El James Webb observa con detalle la nebulosa de la Hélice y sus nudos de gas

El telescopio espacial James Webb ha obtenido una imagen infrarroja de muy alta resolución de la nebulosa de la Hélice, uno de los ejemplos más cercanos y mejor estudiados de nebulosa planetaria. Situada a unos 650 años luz de la Tierra, esta estructura representa una fase avanzada de la evolución de estrellas de baja masa y ofrece una referencia directa sobre el destino final del Sol dentro de varios miles de millones de años.

La nebulosa de la Hélice y su contexto astronómico

La nebulosa de la Hélice, catalogada como NGC 7293, presenta una compleja morfología anular formada por capas de gas y polvo expulsadas por una estrella en las últimas etapas de su vida. Su relativa cercanía ha permitido que sea observada de forma continuada desde principios del siglo XIX mediante telescopios terrestres y, posteriormente, con observatorios espaciales. Esta proximidad la convierte en un inmejorable ejemplo para estudiar con detalle los procesos físicos que dominan el final de la evolución estelar.

Las nuevas observaciones obtenidas por el telescopio espacial James Webb Space Telescope suponen un avance significativo respecto a imágenes previas, al revelar con claridad la estructura interna del gas expulsado y la interacción entre regiones con distintas temperaturas y densidades. Frente a observaciones anteriores, el Webb permite resolver detalles a escalas mucho más finas y penetrar en zonas dominadas por polvo frío.

El James Webb y la observación infrarroja de nebulosas planetarias

La imagen ha sido obtenida con la cámara de infrarrojo cercano NIRCam, diseñada para estudiar regiones frías u ocultas por polvo que resultan inaccesibles en longitudes de onda visibles. Gracias a esta capacidad, el Webb muestra miles de estructuras alargadas de gas y polvo, dispuestas radialmente y con un aspecto similar al de cometas, que rodean gran parte de la envoltura de la nebulosa.

Estas columnas se formaron cuando vientos estelares extremadamente calientes y rápidos, emitidos durante la fase final de la estrella progenitora, impactaron contra material más frío expulsado en etapas anteriores. El choque entre ambos flujos generó inestabilidades y condensaciones que dieron lugar a este entramado filamentoso, visible ahora con un nivel de detalle sin precedentes.

En comparación con las imágenes más suaves obtenidas por el telescopio espacial Hubble Space Telescope, las observaciones del Webb revelan una fragmentación mucho mayor del gas y el polvo. También permiten identificar con precisión un gradiente térmico, desde regiones internas dominadas por gas ionizado caliente hasta zonas externas considerablemente más frías.

La enana blanca central y la estructura térmica del gas

En el centro de la nebulosa se encuentra una enana blanca, el remanente compacto de la estrella original tras haber perdido sus capas exteriores. Este núcleo estelar, aproximadamente del tamaño de la Tierra, ya no produce energía mediante fusión nuclear, pero emite una intensa radiación debido a su elevado calor residual. Esa radiación energiza el gas circundante y es responsable del brillo característico de la nebulosa.

Las regiones más próximas al centro están dominadas por gas ionizado caliente, mientras que a mayor distancia aparecen zonas ricas en hidrógeno molecular, protegidas parcialmente por polvo. En estos entornos más fríos comienzan a formarse moléculas más complejas, favorecidas por la atenuación de la radiación ultravioleta. Estas diferencias térmicas y químicas quedan claramente delimitadas en las observaciones infrarrojas del Webb.

Las nebulosas planetarias representan una fase transitoria pero esencial en el ciclo de la materia en la galaxia. Durante su vida, las estrellas sintetizan elementos más pesados que el hidrógeno y el helio mediante procesos de fusión nuclear. Al final de su evolución, estos elementos son devueltos al medio interestelar junto con el gas y el polvo expulsados, enriqueciendo el entorno donde se formarán nuevas estrellas y sistemas planetarios.

