLS, completando así la apilación del cohete. La nave, denominada Integrity por la tripulación, ya se encuentra conectada a las líneas eléctricas, de datos y de umbilicales del lanzador, lo que permitirá iniciar las comprobaciones integradas en las próximas semanas.

La misión Artemisa II será la primera en la que una nave Orión vuele con seres humanos. Su objetivo principal es validar los sistemas de soporte vital, control de vuelo y comunicaciones durante un viaje de unos diez días alrededor de la Luna, sin alunizar. La tripulación estará compuesta por el comandante Reid Wiseman, el piloto Victor Glover y los especialistas de misión Christina Koch y Jeremy Hansen, este último de la Agencia Espacial Canadiense. Koch será la primera mujer en viajar hacia la Luna y Hansen el primer astronauta no estadounidense en hacerlo.

Durante los próximos meses, los ingenieros realizarán diversas pruebas para verificar la integración entre el lanzador y la nave. Entre ellas se incluyen la prueba de demostración de cuenta atrás, en la que los astronautas se sentarán en la cápsula mientras se simulan los procedimientos de lanzamiento, y el denominado “wet dress rehearsal”, una carga completa de propelentes criogénicos destinada a comprobar el comportamiento de los sistemas bajo condiciones reales. Tras estas pruebas, el cohete será trasladado a la plataforma de lanzamiento para iniciar los preparativos finales antes del vuelo.

La misión está programada para despegar no antes del 5 de febrero de 2026, aunque la ventana oficial de lanzamiento se extiende hasta abril. Durante el vuelo, la nave Orión seguirá una trayectoria de retorno libre que la llevará alrededor de la Luna y de regreso a la Tierra, con una distancia mínima al satélite estimada entre 6.000 y 10.000 kilómetros. La tripulación regresará al océano Pacífico tras un viaje de entre diez y doce días. Será la primera vez en más de medio siglo que astronautas abandonen la órbita terrestre y se dirijan al entorno lunar, un paso intermedio antes del alunizaje previsto para Artemisa III.

El programa Artemisa constituye la continuación de la exploración humana del espacio profundo iniciada con el programa Apolo y busca establecer una presencia sostenible en la Luna como base de operaciones para futuras misiones a Marte. La NASA desarrolla este ambicioso plan en colaboración con la Agencia Espacial Europea, la Agencia Espacial Canadiense, la Agencia de Exploración Aeroespacial de Japón y otros socios internacionales. La fase actual del programa se centra en validar los sistemas de transporte y soporte necesarios para la próxima etapa de exploración.

El ensamblaje completo del SLS en el Centro Espacial Kennedy marca un paso tangible hacia ese objetivo. Si las pruebas se desarrollan según lo previsto, el traslado del lanzador a la rampa 39B se producirá a comienzos de enero. Una vez allí, comenzará la fase final de preparación para el lanzamiento que devolverá a la Humanidad al entorno lunar.

El telescopio Webb detecta gas metano en el planeta enano Makemake

Makemake, uno de los grandes cuerpos helados del Cinturón de Kuiper, ha pasado a un selecto grupo de mundos del Sistema Solar exterior donde se ha confirmado la presencia de gas en la superficie. Gracias al Telescopio Espacial James Webb, se ha detectado metano en fase gaseosa sobre este planeta enano, situado más allá de Plutón. El hallazgo sugiere que Makemake no es un cuerpo estático y congelado, sino un mundo en el que aún existe intercambio entre el hielo de la superficie y el espacio circundante.

El metano es un compuesto abundante en la superficie sólida de Makemake, donde se encuentra congelado debido a las bajísimas temperaturas que imperan en esta región del Sistema Solar. La novedad es que ahora se ha identificado también como gas, lo que implica que, de algún modo, parte de ese hielo se está sublimando —es decir, pasando directamente de estado sólido a gaseoso— o bien está siendo liberado mediante procesos más violentos. Este hallazgo convierte a Makemake en el segundo objeto transneptuniano, después de Plutón, en mostrar metano atmosférico.

Los datos del Webb revelaron señales espectrales de metano en forma de fluorescencia, un fenómeno en el que las moléculas absorben la radiación solar y la reemiten en longitudes de onda características. Esa firma es inequívoca del gas en fase libre sobre la superficie, lo que abre dos posibles escenarios. Por un lado, podría tratarse de una tenue atmósfera sostenida por la sublimación continua de los hielos superficiales, similar a lo que se observa en Plutón. Por otro, podría deberse a episodios más transitorios, como liberaciones localizadas de gas comparables a columnas criovolcánicas o a los procesos de desgasificación de un cometa.

