Mars Express y ExoMars TGO cartografían los torbellinos de polvo marcianos

El nuevo catálogo global de dust devils revela vientos de hasta 158 km/h y abre nuevas perspectivas para futuras misiones a Marte.

Durante dos décadas, las sondas europeas Mars Express y ExoMars Trace Gas Orbiter (TGO) (misión conjuntra entre la ESA y Rusia) han observado la superficie de Marte con una constancia sin precedentes. De ese inmenso archivo de imágenes, un grupo de investigadores ha conseguido ahora algo que parecía inalcanzable: rastrear más de mil torbellinos de polvo, conocidos como “dust devils”, para reconstruir los patrones del viento que moldean el clima marciano. El resultado es el primer catálogo global de estos fenómenos en movimiento, un mapa detallado de los vientos del planeta rojo que revela que las ráfagas más intensas soplan mucho más rápido de lo que se creía.

El estudio, publicado en la revista Science Advances y dirigido por el investigador Valentin Bickel, de la Universidad de Berna, representa un salto en nuestra comprensión de la atmósfera de Marte. Hasta ahora, los modelos meteorológicos del planeta se basaban en datos limitados procedentes de unas pocas misiones de superficie y observaciones puntuales desde la órbita. Gracias al análisis automatizado de miles de imágenes obtenidas por las cámaras de Mars Express, lanzada en 2003, y de ExoMars TGO, que llegó en 2016, los científicos han podido rastrear 1.039 torbellinos individuales y determinar la velocidad y dirección de movimiento de 373 de ellos.

En las nuevas imágenes se aprecia cómo los torbellinos se forman, desplazan y desvanecen sobre distintos terrenos, desde llanuras polvorientas hasta cráteres y las laderas de los grandes volcanes marcianos. La comparación de secuencias obtenidas con segundos de diferencia permitió medir su desplazamiento lateral y deducir la velocidad del viento local, que en algunos casos alcanza los 44 m/s (unos 158 km/h). Aunque la atmósfera marciana es tan tenue que una persona apenas sentiría el empuje de ese viento, las velocidades registradas superan las predicciones de los modelos actuales, lo que sugiere que la dinámica superficial de Marte es más activa de lo estimado.

Estos remolinos tienen un papel esencial en la meteorología marciana, pues son responsables de levantar el polvo que oscurece el cielo y modifica la temperatura del planeta. En la atmósfera de Marte, el polvo actúa como un regulador térmico: durante el día puede reflejar la radiación solar y enfriar el suelo, mientras que de noche ayuda a retener el calor. Este mismo polvo también sirve de núcleo para la formación de nubes y, cuando las tormentas se generalizan, contribuye a que el vapor de agua se escape al espacio. En ausencia de lluvia, las partículas permanecen suspendidas durante largos periodos, recorriendo todo el planeta y manteniendo en equilibrio el ciclo del polvo que condiciona su clima.

Los investigadores desarrollaron una red neuronal entrenada para identificar torbellinos en los datos de archivo. Con este sistema, revisaron imágenes tomadas por los instrumentos de ambas sondas desde 2004 hasta 2024. El resultado fue un catálogo que no solo localiza los dust devils, sino que indica su tamaño, dirección y desplazamiento. Los mapas generados muestran que, aunque estos fenómenos aparecen en casi todas las regiones del planeta, son especialmente frecuentes en Amazonis Planitia, una vasta llanura situada al noroeste del ecuador marciano cubierta por finas capas de polvo y arena. También se observan torbellinos en los flancos de los grandes volcanes como Olympus Mons y Arsia Mons, donde las diferencias térmicas entre las zonas altas y el entorno favorecen su formación.

La mayor parte de los torbellinos se produce durante la primavera y el verano marcianos, entre las 11:00 y las 14:00 hora solar local, coincidiendo con el máximo calentamiento del suelo. Este comportamiento es similar al observado en regiones áridas de la Tierra, donde los remolinos se originan por diferencias de temperatura entre el suelo y el aire cercano. En Marte, sin embargo, la falta de humedad y la escasa densidad atmosférica hacen que estos torbellinos puedan alcanzar tamaños mucho mayores, algunos de varios cientos de metros de altura.