Imagen infrarroja de la nebulosa de la Hélice obtenida por el telescopio espacial James Webb, donde se observan nudos de gas, capas de material expulsado y la transición entre gas caliente y frío alrededor de la enana blanca central.
Imagen infrarroja de la nebulosa de la Hélice captada por el James Webb Space Telescope, que revela con gran detalle la estructura del gas y del polvo expulsados por la estrella progenitora durante su fase final de evolución. Créditos: NASA/ESA/CSA/STScI/A. Pagan (STScI).

El destino del Sol y el ciclo de la materia estelar

Dentro de unos 5.000 millones de años, se espera que el Sol experimente una evolución similar. Tras agotar el hidrógeno de su núcleo, abandonará la secuencia principal y se expandirá hasta convertirse en una gigante roja, aumentando su radio hasta unas 200 veces el actual. En ese proceso, Mercurio y Venus probablemente serán engullidos, mientras que el destino final de la Tierra sigue siendo objeto de estudio.

En cualquier escenario, las condiciones en la superficie terrestre se volverán incompatibles con la presencia de océanos y con la vida tal como se conoce hoy. Durante su fase final, el Sol expulsará sus capas exteriores al espacio, formando una nebulosa planetaria en expansión. El núcleo remanente quedará como una enana blanca central, que se enfriará lentamente a lo largo de miles de millones de años.

El gas y el polvo liberados en este proceso se dispersarán en el medio interestelar y pasarán a formar parte del material disponible para futuras generaciones de estrellas y planetas. En este sentido, la nebulosa de la Hélice no solo representa el final de una estrella, sino también un eslabón fundamental en los ciclos de transformación de la materia en la galaxia.

Situada en la constelación de Acuario, la nebulosa de la Hélice continúa siendo un objetivo de referencia tanto para la investigación profesional como para la observación amateur. Las imágenes obtenidas por el telescopio espacial James Webb aportan una visión sin precedentes de su estructura interna y de los procesos físicos que gobiernan las fases finales de la evolución estelar, proporcionando un marco observacional clave para comprender el pasado y el futuro del entorno galáctico del Sol.

Las lunas irregulares de Júpiter muestran composiciones tan variadas como sus órbitas

Observaciones en el infrarrojo con el instrumento NIRSpec del telescopio espacial James Webb revelan tres tipos principales de materiales en las lunas irregulares

Las observaciones recientes del telescopio espacial James Webb han mostrado que las pequeñas lunas irregulares de Júpiter no comparten un origen común. El estudio, publicado en The Planetary Science Journal por Benjamin Sharkey y colaboradores, utilizó el espectrógrafo infrarrojo NIRSpec del observatorio espacial para analizar ocho de estos cuerpos en longitudes de onda entre 0,7 y 5,1 micrómetros. Los resultados revelan una notable diversidad de composiciones superficiales que sugiere que Júpiter capturó objetos procedentes de distintos reservorios del Sistema Solar primitivo.

Por definición, los satélites irregulares de Júpiter poseen órbitas lejanas, muy inclinadas y a menudo retrógradas, lo que indica que fueron capturados por el planeta y no se formaron en su entorno inmediato. Se agrupan en varias familias con características orbitales y cromáticas similares: el grupo prógrado de Himalia (al que pertenecen Himalia, Elara y Lisitea), y los tres principales grupos retrógrados de Ananké, Carmé y Pasífae, además de algunas lunas aisladas como Temisto o Sinopé.

El equipo del JWST observó los ocho mayores representantes de estas familias: Temisto, Himalia, Elara, Lisitea, Ananké, Carmé, Pasífae y Sinopé. Las medidas en el infrarrojo cercano e intermedio permitieron identificar bandas de absorción asociadas a minerales hidratados, compuestos orgánicos y moléculas volátiles, indicadores de su composición original y de los procesos físicos y químicos que han afectado sus superficies desde su captura por el planeta.

