Ondas atmosféricas diurnas podrían sostener la superrotación venusiana

Un nuevo análisis de datos de Venus Express y Akatsuki revela que las mareas térmicas diurnas podrían ser fundamentales para sostener la superrotación en la atmósfera de Venus

La superrotación de la atmósfera de Venus es uno de los fenómenos más singulares del Sistema Solar. Las nubes situadas en torno a 70 km de altura se desplazan a más de 100 m/s y completan una vuelta al planeta en unos cuatro días terrestres, mientras que Venus tarda 243 días en rotar sobre su eje. Comprender el origen de esta dinámica extrema es esencial para desarrollar modelos de circulación global aplicables tanto a Venus como a exoplanetas con atmósferas densas. Un nuevo estudio científico presenta un análisis detallado de las mareas térmicas, ondas atmosféricas generadas por el calentamiento solar que se propagan en la atmósfera, y su contribución al transporte de momento que alimenta estos vientos.

El trabajo combina dieciséis años de mediciones procedentes de Venus Express y de Akatsuki. La primera registró perfiles de viento en el hemisferio sur mediante el seguimiento de nubes entre 2006 y 2014, mientras que la segunda ha continuado estas observaciones desde 2015 con cámaras sensibles al ultravioleta y al infrarrojo. El conjunto resultante es uno de los registros temporales más extensos de la atmósfera superior venusiana y permite investigar la estructura vertical y latitudinal de las ondas producidas por la iluminación diurna del planeta.

El estudio identifica variaciones periódicas en la velocidad de los vientos que corresponden al modo diurno de las mareas térmicas, una onda cuya fase está fijada por el calentamiento máximo sobre el lado iluminado. Esta señal se observa desde 50 hasta 90 km de altura, lo que indica que influye en todo el espesor de la capa de nubes. La amplitud y el desfase con la hora local sugieren que este modo transporta de forma eficiente momento angular hacia niveles superiores, contribuyendo a sostener la superrotación. Hasta ahora se pensaba que el modo semidiurno era el componente dominante, pero los resultados muestran que el modo diurno puede desempeñar un papel comparable o incluso mayor.

Esta interpretación se apoya en comparaciones con modelos de circulación general. Las ondulaciones detectadas en los datos presentan la configuración espacial y el patrón temporal esperados para una marea térmica generada por la absorción de radiación solar en la parte alta de las nubes. Las variaciones horarias del viento concuerdan con simulaciones que reproducen el ciclo térmico diurno y la propagación vertical de estas ondas. La coherencia entre los dos conjuntos de observaciones, separados casi dos décadas y obtenidos con instrumentos distintos, refuerza la consistencia del resultado.

La presencia persistente de estas mareas térmicas ayuda a explicar varios rasgos característicos de la dinámica venusiana. El máximo de los vientos tiende a situarse en la tarde local, un comportamiento que coincide con el patrón de fase de la onda diurna. La amplitud del viento varía con la latitud de forma compatible con la estructura global de la marea. Además, las variaciones observadas durante el ciclo solar y a lo largo de los años muestran que la superrotación no es completamente estable, sino que responde a cambios en el balance térmico de la atmósfera superior.

Los autores señalan que estas conclusiones son posibles gracias al rango de alturas accesible con las cámaras de seguimiento de nubes. Venus Express observó en longitudes de onda ultravioleta y visibles, mientras que Akatsuki emplea tanto el ultravioleta como el infrarrojo térmico. La combinación permite reconstruir perfiles verticales del viento a partir del desplazamiento de detalles en bandas diferentes. La continuidad en el tiempo también ha sido fundamental para separar las señales periódicas de las fluctuaciones meteorológicas propias del planeta.

Este trabajo se suma a estudios previos que proponían un mecanismo combinado para la superrotación basado en ondas atmosféricas, arrastre desde niveles inferiores y transporte de momento angular. Al mostrar que el modo diurno puede ser más importante de lo que se pensaba, se refuerza la idea de que el forzamiento solar directo, y no solo el semidiurno ni el arrastre zonal profundo, es un componente esencial del sistema dinámico de Venus. A la espera de nuevas mediciones, el análisis amplio y consistente de estas mareas térmicas ofrece un marco más sólido para interpretar la circulación del planeta.