Los modelos que acompañan al estudio sitúan las condiciones de este gas en torno a 40 K (–233 ºC) de temperatura y una presión de apenas 10 picobares, es decir, cien mil millones de veces menor que la presión atmosférica en la superficie terrestre. Se trataría de una atmósfera extremadamente delgada, incluso más tenue que la de Plutón, y difícil de detectar con otros instrumentos que no tengan la sensibilidad del Webb.

Makemake tiene unos 1.430 km de diámetro, lo que lo convierte en el tercer planeta enano más grande conocido, solo por detrás de Plutón y Eris. Observaciones anteriores, como ocultaciones estelares, no habían detectado una atmósfera global, aunque se barajaba la posibilidad de que existiera una envoltura muy tenue o fenómenos puntuales de escape de gas. A esto se suman anomalías térmicas registradas en el infrarrojo, que sugerían heterogeneidades en su superficie helada y potenciales “puntos calientes” relacionados con actividad interna o superficial. La confirmación del metano en fase gaseosa encaja ahora con esas pistas previas.

Este descubrimiento coloca a Makemake en un contexto más dinámico dentro del Sistema Solar exterior. Hasta ahora, los mundos con interacción comprobada entre superficie y atmósfera eran escasos, limitados principalmente a Plutón y, en otra escala, a Tritón, la gran luna de Neptuno. La detección en Makemake amplía ese grupo e indica que el intercambio de volátiles sigue siendo un proceso activo incluso a las enormes distancias del Sol. Comprender estos mecanismos ayuda a reconstruir la evolución térmica y química de los cuerpos helados y ofrece claves sobre la historia del propio Cinturón de Kuiper.

El origen exacto del gas de metano sigue sin estar claro. Si se trata de una atmósfera estacional sostenida por la sublimación del hielo, las variaciones a lo largo de la órbita de Makemake —que tarda más de 300 años en rodear al Sol— podrían modular la intensidad de este fenómeno. Si en cambio se trata de procesos eruptivos o criovolcánicos, entonces habría que plantear una fuente de energía interna capaz de movilizar el hielo y expulsar gas, algo que todavía está por confirmarse. En cualquier caso, las tasas de escape estimadas para este escenario son del orden de cientos de kilogramos por segundo, comparables a las columnas de agua detectadas en Encélado, la luna helada de Saturno.

El papel del Webb ha sido fundamental, ya que sus observaciones en el infrarrojo ofrecen la resolución necesaria para detectar la fluorescencia del metano. Futuras campañas con este telescopio, aprovechando resoluciones espectrales más finas, permitirán discriminar entre una atmósfera estable y una desgasificación puntual. Además, telescopios terrestres de nueva generación podrán contribuir con datos complementarios en ocultaciones estelares y observaciones térmicas.

El hallazgo de metano en Makemake confirma que incluso en los confines del Sistema Solar persisten procesos activos de intercambio entre superficie y entorno, como pudimos comprobar con la New Horizons en su sobrevuelo sobre Plutón. Este descubrimiento nos recuerda que los mundos helados más allá de Neptuno no son fósiles inertes, sino escenarios dinámicos donde los hielos aún evolucionan y debido a la distancia se sabe bastante poco. La investigación de Makemake y otros objetos del Cinturón de Kuiper promete seguir revelando la diversidad y complejidad de los procesos que ocurren en estas regiones remotas.

Referencias

  • Huynh, T. et al. (2025). Fluorescent Emission of Methane Gas Detected on Dwarf Planet Makemake. The Astrophysical Journal Letters, 991(1), L12.

La NASA lanza la misión IMAP para estudiar la heliosfera

La NASA lanzó ayer 24 de septiembre la Sonda de Cartografía y Aceleración Interestelar (IMAP, por sus siglas en inglés), a bordo de un cohete Falcon 9 desde Cabo Cañaveral (Florida). El objetivo de esta misión es estudiar la heliosfera, la gran burbuja generada por el Sol que actúa como escudo natural frente a partículas y radiación procedentes del medio interestelar. Junto a esta carga de la NASA, el lanzador de SpaceX puso en órbita dos cargas más de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA).

Créditos: NASA

El interés científico de IMAP se centra en comprender cómo la heliosfera protege la vida en la Tierra, cómo cambia con la actividad solar y de qué manera se relaciona con el entorno galáctico. Además, proporcionará mediciones casi en tiempo real del viento solar, lo que permitirá mejorar los modelos de predicción de la meteorología espacial, cuyos efectos van desde interrupciones eléctricas hasta riesgos para satélites y astronautas en el espacio profundo.