Las tres lunas del grupo de Himalia mostraron rasgos espectrales muy diferentes entre sí. Himalia, la mayor de todas con unos 170 km de diámetro, presenta una compleja combinación de bandas de absorción en torno a 2,7 y 3,05 micrómetros, atribuibles a filosilicatos que contienen amonio en su estructura. Estos minerales, denominados filosilicatos amoniacales, se forman en ambientes donde coexistieron agua líquida y compuestos nitrogenados, y su presencia indica que el cuerpo progenitor del grupo se formó en regiones externas del Sistema Solar, en condiciones similares a las que originaron asteroides como Ceres o Higía. Elara y Lisitea muestran composiciones más simples, pero sus espectros sugieren que derivan del mismo cuerpo progenitor, alterado de forma heterogénea por procesos acuosos internos.

En cambio, las lunas retrógradas Carmé, Pasífae, Ananké y Sinopé presentan superficies con características muy distintas. Carmé y Sinopé poseen pendientes espectrales rojizas y absorciones débiles cerca de 3 y 3,4 micrómetros, asociadas a materiales orgánicos similares a los detectados en los asteroides troyanos de Júpiter. Pasífae y Ananké muestran bandas más pronunciadas en torno a 2,9–3 micrómetros, compatibles con minerales portadores de grupos hidroxilo (OH) y con una moderada alteración acuosa. Lisitea, aunque pertenece al grupo prógrado de Himalia, comparte este tipo de absorciones intermedias, lo que refuerza la idea de que el conjunto de las lunas irregulares combina materiales procedentes de distintas fuentes.

Los autores plantean dos interpretaciones para esta diversidad. En la primera, algunos grupos —como Himalia o Ananké— podrían haberse originado en zonas distintas del Sistema Solar y haber sido capturados por Júpiter en diferentes etapas de su historia, posiblemente durante la migración de los planetas gigantes. En la segunda, todos los grupos podrían derivar de progenitores similares, pero con composiciones internas variadas, de modo que los impactos y fragmentaciones posteriores generaron lunas con superficies químicamente distintas. La variedad de firmas espectrales en el rango de 3 micrómetros, donde se detectan las vibraciones de enlaces O–H, N–H y C–H, apoya la hipótesis de múltiples procedencias.

El estudio también tiene implicaciones para el sistema joviano en su conjunto. El polvo liberado por las colisiones entre lunas irregulares podría transportar compuestos nitrogenados hacia las superficies de las lunas mayores, como Calisto o Europa. En particular, los materiales ricos en amonio detectados en Himalia y Elara representarían una fuente potencial de nitrógeno que, al mezclarse con hielo de agua y materia orgánica, podría participar en procesos fotoquímicos y radiolíticos sobre las superficies exteriores del planeta.

Además, los resultados confirman la existencia de analogías y diferencias notables entre las lunas irregulares y los asteroides troyanos. Algunas, como Carmé y Sinopé, reproducen las características espectrales de los troyanos más rojizos; otras, como Ananké o Lisitea, muestran absorciones más cortas y redondeadas, situadas entre los valores típicos de los troyanos y los de los asteroides carbonáceos del cinturón principal. Esta continuidad espectral sugiere que los cuerpos capturados por Júpiter podrían incluir tanto fragmentos del cinturón de asteroides como remanentes del antiguo cinturón de Kuiper, mezclados por la migración planetaria en las primeras decenas de millones de años del Sistema Solar.

El trabajo de Sharkey y su equipo proporciona la visión más completa hasta ahora sobre la composición de las lunas irregulares jovianas y demuestra la capacidad del telescopio espacial James Webb para estudiar cuerpos menores de pocos decenas de kilómetros de diámetro a grandes distancias. Futuras observaciones con el mismo instrumento permitirán ampliar la muestra y comprobar si esta diversidad composicional se extiende a los numerosos miembros menores de cada familia.

Los resultados refuerzan la idea de que las lunas irregulares de Júpiter son fragmentos capturados de diferentes regiones del Sistema Solar, testigos de la gran mezcla de materiales que acompañó a la formación de los planetas gigantes y que contribuyó a modelar la actual arquitectura del sistema joviano.