El hallazgo no solo amplía el conocimiento del clima de Marte, sino que tiene consecuencias prácticas para futuras misiones. Los torbellinos y tormentas de polvo afectan directamente al rendimiento de los paneles solares de los vehículos robóticos. El polvo acumulado puede reducir la energía disponible e incluso dejar inoperativos a los exploradores, como ocurrió con el rover Opportunity en 2018. Sin embargo, los dust devils también pueden tener el efecto contrario: el viento que generan ha limpiado ocasionalmente los paneles de rovers como Spirit y InSight, prolongando su vida operativa. Con el nuevo catálogo, los ingenieros podrán prever con más precisión las zonas y épocas con mayor probabilidad de actividad eólica, lo que servirá para planificar aterrizajes y operaciones en la exploración de Marte.

El equipo de investigación destaca que estos datos ayudan a perfeccionar los modelos atmosféricos del planeta y permiten prever la cantidad de polvo que podría depositarse sobre un futuro rover o módulo de aterrizaje. Al conocer mejor la dirección predominante de los vientos en una región, se pueden diseñar estrategias de limpieza más efectivas o sistemas de orientación de los paneles solares para reducir la acumulación de partículas. Además, el catálogo está disponible públicamente, lo que permitirá que otros grupos de investigación lo utilicen para contrastar modelos o estudiar la evolución del clima marciano a lo largo del tiempo.

Resulta especialmente notable que las sondas utilizadas no fueron diseñadas para medir el viento. El logro del equipo consistió en aprovechar un artefacto del propio proceso de obtención de imágenes. Tanto en Mars Express como en ExoMars TGO, las cámaras capturan varias tomas del mismo punto de la superficie en distintos canales de color o ángulos de visión, con una diferencia temporal de segundos entre cada una. Si algo se mueve entre una toma y otra, como un torbellino de polvo, se produce un leve desplazamiento en su posición o color al combinar las imágenes. Lo que normalmente se considera un “ruido” o error de alineación fue convertido en una herramienta de medida: la distancia entre las posiciones sucesivas permitió calcular la velocidad de desplazamiento del fenómeno.

En el caso de Mars Express, cada secuencia de observación incluye hasta nueve canales de imagen, con intervalos de 7 a 19 segundos entre cada uno. Durante ese breve tiempo, un torbellino puede avanzar decenas de metros, lo suficiente para estimar su velocidad. En ExoMars TGO, las cámaras capturan dos vistas con una separación de hasta 46 segundos, lo que facilita observar desplazamientos mayores y validar las mediciones obtenidas con la otra sonda. Con estos datos combinados, los investigadores lograron reconstruir los movimientos tridimensionales de los dust devils, incluyendo sus oscilaciones laterales y cambios de velocidad durante su desarrollo.

El estudio pone de relieve cómo el análisis de archivo y la aplicación de técnicas de inteligencia artificial están abriendo nuevas vías en la investigación planetaria. La posibilidad de medir directamente los vientos cerca de la superficie es fundamental para comprender la circulación atmosférica y los procesos de erosión que modelan el paisaje marciano. A largo plazo, estos resultados permitirán refinar las previsiones meteorológicas locales y mejorar la seguridad de futuras misiones tripuladas, donde la acumulación de polvo podría comprometer tanto los sistemas energéticos como la visibilidad y las comunicaciones.

Marte, con sus inmensos desiertos y tormentas globales, sigue siendo un laboratorio natural para estudiar cómo la dinámica atmosférica evoluciona en un planeta sin océanos ni una atmósfera densa. Los remolinos de polvo, que durante años se consideraron simples curiosidades visuales, se revelan ahora como una de las claves para entender la respiración diaria de su atmósfera. Gracias a la paciente observación de las sondas de la ESA y al ingenio de los científicos, cada nuevo torbellino detectado nos ofrece una pequeña ventana a los mecanismos que gobiernan el clima del planeta rojo.