En NoSóloSputnik! puedes ampliar información sobre el planeta en la página dedicada a Venus, donde describimos sus características atmosféricas y su estructura global.

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La misión europea Solar Orbiter muestra el desplazamiento del campo magnético en el polo sur solar

La sonda Solar Orbiter de la Agencia Espacial Europea (ESA) ha captado por primera vez el movimiento del campo magnético en el polo sur del Sol, un fenómeno clave para comprender el ciclo magnético solar. Los datos, obtenidos durante marzo de 2025 y analizados por un equipo del Instituto Max Planck para la Investigación del Sistema Solar (MPS), muestran que las estructuras magnéticas se desplazan hacia el polo a velocidades mayores de lo que predecían los modelos anteriores.

El Sol sigue un ciclo magnético de unos once años, regulado por dos grandes corrientes de plasma que circulan en cada hemisferio. Cerca de la superficie, esas corrientes transportan las líneas del campo magnético desde el ecuador hacia los polos; en el interior, regresan hacia el ecuador, cerrando una vasta “cinta transportadora” de magnetismo solar. Esta dinámica determina la periodicidad de la actividad solar, pero sus mecanismos, especialmente en las regiones polares, seguían siendo desconocidos por la limitada perspectiva que ofrecen las observaciones desde la Tierra o desde la eclíptica.

Lanzada en 2020, Solar Orbiter orbita el Sol en trayectorias elípticas cada vez más inclinadas. En marzo de 2025, por primera vez, la nave se situó a 17 grados respecto al plano orbital de los planetas, lo que permitió observar el polo sur solar con una claridad inédita. La nueva investigación, publicada en The Astrophysical Journal Letters, combina los datos de dos de sus instrumentos principales: el Polarimetric and Helioseismic Imager (PHI), que mide la dirección y velocidad de los flujos de plasma y la intensidad del campo magnético en la fotosfera, y el Extreme Ultraviolet Imager (EUI), que capta las emisiones del ultravioleta extremo en la cromosfera.

Las imágenes del EUI revelan una red de puntos brillantes que traza las huellas del campo magnético en la atmósfera solar. Estas estructuras, originadas en las celdas de convección llamadas supergranulaciones —formaciones de plasma caliente de entre dos y tres veces el tamaño de la Tierra—, delinean los bordes de la red magnética solar. Al combinar ocho días de observaciones, los investigadores pudieron seguir el desplazamiento de esos puntos a medida que el Sol rota, observando que se mueven hacia el polo sur a una velocidad media de entre 10 y 20 metros por segundo.

Este hallazgo contradice las estimaciones anteriores, basadas en observaciones desde la eclíptica, que indicaban un flujo mucho más lento en las latitudes polares. Según los investigadores, las supergranulaciones actúan como trazadores naturales del movimiento del campo magnético y hacen visible, por primera vez, el componente polar del ciclo solar.

Las mediciones del instrumento PHI complementan esta visión al mostrar la distribución de las velocidades y los campos magnéticos fotosféricos en la región polar. Juntas, ambas series de datos ofrecen una imagen más precisa de cómo la materia y el magnetismo interactúan en los extremos del Sol, donde se originan procesos determinantes para la formación del campo magnético global y el comportamiento del viento solar.

Aunque los resultados proporcionan una instantánea detallada del polo sur, representan solo un momento del ciclo solar. Los científicos esperan que las próximas órbitas de Solar Orbiter, cada vez más inclinadas, permitan obtener observaciones prolongadas y desde mayores latitudes, cruciales para comprobar si esta circulación magnética mantiene su velocidad a lo largo de todo el ciclo de once años.

Los datos confirman que el magnetismo solar es más dinámico y uniforme de lo que se creía. Las futuras campañas de Solar Orbiter podrían finalmente esclarecer el papel de los polos en la generación del campo magnético global y, por extensión, en los periodos de máxima y mínima actividad del Sol.

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25 años de presencia humana continuada en el espacio

Hoy, 2 de noviembre, se cumple un cuarto de siglo desde que la humanidad mantiene de forma ininterrumpida una presencia más allá de la Tierra. En esa misma fecha del año 2000, los astronautas William Shepherd, Yuri Gidzenko y Sergei Krikalev ingresaron en la Estación Espacial Internacional (ISS) para iniciar la Expedición 1. Desde entonces, siempre ha habido al menos una tripulación orbitando el planeta, sin que la continuidad se haya interrumpido en ningún momento.