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El telescopio Webb detecta gas metano en el planeta enano Makemake

Makemake, uno de los grandes cuerpos helados del Cinturón de Kuiper, ha pasado a un selecto grupo de mundos del Sistema Solar exterior donde se ha confirmado la presencia de gas en la superficie. Gracias al Telescopio Espacial James Webb, se ha detectado metano en fase gaseosa sobre este planeta enano, situado más allá de Plutón. El hallazgo sugiere que Makemake no es un cuerpo estático y congelado, sino un mundo en el que aún existe intercambio entre el hielo de la superficie y el espacio circundante.

El metano es un compuesto abundante en la superficie sólida de Makemake, donde se encuentra congelado debido a las bajísimas temperaturas que imperan en esta región del Sistema Solar. La novedad es que ahora se ha identificado también como gas, lo que implica que, de algún modo, parte de ese hielo se está sublimando —es decir, pasando directamente de estado sólido a gaseoso— o bien está siendo liberado mediante procesos más violentos. Este hallazgo convierte a Makemake en el segundo objeto transneptuniano, después de Plutón, en mostrar metano atmosférico.

Los datos del Webb revelaron señales espectrales de metano en forma de fluorescencia, un fenómeno en el que las moléculas absorben la radiación solar y la reemiten en longitudes de onda características. Esa firma es inequívoca del gas en fase libre sobre la superficie, lo que abre dos posibles escenarios. Por un lado, podría tratarse de una tenue atmósfera sostenida por la sublimación continua de los hielos superficiales, similar a lo que se observa en Plutón. Por otro, podría deberse a episodios más transitorios, como liberaciones localizadas de gas comparables a columnas criovolcánicas o a los procesos de desgasificación de un cometa.

Los modelos que acompañan al estudio sitúan las condiciones de este gas en torno a 40 K (–233 ºC) de temperatura y una presión de apenas 10 picobares, es decir, cien mil millones de veces menor que la presión atmosférica en la superficie terrestre. Se trataría de una atmósfera extremadamente delgada, incluso más tenue que la de Plutón, y difícil de detectar con otros instrumentos que no tengan la sensibilidad del Webb.

Makemake tiene unos 1.430 km de diámetro, lo que lo convierte en el tercer planeta enano más grande conocido, solo por detrás de Plutón y Eris. Observaciones anteriores, como ocultaciones estelares, no habían detectado una atmósfera global, aunque se barajaba la posibilidad de que existiera una envoltura muy tenue o fenómenos puntuales de escape de gas. A esto se suman anomalías térmicas registradas en el infrarrojo, que sugerían heterogeneidades en su superficie helada y potenciales “puntos calientes” relacionados con actividad interna o superficial. La confirmación del metano en fase gaseosa encaja ahora con esas pistas previas.

Este descubrimiento coloca a Makemake en un contexto más dinámico dentro del Sistema Solar exterior. Hasta ahora, los mundos con interacción comprobada entre superficie y atmósfera eran escasos, limitados principalmente a Plutón y, en otra escala, a Tritón, la gran luna de Neptuno. La detección en Makemake amplía ese grupo e indica que el intercambio de volátiles sigue siendo un proceso activo incluso a las enormes distancias del Sol. Comprender estos mecanismos ayuda a reconstruir la evolución térmica y química de los cuerpos helados y ofrece claves sobre la historia del propio Cinturón de Kuiper.

El origen exacto del gas de metano sigue sin estar claro. Si se trata de una atmósfera estacional sostenida por la sublimación del hielo, las variaciones a lo largo de la órbita de Makemake —que tarda más de 300 años en rodear al Sol— podrían modular la intensidad de este fenómeno. Si en cambio se trata de procesos eruptivos o criovolcánicos, entonces habría que plantear una fuente de energía interna capaz de movilizar el hielo y expulsar gas, algo que todavía está por confirmarse. En cualquier caso, las tasas de escape estimadas para este escenario son del orden de cientos de kilogramos por segundo, comparables a las columnas de agua detectadas en Encélado, la luna helada de Saturno.