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El telescopio Webb detecta gas metano en el planeta enano Makemake

Makemake, uno de los grandes cuerpos helados del Cinturón de Kuiper, ha pasado a un selecto grupo de mundos del Sistema Solar exterior donde se ha confirmado la presencia de gas en la superficie. Gracias al Telescopio Espacial James Webb, se ha detectado metano en fase gaseosa sobre este planeta enano, situado más allá de Plutón. El hallazgo sugiere que Makemake no es un cuerpo estático y congelado, sino un mundo en el que aún existe intercambio entre el hielo de la superficie y el espacio circundante.

El metano es un compuesto abundante en la superficie sólida de Makemake, donde se encuentra congelado debido a las bajísimas temperaturas que imperan en esta región del Sistema Solar. La novedad es que ahora se ha identificado también como gas, lo que implica que, de algún modo, parte de ese hielo se está sublimando —es decir, pasando directamente de estado sólido a gaseoso— o bien está siendo liberado mediante procesos más violentos. Este hallazgo convierte a Makemake en el segundo objeto transneptuniano, después de Plutón, en mostrar metano atmosférico.

Los datos del Webb revelaron señales espectrales de metano en forma de fluorescencia, un fenómeno en el que las moléculas absorben la radiación solar y la reemiten en longitudes de onda características. Esa firma es inequívoca del gas en fase libre sobre la superficie, lo que abre dos posibles escenarios. Por un lado, podría tratarse de una tenue atmósfera sostenida por la sublimación continua de los hielos superficiales, similar a lo que se observa en Plutón. Por otro, podría deberse a episodios más transitorios, como liberaciones localizadas de gas comparables a columnas criovolcánicas o a los procesos de desgasificación de un cometa.

Los modelos que acompañan al estudio sitúan las condiciones de este gas en torno a 40 K (–233 ºC) de temperatura y una presión de apenas 10 picobares, es decir, cien mil millones de veces menor que la presión atmosférica en la superficie terrestre. Se trataría de una atmósfera extremadamente delgada, incluso más tenue que la de Plutón, y difícil de detectar con otros instrumentos que no tengan la sensibilidad del Webb.

Makemake tiene unos 1.430 km de diámetro, lo que lo convierte en el tercer planeta enano más grande conocido, solo por detrás de Plutón y Eris. Observaciones anteriores, como ocultaciones estelares, no habían detectado una atmósfera global, aunque se barajaba la posibilidad de que existiera una envoltura muy tenue o fenómenos puntuales de escape de gas. A esto se suman anomalías térmicas registradas en el infrarrojo, que sugerían heterogeneidades en su superficie helada y potenciales “puntos calientes” relacionados con actividad interna o superficial. La confirmación del metano en fase gaseosa encaja ahora con esas pistas previas.

Este descubrimiento coloca a Makemake en un contexto más dinámico dentro del Sistema Solar exterior. Hasta ahora, los mundos con interacción comprobada entre superficie y atmósfera eran escasos, limitados principalmente a Plutón y, en otra escala, a Tritón, la gran luna de Neptuno. La detección en Makemake amplía ese grupo e indica que el intercambio de volátiles sigue siendo un proceso activo incluso a las enormes distancias del Sol. Comprender estos mecanismos ayuda a reconstruir la evolución térmica y química de los cuerpos helados y ofrece claves sobre la historia del propio Cinturón de Kuiper.

El origen exacto del gas de metano sigue sin estar claro. Si se trata de una atmósfera estacional sostenida por la sublimación del hielo, las variaciones a lo largo de la órbita de Makemake —que tarda más de 300 años en rodear al Sol— podrían modular la intensidad de este fenómeno. Si en cambio se trata de procesos eruptivos o criovolcánicos, entonces habría que plantear una fuente de energía interna capaz de movilizar el hielo y expulsar gas, algo que todavía está por confirmarse. En cualquier caso, las tasas de escape estimadas para este escenario son del orden de cientos de kilogramos por segundo, comparables a las columnas de agua detectadas en Encélado, la luna helada de Saturno.

