El 20 de julio de 1976, la misión Viking 1 de la NASA se convirtió en la primera nave en realizar un aterrizaje controlado y plenamente operativo sobre la superficie de Marte. Apenas unos minutos después comenzó a El 20 de julio de 1976, la misión Viking 1 de la NASA se convirtió en la primera nave en realizar un aterrizaje controlado y plenamente operativo sobre la superficie de Marte. Apenas unos minutos después comenzó a transmitir imágenes desde Chryse Planitia, inaugurando una nueva etapa en la exploración del planeta rojo. Durante los años siguientes, Viking 1 y Viking 2 obtuvieron miles de fotografías, analizaron la atmósfera y el suelo marcianos y realizaron el primer, y hasta la fecha único, intento directo de detectar actividad biológica en otro planeta.

Cinco décadas después, muchas de las observaciones realizadas por ambas sondas continúan siendo una referencia científica. Sin embargo, el aspecto más recordado de la misión sigue siendo también el más controvertido: unos experimentos biológicos cuyos resultados todavía no han recibido una explicación definitiva.
Una misión diseñada para buscar vida
Hasta comienzos de la década de 1970, Marte seguía siendo un mundo del que apenas se conocían algunos detalles obtenidos mediante telescopios y sobrevuelos. Viking cambió completamente esa situación al combinar dos orbitadores y dos módulos de aterrizaje capaces de estudiar el planeta desde la órbita y directamente sobre el terreno.
Los aterrizadores transportaban laboratorios automáticos concebidos para analizar el regolito marciano. Además de estudiar la composición química del suelo y de la atmósfera, la misión incluía tres experimentos biológicos independientes cuyo objetivo era detectar procesos metabólicos compatibles con la existencia de microorganismos.


Aquella estrategia respondía a una idea sencilla: si existían organismos vivos en la superficie de Marte, deberían ser capaces de transformar determinados nutrientes y producir gases detectables por los instrumentos de la sonda.
Un resultado inesperado
De los tres experimentos biológicos, dos no detectaron indicios claros de actividad metabólica. Sin embargo, el denominado Labeled Release (LR) produjo una respuesta inesperada.
El experimento consistía en añadir al suelo marciano una solución de nutrientes marcada con carbono 14 y medir posteriormente si se liberaban gases radiactivos como consecuencia de una posible actividad biológica. En ambos lugares de aterrizaje apareció una señal intensa y rápida tras la primera inyección de nutrientes.
Los controles realizados con muestras previamente esterilizadas mediante calentamiento apenas produjeron respuesta, lo que inicialmente reforzó la posibilidad de que el fenómeno observado estuviera relacionado con organismos vivos.
En aquel momento, algunos investigadores interpretaron los resultados como una posible detección de metabolismo microbiano. Sin embargo, el resto de instrumentos no respaldaban esa conclusión.

El gran problema: no aparecieron moléculas orgánicas
La principal dificultad surgió cuando el cromatógrafo de gases y espectrómetro de masas de Viking analizó las muestras del suelo.
El instrumento no detectó moléculas orgánicas en cantidades apreciables. Dado que toda la vida conocida utiliza compuestos basados en carbono, este resultado parecía incompatible con una interpretación biológica del experimento LR.
Al mismo tiempo, otros análisis revelaban que el suelo marciano era extraordinariamente oxidante. La combinación de ambos resultados llevó a la mayor parte de la comunidad científica a concluir que la señal observada podía deberse a reacciones químicas del propio regolito y no a microorganismos vivos.
Durante décadas esta interpretación se convirtió en la explicación aceptada y la NASA abandonó los experimentos de detección directa de vida en Marte para centrar las siguientes misiones en estudiar si el planeta había reunido condiciones habitables en el pasado.
Lo que cambió con las misiones posteriores
La situación comenzó a modificarse más de treinta años después.
En 2008, la misión Phoenix descubrió la presencia de percloratos en el suelo marciano, compuestos que actúan como potentes oxidantes cuando se calientan.
Este hallazgo obligó a revisar la interpretación del cromatógrafo de Viking. Hoy se sabe que el procedimiento utilizado para analizar las muestras podía destruir parte de las moléculas orgánicas durante el calentamiento, transformándolas en dióxido de carbono y otros compuestos antes de que el instrumento pudiera identificarlas.
Posteriormente, el rover Curiosity detectó compuestos orgánicos conservados en rocas sedimentarias del cráter Gale, demostrando que Marte sí contiene materia orgánica, aunque su presencia no implica necesariamente actividad biológica.
Estos descubrimientos no demuestran que Viking encontrara vida, pero sí indican que una de las principales razones utilizadas para descartar aquella posibilidad ya no puede considerarse tan concluyente como en 1976.