Esa permanencia ininterrumpida representa el periodo más largo de ocupación humana fuera del planeta y constituye uno de los logros tecnológicos y operativos más notables de la historia de la exploración espacial. Mantener equipos en órbita durante veinticinco años ha exigido una infraestructura compleja de soporte vital, transporte y comunicaciones, además de una cooperación internacional sostenida entre agencias y empresas.

Desde noviembre de 2000, más de 290 personas de 26 países han habitado en el espacio, relevándose de forma periódica en misiones que se solapan para garantizar la continuidad. Cada tripulación realiza investigaciones científicas, mantenimiento de sistemas y observaciones de la Tierra en condiciones de microgravedad, aportando datos fundamentales sobre la adaptación del cuerpo humano y los materiales a entornos prolongados fuera del campo gravitatorio terrestre.

En estos veinticinco años, el número de personas que viven simultáneamente fuera de la Tierra ha alcanzado cifras inéditas. El récord se estableció en septiembre de 2024, cuando coincidieron diecinueve astronautas en el espacio: doce a bordo de la Estación Espacial Internacional, tres en la estación china Tiangong y cuatro más en una cápsula Crew Dragon en la misión Polaris Dawn.

La vida en órbita ha evolucionado de forma significativa. Los primeros equipos vivían en entornos reducidos con recursos limitados, mientras que las tripulaciones actuales disponen de amplios espacios presurizados, laboratorios científicos y conexiones de comunicación que permiten incluso enlaces de vídeo en tiempo real. Las jornadas incluyen periodos de ejercicio obligatorio para mitigar los efectos fisiológicos de la microgravedad, además de rutinas médicas, experimentos y operaciones técnicas. El reciclado del agua y el aire ha alcanzado niveles de eficiencia que permiten estancias de varios meses con autonomía parcial de recursos.

La presencia humana continua no se ha limitado al segmento internacional de la ISS. Desde 2021, China mantiene su propia estación orbital permanente, Tiangong (“Palacio Celestial”), compuesta por los módulos Tianhe, Wentian y Mengtian. En ella se suceden tripulaciones de tres astronautas cada seis meses, garantizando un segundo punto de ocupación humana constante en órbita terrestre baja. El programa, gestionado por la Agencia Espacial Tripulada China (CMSA), ha establecido un flujo estable de vuelos tripulados Shenzhou y cargueros Tianzhou, y se integra en los planes del país para misiones lunares de la próxima década.

Estación Espacial China Tiangong vista desde la órbita. A la derecha permanece acoplada la nave Shenzhou 17. Créditos: CMSA

Rusia ha anunciado el desarrollo de la estación orbital ROSS, que adoptará una órbita polar para observar toda la superficie terrestre. El nuevo complejo está previsto para la próxima década y se basará en la experiencia acumulada con los módulos rusos de la ISS y las operaciones del programa Soyuz. Su propósito será mantener una infraestructura tripulada nacional que garantice la continuidad del trabajo científico y de observación desde el espacio.

Además de China y Rusia, otras naciones avanzan hacia el acceso tripulado propio. India desarrolla el proyecto Gaganyaan, que prevé realizar vuelos orbitales con tripulación a bordo de una nave nacional impulsada por cohetes LVM3. Japón estudia el diseño de vehículos reutilizables dentro de su cooperación en el programa lunar Artemisa, mientras que la Agencia Espacial Europea (ESA) evalúa sistemas de transporte tripulado y su participación en estaciones comerciales privadas. Estos proyectos reflejan una tendencia hacia la diversificación del acceso humano al espacio y la consolidación de una presencia multipolar más allá de la Tierra.

Aspecto que tendrá la futura nave espacial tripulada india Gaganyaan. Créditos: Voyager Space

La continuidad de la presencia humana en el espacio depende de una combinación de recursos públicos y privados. La Estación Espacial Internacional, principal escenario de esta etapa, continuará operando al menos hasta 2030. Tras su retirada, la NASA planea mantener la presencia en órbita mediante estaciones comerciales desarrolladas por empresas estadounidenses como Axiom Space y Blue Origin. El objetivo es evitar cualquier interrupción en la ocupación humana del entorno terrestre y asegurar la transición hacia una infraestructura de exploración más amplia, que incluya hábitats lunares y vehículos interplanetarios.

El desarrollo de estaciones orbitales comerciales y naves reutilizables ha abierto también la posibilidad de una presencia civil y turística en el espacio. Empresas como Axiom Space, SpaceX y Blue Origin contemplan misiones con tripulaciones privadas de corta duración, destinadas a experimentos, formación o visitas de carácter comercial. Aunque este tipo de vuelos sigue siendo minoritario, contribuye a sostener la infraestructura necesaria para mantener la actividad tripulada y a consolidar un nuevo mercado orbital que complementa los objetivos científicos y tecnológicos tradicionales.

Mantener una presencia permanente en órbita durante veinticinco años ha permitido estudiar cómo la radiación, la microgravedad y el aislamiento afectan a la fisiología, el comportamiento y los sistemas tecnológicos. También ha consolidado la capacidad de ensamblar, mantener y abastecer grandes estructuras habitables fuera del planeta, lo que constituye un paso esencial tanto para misiones más allá de la órbita como para quizás una explotación comercial privada de la órbita baja.

El cometa interestelar 3I/ATLAS muestra su composición en un esfuerzo internacional de observación

El paso del cometa interestelar 3I/ATLAS está generando una de las campañas de observación más coordinadas y ambiciosas de los últimos años. Desde que fue descubierto por el sistema de telescopios ATLAS en Chile el 1 de julio de 2025, este visitante extrasolar ha sido seguido simultáneamente por observatorios en Tierra y por varias sondas espaciales que orbitan Marte. Los resultados obtenidos en las últimas semanas permiten delinear con detalle su naturaleza, revelando una composición dominada por hielos de agua y dióxido de carbono, y una abundancia inusual de metales volátiles como níquel y hierro.

Observaciones desde Marte: un visitante interestelar bajo vigilancia orbital

Entre el 1 y el 7 de octubre, las misiones europeas ExoMars Trace Gas Orbiter (TGO) y Mars Express apuntaron sus cámaras hacia el cometa 3I/ATLAS cuando este pasó a unos 30 millones de kilómetros de Marte. Durante ese periodo, la cámara CaSSIS de ExoMars captó una secuencia de imágenes en las que se aprecia el núcleo del cometa envuelto por una tenue coma, desplazándose lentamente entre las estrellas de fondo. Aunque el instrumento está diseñado para obtener imágenes de la superficie marciana a corta distancia, logró detectar el brillo difuso del cometa y su estructura característica, confirmando de forma directa su naturaleza cometaria.

Las observaciones de Mars Express, por su parte, se centraron en intentar obtener el espectro del objeto mediante sus instrumentos OMEGA y SPICAM, mientras que ExoMars TGO empleó el espectrómetro NOMAD para medir la posible emisión de gases. Aún se analizan los datos, ya que la luminosidad del cometa era extremadamente baja, pero estas campañas representan la primera ocasión en la que un cuerpo interestelar es observado desde otro planeta.

El rastro del agua en el espacio interestelar

Los datos obtenidos desde la Tierra complementan las imágenes marcianas con un nivel de detalle sin precedentes. Un estudio internacional liderado por Bin Yang y Karen Meech, publicado en septiembre en The Astrophysical Journal (Yang et al., 2025), confirma la detección de hielo de agua en la coma del cometa 3I/ATLAS. Las observaciones se realizaron con el espectrógrafo GMOS del telescopio Gemini Sur y con el instrumento SpeX del Telescopio Infrarrojo de la NASA (IRTF).

El análisis espectroscópico muestra una absorción ancha en torno a los 2 micrómetros, característica del hielo de agua, combinada con un albedo intermedio y un color rojo moderado típico de los cometas activos del Sistema Solar. Los modelos indican que la coma contiene una mezcla compuesta aproximadamente por un 37 % de granos de hielo de agua y un 63 % de partículas de carbono amorfo. El tamaño medio de los granos helados, cercano a 1 micrómetro, y la temperatura estimada de unos 120 K sugieren que el material está sublimando a medida que el cometa se aproxima al Sol.