El papel del Webb ha sido fundamental, ya que sus observaciones en el infrarrojo ofrecen la resolución necesaria para detectar la fluorescencia del metano. Futuras campañas con este telescopio, aprovechando resoluciones espectrales más finas, permitirán discriminar entre una atmósfera estable y una desgasificación puntual. Además, telescopios terrestres de nueva generación podrán contribuir con datos complementarios en ocultaciones estelares y observaciones térmicas.

El hallazgo de metano en Makemake confirma que incluso en los confines del Sistema Solar persisten procesos activos de intercambio entre superficie y entorno, como pudimos comprobar con la New Horizons en su sobrevuelo sobre Plutón. Este descubrimiento nos recuerda que los mundos helados más allá de Neptuno no son fósiles inertes, sino escenarios dinámicos donde los hielos aún evolucionan y debido a la distancia se sabe bastante poco. La investigación de Makemake y otros objetos del Cinturón de Kuiper promete seguir revelando la diversidad y complejidad de los procesos que ocurren en estas regiones remotas.

Referencias

  • Huynh, T. et al. (2025). Fluorescent Emission of Methane Gas Detected on Dwarf Planet Makemake. The Astrophysical Journal Letters, 991(1), L12.

La NASA lanza la misión IMAP para estudiar la heliosfera

La NASA lanzó ayer 24 de septiembre la Sonda de Cartografía y Aceleración Interestelar (IMAP, por sus siglas en inglés), a bordo de un cohete Falcon 9 desde Cabo Cañaveral (Florida). El objetivo de esta misión es estudiar la heliosfera, la gran burbuja generada por el Sol que actúa como escudo natural frente a partículas y radiación procedentes del medio interestelar. Junto a esta carga de la NASA, el lanzador de SpaceX puso en órbita dos cargas más de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA).

Créditos: NASA

El interés científico de IMAP se centra en comprender cómo la heliosfera protege la vida en la Tierra, cómo cambia con la actividad solar y de qué manera se relaciona con el entorno galáctico. Además, proporcionará mediciones casi en tiempo real del viento solar, lo que permitirá mejorar los modelos de predicción de la meteorología espacial, cuyos efectos van desde interrupciones eléctricas hasta riesgos para satélites y astronautas en el espacio profundo.

El espacio cercano a la Tierra está impregnado de radiación y partículas de alta energía, capaces de dañar tanto sistemas electrónicos como material biológico. La vida en el sistema solar perdura en parte gracias a la heliosfera, una burbuja que se extiende mucho más allá de Neptuno y que depende directamente de la estructura del Sol y de su actividad magnética.

IMAP viajará ahora hasta el primer punto de Lagrange entre la Tierra y el Sol (L1), a una distancia de alrededor de 1,6 millones de kilómetros Tierra en dirección al Sol, donde cartografiará los límites de la heliosfera y estudiará la interacción del viento solar con el material interestelar. Lo hará mediante diez instrumentos científicos, tres de los cuales están diseñados para detectar átomos neutros energéticos, partículas que viajan en línea recta desde los confines de la heliosfera y que permiten reconstruir, a distancia, la dinámica de sus regiones más lejanas.

La nave IMAP tiene forma cilíndrica, con 0,9 m de altura y 2,4 m de diámetro. Su masa total en lanzamiento es de 797 kg, incluidos 196 kg de propelente. Está diseñada para girar sobre sí misma cada 15 segundos, lo que permite que sus 10 instrumentos escaneen todo el cielo de manera uniforme y continua. La energía la proporcionan paneles solares capaces de mantener activos todos los sistemas e instrumentos científicos. Para minimizar interferencias, el magnetómetro se instala en el extremo de un brazo desplegable de 2,5 m de longitud.

Créditos: NASA/Princeton University/Patrick McPike

Los diez instrumentos a bordo permiten caracterizar desde partículas energéticas hasta polvo cósmico:

  • SWAPI (Solar Wind and Pickup Ions): mide los iones del viento solar y átomos neutros que se ionizan al entrar en el sistema solar.
  • MAG (Magnetometer): registra el campo magnético interplanetario, clave para entender las interacciones Sol-medio interestelar.
  • IMAP-Lo: observa átomos neutros energéticos (ENA) de baja energía, que se forman en el límite de la heliosfera.
  • IMAP-Hi: cartografía ENA de energía media en la frontera exterior de la heliosfera.
  • HIT (High-energy Ion Telescope): estudia iones de alta energía procedentes tanto del Sol como del espacio profundo.
  • IMAP-Ultra: amplía el rango de observación de los ENA a las energías más altas detectables.
  • IDEX (Interstellar Dust Experiment): analiza directamente la composición del polvo interestelar e interplanetario.
  • CoDICE (Compact Dual Ion Composition Experiment): determina masa y carga de iones de origen solar e interestelar.
  • GLOWS (Global Solar Wind Structure): mide la débil luz ultravioleta emitida por el hidrógeno neutro para seguir la estructura del viento solar.
  • SWE (Solar Wind Electron Instrument): cuantifica los electrones del viento solar.

La misión se apoya en el experiencia anterior de los Exploradores de la Frontera Interestelar (IBEX) y en las sondas Voyager, que fueron los primeros ingenios humanos en atravesar la heliopausa y enviar datos desde el espacio interestelar. Sin embargo, IMAP dispondrá de una resolución treinta veces superior a la de IBEX, lo que permitirá obtener un mapa más detallado de la frontera de nuestra estrella.

Además de investigar los procesos de aceleración de partículas, la misión también medirá de manera directa el polvo cósmico interestelar, formado por diminutos granos de roca y carbono que llegan al sistema solar desde explosiones de supernovas. Estos datos contribuirán a reconstruir la composición química de las estrellas que rodean al sistema solar y a ampliar el conocimiento sobre la evolución del Sol en su contexto galáctico.

Desde su posición en el punto de Lagrange 1, a 1,6 millones de km de la Tierra hacia el Sol, IMAP también tendrá un papel clave en la monitorización del viento solar. Sus datos serán esenciales para el desarrollo de modelos de predicción de tormentas solares y para preparar futuros viajes tripulados, como los previstos en el marco del proyecto Artemis a la Luna.

La misión forma parte del Programa de Sondas Solares Terrestres de la NASA, y se suma a otras iniciativas recientes de exploración del Sol como la sonda Parker Solar Probe, que estudia la corona solar a gran proximidad. Ambas proporcionarán información complementaria sobre los procesos que gobiernan nuestra estrella y su influencia en el entorno interplanetario.

Créditos: NASA/Kim Shiflett

Más información:
Misión IMAP en NASA Science

La JAXA da por finalizada la misión Akatsuki en Venus

La Agencia de Exploración Aeroespacial de Japón (JAXA) anunció oficialmente el fin de las operaciones del orbitador climático de Venus Akatsuki el pasado 18 de septiembre de 2025, tras más de ocho años de observación continua del planeta. El final de la misión se produce más de un año después de la pérdida de contacto con la sonda en abril de 2024, cuando entró en un estado de control de actitud de baja precisión que impidió recuperar las comunicaciones.

Akatsuki —también conocida como PLANET-C o Venus Climate Orbiter— fue lanzada el 20 de mayo de 2010 desde el centro espacial de Tanegashima a bordo de un cohete H-IIA. Concebida como una misión científica para estudiar la dinámica atmosférica y meteorología venusiana, su objetivo principal era entender los procesos detrás de fenómenos como la superrotación de la atmósfera o la distribución de nubes y aerosoles en distintas capas.

La historia operativa de la misión estuvo marcada desde el principio por dificultades técnicas. En diciembre de 2010, el intento inicial de inserción orbital falló debido a un mal funcionamiento en el motor principal de maniobras. La nave quedó entonces en órbita solar, alejándose de Venus. Sin embargo, un complejo trabajo de recuperación durante los siguientes cinco años permitió que el 7 de diciembre de 2015 se lograra una segunda inserción, esta vez con éxito, utilizando únicamente los pequeños propulsores de control de actitud.

El nuevo perfil orbital resultante fue muy distinto al originalmente previsto. En lugar de un período orbital de 30 h con paso cercano a la atmósfera, Akatsuki entró en una órbita altamente elíptica, con períodos de aproximadamente 10 días y una distancia máxima al planeta de hasta 370.000 km. A pesar de ello, los instrumentos científicos de la nave funcionaron durante años a pleno rendimiento, obteniendo datos únicos sobre la compleja atmósfera de Venus.

Entre sus instrumentos se contaban cinco cámaras diseñadas para observar distintos rangos del espectro, desde el ultravioleta al infrarrojo medio, y un oscilador ultraestable para realizar experimentos de ocultación de radio. Con estas herramientas, Akatsuki llevó a cabo observaciones simultáneas en múltiples longitudes de onda, lo que permitió construir modelos tridimensionales de la atmósfera venusiana con un detalle sin precedentes.

Uno de sus descubrimientos más destacados fue la detección de una gigantesca onda de gravedad atmosférica —no confundir con ondas gravitacionales— en diciembre de 2015. Esta estructura en forma de «arco» se extendía a lo largo de 10.000 km y se mantenía estacionaria sobre la región montañosa de Aphrodite Terra. Este fenómeno fue interpretado como el resultado de una interacción entre el relieve de superficie y las capas altas de la atmósfera, lo que proporcionó nuevas pistas sobre la dinámica de los vientos venusianos. Posteriormente, la misión documentó la existencia de un chorro ecuatorial a gran altitud y numerosos sistemas de nubes complejos, incluyendo regiones de partículas finas en las nubes medias cuya composición sigue siendo objeto de estudio.

Uno de los logros científicos más relevantes de Akatsuki fue la aplicación por primera vez de técnicas de asimilación de datos, ampliamente utilizadas en la meteorología terrestre, al estudio del clima en otro planeta. Esta metodología permitió mejorar la reconstrucción tridimensional de los patrones de circulación atmosférica venusianos, ofreciendo una imagen más coherente del fenómeno de la superrotación, por el cual la atmósfera gira mucho más rápido que la superficie del planeta.

A pesar de que dos de sus cámaras infrarrojas dejaron de funcionar en diciembre de 2016 por fallos electrónicos, el resto de los instrumentos continuaron operando de forma estable durante años, lo que permitió extender la misión más allá de su duración nominal. En 2018 concluyó la fase científica principal, dando paso a una etapa de operaciones prolongadas que se extendió hasta la primavera de 2024, cuando se perdió contacto definitivo con la nave.

El fallo que provocó el silencio de la sonda estuvo relacionado con una degradación progresiva del sistema de control de actitud, posiblemente agravado por el envejecimiento de los sistemas electrónicos. La nave entró en un modo de baja precisión que impidió orientar correctamente sus antenas hacia la Tierra, y pese a varios intentos, no fue posible restablecer la comunicación. Aun así, JAXA esperó más de un año antes de declarar oficialmente el fin de la misión, lo que finalmente ocurrió el 18 de septiembre de 2025, cuando se ejecutó el procedimiento de finalización operativa.

Con el cierre de esta etapa, JAXA pone fin a su primera misión exitosa de exploración de Venus, que ha sido también una de las más longevas en órbita del planeta. La trayectoria de Akatsuki no solo marca un hito en la historia de la agencia espacial japonesa tras el fracaso de la misión marciana Nozomi, sino que se inscribe en un contexto de creciente interés internacional por Venus, un mundo que durante décadas ha permanecido en segundo plano frente a Marte.

Mientras Marte ha acaparado los focos en la búsqueda de vida, Venus sigue planteando interrogantes clave sobre la evolución planetaria y el destino climático de mundos similares a la Tierra.

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¿Océanos ocultos bajo la superficie en Umbriel y Oberón? Nuevo estudio sugiere posibles pistas desde Ceres

Un nuevo estudio publicado en The Planetary Science Journal propone que el planeta enano Ceres podría ayudarnos a comprender mejor el interior de Umbriel y Oberón, dos de las mayores lunas de Urano. Aunque estos tres mundos se encuentran en zonas muy distintas del sistema solar, los investigadores han encontrado características comunes que podrían indicar que todos ellos esconden capas de agua líquida bajo su superficie helada.

Ceres fue visitado por la sonda Dawn de la NASA entre 2015 y 2018, lo que permitió obtener imágenes detalladas de casi toda su superficie. En cambio, Umbriel y Oberón solo han sido observados de cerca por la misión Voyager 2, durante su rápido paso por el sistema de Urano en 1986. A pesar de esa diferencia en la calidad de los datos, los autores del estudio han identificado varias semejanzas entre estos cuerpos. Los tres tienen tamaños intermedios, están formados por una mezcla de roca y hielo, no tienen atmósferas apreciables y generan calor en su interior principalmente por la desintegración de elementos radiactivos, sin depender tanto del tirón gravitatorio de otros cuerpos, como sí ocurre en lunas más activas como Encélado o Europa.

Uno de los puntos más interesantes del estudio es la comparación entre ciertas estructuras visibles en la superficie de estos mundos. En Umbriel, el cráter Wunda presenta un anillo claro que podría haberse formado a partir de agua salada que salió a la superficie tras el impacto de un gran meteorito. Este fenómeno recuerda a los depósitos brillantes del cráter Occator en Ceres, que también se formaron por la salida de agua rica en sales desde capas profundas. En el caso de Oberón, los investigadores analizan una gran montaña de unos 11 km de altura, que podría haberse originado por una erupción de agua y hielo desde el interior, similar a la formación de Ahuna Mons en Ceres.

Estas ideas no son del todo nuevas, pero el estudio aporta una perspectiva interesante: usar lo que sabemos de Ceres para imaginar cómo podrían ser procesos similares en Umbriel y Oberón. Por ejemplo, en Ceres se ha confirmado que algunas de sus zonas más brillantes están formadas por sales como el carbonato sódico y compuestos relacionados con el amoníaco, que se depositaron a medida que el agua salada subía desde el interior y se evaporaba. Los investigadores sugieren que algo parecido podría haber ocurrido en Umbriel, ya que algunas observaciones apuntan a la presencia de materiales similares en su superficie.

Los autores reconocen que estas hipótesis no pueden confirmarse con los datos actuales, ya que las imágenes de Voyager son demasiado poco detalladas. Sin embargo, argumentan que si Umbriel y Oberón tienen capas internas de agua líquida —algo que no puede descartarse con los modelos actuales— entonces podrían ser capaces de producir estos tipos de estructuras en la superficie.

Para poder comprobar estas ideas, será necesario enviar una misión al sistema de Urano. En 2023, la comunidad científica incluyó un orbitador a Urano como una de sus prioridades más importantes para la próxima década. Una sonda así podría sobrevolar Umbriel y Oberón y tomar imágenes de alta resolución, además de recoger datos sobre su composición y estructura interna. Así podríamos saber si el cráter Wunda contiene realmente depósitos salinos o hielo de dióxido de carbono, y si la montaña de Oberón es una formación volcánica helada o simplemente el pico central de un cráter de impacto y cómo no, desentrañar los misterios del sistema de lunas de Urano, el más desconocido y menos explorado de nuestro sistema solar.

Ceres, que hasta hace poco era visto como un mundo extraño y aislado en el cinturón de asteroides, podría resultar ser un buen modelo para entender otros cuerpos helados en el sistema solar exterior. Si Umbriel y Oberón albergan aún agua líquida bajo su superficie, se unirían al grupo de lunas que podrían mantener condiciones para procesos químicos interesantes, incluso compatibles con la vida en algún momento de su historia.

Referencias

  • Scully, J. E. C., Quick, L. C., Castillo-Rogez, J. C., Hendrix, A. R., Ermakov, A. I., Buczkowski, D. L., Nathues, A., Platz, T., & Schmidt, B. E. (2025). Leveraging Ceres to Gain Insights into the Candidate Ocean Worlds of Umbriel and Oberon That Orbit Uranus. The Planetary Science Journal, 6(187).
    DOI: 10.3847/PSJ/ad8d55.

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