¿Qué explica entonces la señal del experimento LR?
Cinco décadas después todavía no existe una respuesta definitiva.
Una posibilidad es que el experimento detectara únicamente reacciones químicas producidas por oxidantes presentes en el regolito. Otra propone que la combinación de radiación ultravioleta, minerales ricos en hierro y compuestos oxidantes generó una respuesta capaz de imitar algunos procesos metabólicos.
Sin embargo, ningún experimento de laboratorio ha conseguido reproducir simultáneamente todas las características observadas por Viking utilizando únicamente procesos químicos.
Tampoco la hipótesis biológica resulta plenamente satisfactoria. Si realmente existían microorganismos activos, resulta difícil explicar por qué otros experimentos biológicos no obtuvieron resultados igualmente positivos o por qué una segunda inyección de nutrientes no produjo una respuesta más intensa.
El resultado continúa situado en una zona de incertidumbre donde ninguna explicación consigue resolver todas las observaciones disponibles.
Mucho más que una búsqueda de vida
Aunque la controversia sobre los experimentos biológicos suele acaparar la atención, el legado científico de Viking va mucho más allá.
Los orbitadores obtuvieron el primer mapa global de alta resolución de Marte y estudiaron la distribución del vapor de agua y la temperatura superficial. Los aterrizadores registraron por primera vez la evolución diaria de la presión atmosférica, la temperatura y los vientos directamente sobre la superficie marciana.
El análisis geoquímico confirmó una elevada abundancia de hierro y reveló concentraciones inesperadas de azufre y cloro, compatibles con la presencia de sulfatos y cloruros. También mostró que los dos lugares de aterrizaje, separados por miles de kilómetros, presentaban una composición sorprendentemente similar, una homogeneidad atribuida al transporte global de polvo durante las tormentas marcianas.
Muchos de esos registros siguen utilizándose hoy para validar modelos climáticos de Marte y comparar la evolución atmosférica observada por misiones mucho más recientes.

Una pregunta que sigue esperando respuesta
La mayor aportación de Viking quizá no fue responder si existe vida en Marte, sino demostrar lo difícil que resulta plantear esa pregunta de forma experimental.
Las misiones posteriores han confirmado que el planeta conservó agua líquida durante largos periodos de su historia, que contiene moléculas orgánicas y que su química superficial es mucho más compleja de lo que se pensaba en la década de 1970. Sin embargo, ninguna misión ha repetido desde entonces un experimento destinado específicamente a detectar metabolismo activo.
Cincuenta años después del aterrizaje de Viking 1, la comunidad científica sigue sin poder afirmar si la señal registrada por el experimento Labeled Release fue el resultado de una química marciana desconocida o la manifestación de un proceso biológico que todavía no ha podido explicarse.
La respuesta probablemente no llegará revisando una vez más los datos de 1976, sino mediante nuevos experimentos diseñados con el conocimiento acumulado durante las últimas cinco décadas. Hasta entonces, Viking seguirá ocupando un lugar singular en la historia de la exploración espacial: el de una misión que planteó una de las preguntas más profundas de la ciencia y cuya respuesta continúa abierta cincuenta años después.
Referencias y más información
- McKinnon, A. y Naz, N. Viking at 50: Rediscovering the People and Ideas That Formed Astrobiology. Astrobiology, 2026.
- Clark, B. C. Viking Science. Astrobiology, 2026.
- Calomiris, J. J. NASA Viking Mission: A Perspective of the Labeled Release Biological Experiment on Mars. Astrobiology, 2026.
Descubre más desde No Sólo Sputnik
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.