El espacio cercano a la Tierra está impregnado de radiación y partículas de alta energía, capaces de dañar tanto sistemas electrónicos como material biológico. La vida en el sistema solar perdura en parte gracias a la heliosfera, una burbuja que se extiende mucho más allá de Neptuno y que depende directamente de la estructura del Sol y de su actividad magnética.

IMAP viajará ahora hasta el primer punto de Lagrange entre la Tierra y el Sol (L1), a una distancia de alrededor de 1,6 millones de kilómetros Tierra en dirección al Sol, donde cartografiará los límites de la heliosfera y estudiará la interacción del viento solar con el material interestelar. Lo hará mediante diez instrumentos científicos, tres de los cuales están diseñados para detectar átomos neutros energéticos, partículas que viajan en línea recta desde los confines de la heliosfera y que permiten reconstruir, a distancia, la dinámica de sus regiones más lejanas.

La nave IMAP tiene forma cilíndrica, con 0,9 m de altura y 2,4 m de diámetro. Su masa total en lanzamiento es de 797 kg, incluidos 196 kg de propelente. Está diseñada para girar sobre sí misma cada 15 segundos, lo que permite que sus 10 instrumentos escaneen todo el cielo de manera uniforme y continua. La energía la proporcionan paneles solares capaces de mantener activos todos los sistemas e instrumentos científicos. Para minimizar interferencias, el magnetómetro se instala en el extremo de un brazo desplegable de 2,5 m de longitud.

Créditos: NASA/Princeton University/Patrick McPike

Los diez instrumentos a bordo permiten caracterizar desde partículas energéticas hasta polvo cósmico:

  • SWAPI (Solar Wind and Pickup Ions): mide los iones del viento solar y átomos neutros que se ionizan al entrar en el sistema solar.
  • MAG (Magnetometer): registra el campo magnético interplanetario, clave para entender las interacciones Sol-medio interestelar.
  • IMAP-Lo: observa átomos neutros energéticos (ENA) de baja energía, que se forman en el límite de la heliosfera.
  • IMAP-Hi: cartografía ENA de energía media en la frontera exterior de la heliosfera.
  • HIT (High-energy Ion Telescope): estudia iones de alta energía procedentes tanto del Sol como del espacio profundo.
  • IMAP-Ultra: amplía el rango de observación de los ENA a las energías más altas detectables.
  • IDEX (Interstellar Dust Experiment): analiza directamente la composición del polvo interestelar e interplanetario.
  • CoDICE (Compact Dual Ion Composition Experiment): determina masa y carga de iones de origen solar e interestelar.
  • GLOWS (Global Solar Wind Structure): mide la débil luz ultravioleta emitida por el hidrógeno neutro para seguir la estructura del viento solar.
  • SWE (Solar Wind Electron Instrument): cuantifica los electrones del viento solar.

La misión se apoya en el experiencia anterior de los Exploradores de la Frontera Interestelar (IBEX) y en las sondas Voyager, que fueron los primeros ingenios humanos en atravesar la heliopausa y enviar datos desde el espacio interestelar. Sin embargo, IMAP dispondrá de una resolución treinta veces superior a la de IBEX, lo que permitirá obtener un mapa más detallado de la frontera de nuestra estrella.

Además de investigar los procesos de aceleración de partículas, la misión también medirá de manera directa el polvo cósmico interestelar, formado por diminutos granos de roca y carbono que llegan al sistema solar desde explosiones de supernovas. Estos datos contribuirán a reconstruir la composición química de las estrellas que rodean al sistema solar y a ampliar el conocimiento sobre la evolución del Sol en su contexto galáctico.

Desde su posición en el punto de Lagrange 1, a 1,6 millones de km de la Tierra hacia el Sol, IMAP también tendrá un papel clave en la monitorización del viento solar. Sus datos serán esenciales para el desarrollo de modelos de predicción de tormentas solares y para preparar futuros viajes tripulados, como los previstos en el marco del proyecto Artemis a la Luna.

La misión forma parte del Programa de Sondas Solares Terrestres de la NASA, y se suma a otras iniciativas recientes de exploración del Sol como la sonda Parker Solar Probe, que estudia la corona solar a gran proximidad. Ambas proporcionarán información complementaria sobre los procesos que gobiernan nuestra estrella y su influencia en el entorno interplanetario.

Créditos: NASA/Kim Shiflett

Más información:
Misión IMAP en NASA Science

Posibles biomarcadores de vida microbiana detectados por el rover Perseverance en Marte

El rover Perseverance de la NASA ha detectado indicios que podrían representar una de las pistas más relevantes hasta ahora sobre la existencia de procesos biológicos en Marte en el pasado. El hallazgo se centra en una muestra rocosa, apodada Sapphire Canyon, extraída por el rover Perseverance en julio de 2024 de una formación conocida como Bright Angel, ubicada en el antiguo valle fluvial Neretva Vallis, en el cráter Jezero. La formación contiene sedimentos depositados en presencia de agua líquida, y se ha revelado particularmente rica en minerales como vivianita y greigita, compuestos que en la Tierra están asociados a procesos de origen microbiano.