El papel del Webb ha sido fundamental, ya que sus observaciones en el infrarrojo ofrecen la resolución necesaria para detectar la fluorescencia del metano. Futuras campañas con este telescopio, aprovechando resoluciones espectrales más finas, permitirán discriminar entre una atmósfera estable y una desgasificación puntual. Además, telescopios terrestres de nueva generación podrán contribuir con datos complementarios en ocultaciones estelares y observaciones térmicas.

El hallazgo de metano en Makemake confirma que incluso en los confines del Sistema Solar persisten procesos activos de intercambio entre superficie y entorno, como pudimos comprobar con la New Horizons en su sobrevuelo sobre Plutón. Este descubrimiento nos recuerda que los mundos helados más allá de Neptuno no son fósiles inertes, sino escenarios dinámicos donde los hielos aún evolucionan y debido a la distancia se sabe bastante poco. La investigación de Makemake y otros objetos del Cinturón de Kuiper promete seguir revelando la diversidad y complejidad de los procesos que ocurren en estas regiones remotas.

Referencias

  • Huynh, T. et al. (2025). Fluorescent Emission of Methane Gas Detected on Dwarf Planet Makemake. The Astrophysical Journal Letters, 991(1), L12.

El James Webb descubre una nueva luna de 10 km orbitando Urano

El James Webb detecta S/2025 U 1, el satélite más pequeño conocido de Urano, oculto entre los anillos. El planeta ya suma 29 lunas confirmadas.

Una nueva luna ha sido descubierta orbitando Urano, elevando a 29 el número total de satélites conocidos de este gigante helado del sistema solar exterior. El hallazgo ha sido posible gracias al telescopio espacial James Webb, en el marco del programa de observación para invitados, bajo la dirección de la doctora Maryame El Moutamid, del Southwest Research Institute (SwRI). El objeto, designado provisionalmente como S/2025 U 1, se convierte dentro de los satélites de Urano en el más pequeño identificado hasta la fecha.

La detección se logró a partir de una serie de imágenes obtenidas el 2 de febrero de 2025 mediante la cámara NIRCam del James Webb, utilizando exposiciones prolongadas. A partir del análisis de su brillo y mediante comparación con otros cuerpos similares del sistema uraniano, se estima que el nuevo satélite posee un diámetro cercano a los 10 kilómetros, una dimensión que habría pasado completamente desapercibida para la limitada resolución de las cámaras de la sonda Voyager 2, responsable en 1986 del descubrimiento de varios de los satélites y anillos interiores del planeta.

Secuencia de imágenes de Urano y sus anillos y satélites cercanos captadas por el telescopio James Webb. Créditos: NASA/ESA

S/2025 U 1 se encuentra localizado en el plano ecuatorial de Urano, a unos 56.250 kilómetros del centro del planeta. Su órbita se sitúa entre la de Ofelia y Bianca, dos lunas del grupo de satélites interiores de Urano. Ofelia tiene un diámetro de unos 43 kilómetros, mientras que Bianca presenta una forma elongada, con dimensiones aproximadas de 64 por 46 kilómetros. La ubicación del nuevo satélite, justo en el límite del sistema de anillos de Urano, podría aportar datos valiosos sobre la dinámica interna del conjunto y sobre los procesos de evolución orbital que afectan a los cuerpos menores que coexisten con anillos planetarios.

Localización de la nueva luna descubierta junto a los anillos de Urano.

El sistema de satélites de Urano destaca por su peculiar criterio de nomenclatura: en lugar de los habituales nombres mitológicos, las lunas uranianas reciben denominaciones inspiradas en personajes de obras de William Shakespeare y Alexander Pope. Los cinco satélites principales (Titania, Oberon, Ariel, Umbriel y Miranda) fueron descubiertos entre finales del siglo XVIII y mediados del siglo XX, y constituyen las denominadas “lunas clásicas”. Aunque S/2025 U 1 aún no ha recibido un nombre oficial por parte de la Unión Astronómica Internacional, todo indica que continuará la tradición literaria del sistema.