La detección de hielo de agua a una distancia del Sol de 4 unidades astronómicas refuerza la idea de que el 3I/ATLAS se formó en una región fría y rica en volátiles del sistema planetario donde se originó. Además, la consistencia entre los espectros obtenidos por Gemini y el IRTF con nueve días de diferencia indica que la composición de la coma se mantuvo estable durante ese tiempo, sin variaciones apreciables en la actividad.

El resultado encaja con las mediciones anteriores del James Webb Space Telescope (JWST), que había identificado en el cometa una coma dominada por dióxido de carbono y una elevada proporción de monóxido de carbono. En conjunto, estas observaciones dibujan un perfil químico similar al de los cometas de la nube de Oort, pero con una fracción de hielos y gases más alta, lo que apunta a un origen en un sistema planetario muy primitivo y helado.

Níquel y hierro en proporciones extremas

A esta caracterización del hielo se suma otro hallazgo relevante publicado en Astronomy & Astrophysics (Hutsemékers et al., 2025), que describe la composición metálica de la coma de 3I/ATLAS. Utilizando el espectrógrafo UVES del Very Large Telescope (VLT), los investigadores detectaron líneas de emisión de níquel (Ni I) y hierro (Fe I) en intensidades sin precedentes. El cociente entre ambos metales resulta casi diez veces superior al observado en los cometas del Sistema Solar y en el también interestelar 2I/Borisov.

El estudio concluye que los átomos metálicos se liberan mediante la sublimación de compuestos volátiles denominados carbonilos, en particular tetracarbonilo de níquel [Ni(CO)₄] y pentacarbonilo de hierro [Fe(CO)₅]. Estas moléculas se descomponen a temperaturas mucho más bajas que los minerales sólidos, lo que explica la presencia de átomos metálicos incluso a grandes distancias del Sol. Conforme el cometa se acerca a la estrella, el cociente Ni/Fe disminuye progresivamente, señal de que su comportamiento químico comienza a asemejarse al de los cometas del entorno solar.

Ambos resultados, la detección de hielo y la abundancia de carbonilos metálicos, apuntan a que el 3I/ATLAS conserva material original de la nebulosa donde se formó, sin haber sufrido transformaciones térmicas importantes durante su largo viaje interestelar. Su composición, dominada por volátiles y metales ligeros, sugiere que procede de una región externa de su sistema progenitor, más allá de la llamada “línea de nieve”, donde el agua y el dióxido de carbono se condensan con facilidad.

Un esfuerzo internacional de seguimiento

El estudio de 3I/ATLAS ha implicado la coordinación de numerosos observatorios y agencias espaciales. A las observaciones de Gemini, IRTF y VLT se suman las del Gran Telescopio Canarias, los telescopios Pan-STARRS, el Hubble Space Telescope y el propio JWST. En el ámbito europeo, el Instituto de Ciencias del Espacio (ICE-CSIC) participa en programas de observación polarimétrica para analizar la distribución y orientación de las partículas de polvo en la coma, con resultados preliminares que indican una polarización negativa inusual.

Las mediciones coinciden con los análisis de color realizados desde Hawai y Chile, que muestran un espectro similar al de los asteroides de tipo D, caracterizados por materiales orgánicos oscuros. En conjunto, los datos confirman que 3I/ATLAS es un cometa activo y no un fragmento rocoso como el primer visitante interestelar detectado en 2017, 1I/ʻOumuamua.

Hacia el futuro: la misión Comet Interceptor

La llegada de 3I/ATLAS ha servido como banco de pruebas para las futuras estrategias de respuesta ante visitantes interestelares. La Agencia Espacial Europea desarrolla actualmente la misión Comet Interceptor, cuyo lanzamiento está previsto para 2029. La sonda permanecerá en una órbita de espera, lista para dirigirse rápidamente hacia un cometa recién descubierto o incluso hacia un nuevo objeto interestelar, con el fin de estudiarlo de cerca antes de que abandone el Sistema Solar.

El conocimiento adquirido con 3I/ATLAS es esencial para definir los objetivos de esta misión. Por primera vez, los astrónomos han podido observar en detalle cómo un cometa procedente de otro sistema estelar conserva agua, dióxido de carbono y metales volátiles tras miles de millones de años de viaje. A medida que el objeto se aleje y su brillo disminuya, su legado científico quedará integrado en esta cooperación internacional que une observatorios terrestres y sondas espaciales en una misma empresa: comprender la materia primordial de otros sistemas planetarios.

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Mars Express y ExoMars TGO cartografían los torbellinos de polvo marcianos

El nuevo catálogo global de dust devils revela vientos de hasta 158 km/h y abre nuevas perspectivas para futuras misiones a Marte.

Durante dos décadas, las sondas europeas Mars Express y ExoMars Trace Gas Orbiter (TGO) (misión conjuntra entre la ESA y Rusia) han observado la superficie de Marte con una constancia sin precedentes. De ese inmenso archivo de imágenes, un grupo de investigadores ha conseguido ahora algo que parecía inalcanzable: rastrear más de mil torbellinos de polvo, conocidos como “dust devils”, para reconstruir los patrones del viento que moldean el clima marciano. El resultado es el primer catálogo global de estos fenómenos en movimiento, un mapa detallado de los vientos del planeta rojo que revela que las ráfagas más intensas soplan mucho más rápido de lo que se creía.

El estudio, publicado en la revista Science Advances y dirigido por el investigador Valentin Bickel, de la Universidad de Berna, representa un salto en nuestra comprensión de la atmósfera de Marte. Hasta ahora, los modelos meteorológicos del planeta se basaban en datos limitados procedentes de unas pocas misiones de superficie y observaciones puntuales desde la órbita. Gracias al análisis automatizado de miles de imágenes obtenidas por las cámaras de Mars Express, lanzada en 2003, y de ExoMars TGO, que llegó en 2016, los científicos han podido rastrear 1.039 torbellinos individuales y determinar la velocidad y dirección de movimiento de 373 de ellos.

En las nuevas imágenes se aprecia cómo los torbellinos se forman, desplazan y desvanecen sobre distintos terrenos, desde llanuras polvorientas hasta cráteres y las laderas de los grandes volcanes marcianos. La comparación de secuencias obtenidas con segundos de diferencia permitió medir su desplazamiento lateral y deducir la velocidad del viento local, que en algunos casos alcanza los 44 m/s (unos 158 km/h). Aunque la atmósfera marciana es tan tenue que una persona apenas sentiría el empuje de ese viento, las velocidades registradas superan las predicciones de los modelos actuales, lo que sugiere que la dinámica superficial de Marte es más activa de lo estimado.

Estos remolinos tienen un papel esencial en la meteorología marciana, pues son responsables de levantar el polvo que oscurece el cielo y modifica la temperatura del planeta. En la atmósfera de Marte, el polvo actúa como un regulador térmico: durante el día puede reflejar la radiación solar y enfriar el suelo, mientras que de noche ayuda a retener el calor. Este mismo polvo también sirve de núcleo para la formación de nubes y, cuando las tormentas se generalizan, contribuye a que el vapor de agua se escape al espacio. En ausencia de lluvia, las partículas permanecen suspendidas durante largos periodos, recorriendo todo el planeta y manteniendo en equilibrio el ciclo del polvo que condiciona su clima.

Los investigadores desarrollaron una red neuronal entrenada para identificar torbellinos en los datos de archivo. Con este sistema, revisaron imágenes tomadas por los instrumentos de ambas sondas desde 2004 hasta 2024. El resultado fue un catálogo que no solo localiza los dust devils, sino que indica su tamaño, dirección y desplazamiento. Los mapas generados muestran que, aunque estos fenómenos aparecen en casi todas las regiones del planeta, son especialmente frecuentes en Amazonis Planitia, una vasta llanura situada al noroeste del ecuador marciano cubierta por finas capas de polvo y arena. También se observan torbellinos en los flancos de los grandes volcanes como Olympus Mons y Arsia Mons, donde las diferencias térmicas entre las zonas altas y el entorno favorecen su formación.

La mayor parte de los torbellinos se produce durante la primavera y el verano marcianos, entre las 11:00 y las 14:00 hora solar local, coincidiendo con el máximo calentamiento del suelo. Este comportamiento es similar al observado en regiones áridas de la Tierra, donde los remolinos se originan por diferencias de temperatura entre el suelo y el aire cercano. En Marte, sin embargo, la falta de humedad y la escasa densidad atmosférica hacen que estos torbellinos puedan alcanzar tamaños mucho mayores, algunos de varios cientos de metros de altura.

El hallazgo no solo amplía el conocimiento del clima de Marte, sino que tiene consecuencias prácticas para futuras misiones. Los torbellinos y tormentas de polvo afectan directamente al rendimiento de los paneles solares de los vehículos robóticos. El polvo acumulado puede reducir la energía disponible e incluso dejar inoperativos a los exploradores, como ocurrió con el rover Opportunity en 2018. Sin embargo, los dust devils también pueden tener el efecto contrario: el viento que generan ha limpiado ocasionalmente los paneles de rovers como Spirit y InSight, prolongando su vida operativa. Con el nuevo catálogo, los ingenieros podrán prever con más precisión las zonas y épocas con mayor probabilidad de actividad eólica, lo que servirá para planificar aterrizajes y operaciones en la exploración de Marte.

El equipo de investigación destaca que estos datos ayudan a perfeccionar los modelos atmosféricos del planeta y permiten prever la cantidad de polvo que podría depositarse sobre un futuro rover o módulo de aterrizaje. Al conocer mejor la dirección predominante de los vientos en una región, se pueden diseñar estrategias de limpieza más efectivas o sistemas de orientación de los paneles solares para reducir la acumulación de partículas. Además, el catálogo está disponible públicamente, lo que permitirá que otros grupos de investigación lo utilicen para contrastar modelos o estudiar la evolución del clima marciano a lo largo del tiempo.

Resulta especialmente notable que las sondas utilizadas no fueron diseñadas para medir el viento. El logro del equipo consistió en aprovechar un artefacto del propio proceso de obtención de imágenes. Tanto en Mars Express como en ExoMars TGO, las cámaras capturan varias tomas del mismo punto de la superficie en distintos canales de color o ángulos de visión, con una diferencia temporal de segundos entre cada una. Si algo se mueve entre una toma y otra, como un torbellino de polvo, se produce un leve desplazamiento en su posición o color al combinar las imágenes. Lo que normalmente se considera un “ruido” o error de alineación fue convertido en una herramienta de medida: la distancia entre las posiciones sucesivas permitió calcular la velocidad de desplazamiento del fenómeno.

En el caso de Mars Express, cada secuencia de observación incluye hasta nueve canales de imagen, con intervalos de 7 a 19 segundos entre cada uno. Durante ese breve tiempo, un torbellino puede avanzar decenas de metros, lo suficiente para estimar su velocidad. En ExoMars TGO, las cámaras capturan dos vistas con una separación de hasta 46 segundos, lo que facilita observar desplazamientos mayores y validar las mediciones obtenidas con la otra sonda. Con estos datos combinados, los investigadores lograron reconstruir los movimientos tridimensionales de los dust devils, incluyendo sus oscilaciones laterales y cambios de velocidad durante su desarrollo.

El estudio pone de relieve cómo el análisis de archivo y la aplicación de técnicas de inteligencia artificial están abriendo nuevas vías en la investigación planetaria. La posibilidad de medir directamente los vientos cerca de la superficie es fundamental para comprender la circulación atmosférica y los procesos de erosión que modelan el paisaje marciano. A largo plazo, estos resultados permitirán refinar las previsiones meteorológicas locales y mejorar la seguridad de futuras misiones tripuladas, donde la acumulación de polvo podría comprometer tanto los sistemas energéticos como la visibilidad y las comunicaciones.

Marte, con sus inmensos desiertos y tormentas globales, sigue siendo un laboratorio natural para estudiar cómo la dinámica atmosférica evoluciona en un planeta sin océanos ni una atmósfera densa. Los remolinos de polvo, que durante años se consideraron simples curiosidades visuales, se revelan ahora como una de las claves para entender la respiración diaria de su atmósfera. Gracias a la paciente observación de las sondas de la ESA y al ingenio de los científicos, cada nuevo torbellino detectado nos ofrece una pequeña ventana a los mecanismos que gobiernan el clima del planeta rojo.

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