Los datos fueron recopilados mediante los instrumentos científicos del rover, concretamente los espectrómetros PIXL y SHERLOC. Estas herramientas permitieron detectar en la roca concentraciones significativas de fósforo, hierro y azufre en forma de nódulos de menos de un milímetro incrustados en matriz arcillosa, una combinación considerada prometedora desde un punto de vista astrobiológico. Los investigadores han observado que los patrones de distribución de estos minerales aparecen alineados con frentes de reacción, estructuras típicamente formadas en procesos redox, es decir, mediante transferencias de electrones, que en la Tierra son utilizadas por microorganismos para generar energía.

En particular, la presencia de vivianita (fosfato de hierro hidratado) y greigita (sulfuro de hierro) ha llamado la atención por su potencial asociación con la actividad biológica. En nuestro planeta, ambos minerales pueden generarse en ambientes anóxicos ricos en materia orgánica, como turberas o sedimentos marinos, y su formación puede estar vinculada a microorganismos capaces de metabolizar compuestos de hierro y azufre. Sin embargo, su existencia también puede explicarse por procesos abióticos, como reacciones químicas en entornos con temperaturas elevadas, condiciones ácidas o presencia de determinadas moléculas orgánicas, aunque ninguno de estos factores ha sido identificado en Bright Angel.

El hallazgo resulta aún más misterioso por haberse producido en una de las formaciones más jóvenes exploradas por Perseverance, desafiando la expectativa de la comunidad científica de que las señales de habitabilidad habrían quedado confinadas a las rocas más antiguas del planeta. El análisis sedimentológico de la zona, liderado por investigadores del Imperial College London y publicado recientemente en Nature, indica que el entorno de deposición corresponde a un lago de baja energía, lo cual es especialmente relevante para la preservación de posibles firmas biológicas. El equipo ha reconstruido este escenario a partir de los depósitos de arcillas y conglomerados finos, inusuales en lo que se pensaba que era un antiguo canal fluvial.

La formación Bright Angel, por tanto, representa un entorno potencialmente habitable que habría existido en un periodo más reciente de lo previsto en la historia geológica marciana. Aunque no puede afirmarse que los minerales hallados sean prueba directa de vida antigua, la hipótesis biológica gana peso frente a otras posibles explicaciones, en ausencia de signos evidentes de procesos abióticos como altas temperaturas o condiciones químicas extremas.

Muestras recolectadas por el rover Perseverance a julio de 2025. Créditos: NASA/JPL-Caltech

Sin embargo, la confirmación definitiva de este posible biomarcador requerirá el análisis en laboratorios terrestres con instrumentos de mayor sensibilidad. Para ello, será necesario que futuras misiones, como la Mars Sample Return (MSR), logren traer de vuelta las muestras recogidas por Perseverance, entre ellas Sapphire Canyon. La MSR, una colaboración prevista entre la NASA y la ESA, ha sufrido en los últimos meses recortes presupuestarios y desacuerdos administrativos que han puesto en duda su ejecución. Aunque aún no ha sido cancelada oficialmente, su desarrollo se encuentra paralizado de facto por decisión de la actual administración estadounidense, que ha realizado un recorte presupuestario sin precedentes en los programas científicos de la agencia espacial.

Diversos sectores de la comunidad científica han subrayado que hallazgos como el de Bright Angel deben actuar como un incentivo claro para reactivar el programa MSR. La posibilidad de analizar en la Tierra las muestras que Perseverance ha recogido con tanto cuidado, entre ellas una de las más prometedoras hasta ahora, pone en evidencia que solo con instrumentos avanzados en laboratorios terrestres podrá aclararse la verdadera naturaleza de estos posibles biomarcadores. Mientras tanto, Sapphire Canyon y las demás muestras permanecen almacenadas dentro del rover, a la espera de una decisión política y presupuestaria que determine si serán algún día estudiadas en nuestro planeta.

Este posible biomarcador representa, hasta la fecha, uno de los indicios más convincentes hallados por Perseverance, pero también un recordatorio de que la interpretación de biofirmas en planetas lejanos exige una prudencia extrema. Solo el estudio directo de estas muestras en la Tierra permitirá evaluar con el rigor necesario si Marte albergó alguna forma de vida microscópica en su remoto pasado.

Como dijo Carl Sagan: «Afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias.»

Referencias y enlaces de interés:

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