Detalle de los anillos y satélites más próximos de Urano. Créditos: NASA/ESA

Este hallazgo se suma al renovado interés por Urano, un planeta cuyas particularidades, desde su inclinación axial extrema hasta su atmósfera rica en hielos, siguen planteando preguntas abiertas sobre su origen y evolución. La NASA y la agencia espacial China contemplan enviar misiones complejas para Urano en la década de 2030, que podrían ofrecer una caracterización detallada de su estructura interna, sus poco estudiados satélites y su complejo sistema de anillos. Según la doctora El Moutamid, este diminuto objeto recién descubierto podría ser solo uno entre muchos que permanecen ocultos, especialmente en zonas poco estudiadas por las misiones anteriores.


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Titán muestra señales de lluvia de metano sobre sus mares

Un nuevo estudio astronómico ha revelado, por primera vez, evidencia de convección de nubes en el hemisferio norte de Titán, el mayor de los satélites de Saturno. Esta observación fue posible gracias a la combinación de datos infrarrojos obtenidos por el telescopio espacial James Webb y el observatorio terrestre Keck II, que permitieron penetrar la densa atmósfera de esta luna envuelta en neblina orgánica.

Con una atmósfera rica en nitrógeno y compuestos de carbono, Titán es uno de los cuerpos más interesantes para los estudios astrobiológicos. Su clima, que recuerda al terrestre, se basa no en el agua, sino en el metano como elemento principal del ciclo atmosférico. Este compuesto se evapora, forma nubes y, en ocasiones, precipita como lluvia sobre una superficie gélida donde el agua es dura como la roca. La región norte de Titán, donde se concentran la mayoría de sus lagos y mares, ha sido el escenario de estas nuevas observaciones.

Las campañas de observación tuvieron lugar en noviembre de 2022 y julio de 2023. En ambas fechas, los científicos detectaron nubes sobre latitudes medias y altas del hemisferio norte de Titán —actualmente en verano— que se elevaban a mayor altitud con el paso de los días. Este fenómeno no se había observado antes en esa zona, aunque sí en el hemisferio sur. Es relevante porque la evaporación de los lagos es una fuente importante de metano atmosférico, y este ciclo podría tener efectos importantes en la evolución del clima de Titán.

En comparación con la Tierra, donde la troposfera (la capa baja de la atmósfera) se extiende hasta unos 12 km, en Titán esta capa alcanza los 45 km debido a su baja gravedad. Webb y Keck, al observar en diferentes longitudes de onda infrarroja, pudieron estimar la altitud de las nubes y su evolución temporal. Aunque no se ha detectado lluvia directamente, las condiciones observadas son consistentes con precipitaciones esporádicas de metano o etano.

Además de las observaciones meteorológicas, los instrumentos de Webb permitieron identificar un elemento clave en la química atmosférica de Titán: el radical metilo (CH₃). Este compuesto, que contiene un electrón libre, se forma cuando las moléculas de metano se rompen por acción de la luz solar o por partículas energéticas del campo magnético de Saturno. Su detección representa un avance notable porque permite observar los procesos químicos en marcha, no solo los compuestos iniciales o finales.

Este proceso químico tiene implicaciones a largo plazo. A medida que el metano se rompe en la atmósfera superior y parte del hidrógeno se escapa al espacio, la reserva global de metano podría agotarse si no existe un mecanismo activo que lo reponga desde el interior del satélite. Esto ya ocurrió en el pasado en Marte con el agua, lo que llevó al planeta rojo a su estado actual, seco y desértico. En el caso de Titán, algunos científicos sugieren que podría existir una fuente subterránea de metano que alimente de forma continua su atmósfera.

Estos descubrimientos también aportan contexto para futuras misiones, como Dragonfly, el explorador aéreo de la NASA que está previsto que aterrice en Titán en 2034. Este vehículo volador recorrerá diversos entornos para estudiar in situ las condiciones ambientales y la química del satélite. La visión global de Webb, combinada con las exploraciones de Dragonfly, permitirá dar continuidad a la exploración de Saturno que inició la sonda Cassini-Huygens.

Referencias y más información: