Un nuevo estudio astronómico ha revelado, por primera vez, evidencia de convección de nubes en el hemisferio norte de Titán, el mayor de los satélites de Saturno. Esta observación fue posible gracias a la combinación de datos infrarrojos obtenidos por el telescopio espacial James Webb y el observatorio terrestre Keck II, que permitieron penetrar la densa atmósfera de esta luna envuelta en neblina orgánica.
Composición de imágenes infrarrojas de la luna Titán obtenidas por el telescopio James Webb y el observatorio Keck en 2022 y 2023. Créditos: NASA/ESA/CSA/W.M. Keck Observatory
Con una atmósfera rica en nitrógeno y compuestos de carbono, Titán es uno de los cuerpos más interesantes para los estudios astrobiológicos. Su clima, que recuerda al terrestre, se basa no en el agua, sino en el metano como elemento principal del ciclo atmosférico. Este compuesto se evapora, forma nubes y, en ocasiones, precipita como lluvia sobre una superficie gélida donde el agua es dura como la roca. La región norte de Titán, donde se concentran la mayoría de sus lagos y mares, ha sido el escenario de estas nuevas observaciones.
Las campañas de observación tuvieron lugar en noviembre de 2022 y julio de 2023. En ambas fechas, los científicos detectaron nubes sobre latitudes medias y altas del hemisferio norte de Titán —actualmente en verano— que se elevaban a mayor altitud con el paso de los días. Este fenómeno no se había observado antes en esa zona, aunque sí en el hemisferio sur. Es relevante porque la evaporación de los lagos es una fuente importante de metano atmosférico, y este ciclo podría tener efectos importantes en la evolución del clima de Titán.
Infografía de cuatro pasos que ilustra cómo el metano en la atmósfera de Titán se descompone en radicales metilo (CH₃) y forma etano (C₂H₆), contribuyendo al ciclo de lluvias hidrocarbonadas. Créditos: NASA/ESA/CSA
En comparación con la Tierra, donde la troposfera (la capa baja de la atmósfera) se extiende hasta unos 12 km, en Titán esta capa alcanza los 45 km debido a su baja gravedad. Webb y Keck, al observar en diferentes longitudes de onda infrarroja, pudieron estimar la altitud de las nubes y su evolución temporal. Aunque no se ha detectado lluvia directamente, las condiciones observadas son consistentes con precipitaciones esporádicas de metano o etano.
Además de las observaciones meteorológicas, los instrumentos de Webb permitieron identificar un elemento clave en la química atmosférica de Titán: el radical metilo (CH₃). Este compuesto, que contiene un electrón libre, se forma cuando las moléculas de metano se rompen por acción de la luz solar o por partículas energéticas del campo magnético de Saturno. Su detección representa un avance notable porque permite observar los procesos químicos en marcha, no solo los compuestos iniciales o finales.
Imagen en color real de la atmósfera superior de Titán. Las moléculas de metano se desintegran en la capa de neblina azul, con la neblina naranja debajo. Imagen tomada a una distancia de 9.500 kilómetros. Créditos: NASA/JPL/SSI
Este proceso químico tiene implicaciones a largo plazo. A medida que el metano se rompe en la atmósfera superior y parte del hidrógeno se escapa al espacio, la reserva global de metano podría agotarse si no existe un mecanismo activo que lo reponga desde el interior del satélite. Esto ya ocurrió en el pasado en Marte con el agua, lo que llevó al planeta rojo a su estado actual, seco y desértico. En el caso de Titán, algunos científicos sugieren que podría existir una fuente subterránea de metano que alimente de forma continua su atmósfera.
Estos descubrimientos también aportan contexto para futuras misiones, como Dragonfly, el explorador aéreo de la NASA que está previsto que aterrice en Titán en 2034. Este vehículo volador recorrerá diversos entornos para estudiar in situ las condiciones ambientales y la química del satélite. La visión global de Webb, combinada con las exploraciones de Dragonfly, permitirá dar continuidad a la exploración de Saturno que inició la sonda Cassini-Huygens.
Esta mosaico de imágenes compuestas muestra una vista infrarroja de Titán, la luna de Saturno, captada por la sonda Cassini de la NASA en 2015. Créditos: NASA/JPL/Universidad de Arizona/Universidad de Idaho
El pasado 20 de abril la sonda Lucy de la NASA realizó un sobrevuelo a 960 km de distancia del asteroide (52246) Donaldjohanson, un cuerpo del cinturón principal situado entre las órbitas de Marte y Júpiter. Tenemos por tanto un nuevo retrato en la creciente galería de mundos menores visitados por exploradores robóticos y marca otro paso significativo en el desarrollo operativo de la misión Lucy, cuyo objetivo principal es estudiar los asteroides troyanos de Júpiter a partir de 2027.
Secuencia de imágenes captadas por el generador L’LORRI de la sonda Lucy mostrando el asteroide Donaldjohanson durante su sobrevuelo a unos 1.100 km de distancia. Créditos: NASA/Goddard/SwRI/APL de Johns Hopkins
Durante el sobrevuelo, Lucy pasó a una velocidad relativa de 13,4 km/s y registró imágenes y datos con sus tres instrumentos científicos principales: la cámara L’LORRI (Long Range Reconnaissance Imager), el espectrómetro infrarrojo térmico L’TES y el conjunto de generador de imágenes en color y espectrómetro L’Ralph. Las imágenes iniciales fueron tomadas a unos 1.100 km de distancia, aproximadamente 40 segundos antes del punto de máxima aproximación, debido a restricciones de orientación para evitar el deslumbramiento solar. La secuencia de observación fue totalmente autónoma, ya que las señales de radio tardan más de 12 minutos en llegar a la Tierra, lo que imposibilita el control interactivo.
Las primeras imágenes revelan un objeto de forma elongada, con una estructura de contacto binario: dos lóbulos de tamaño desigual unidos por una estrecha garganta. Esta configuración recuerda a la de asteroides como Itokawa o Toutatis, aunque en este caso los lóbulos parecen ser estructuras sólidas y no una amalgama de escombros. Donaldjohanson presenta varios cráteres de gran tamaño y afloramientos rocosos, indicadores de un pasado geológicamente activo. Su forma, que algunos han descrito como parecida a un par de conos de helado enfrentados, es resultado de una colisión que fragmentó el asteroide 163 Erígone hace unos 150 millones de años, dando origen a este fragmento más joven.
El asteroide Donaldjohanson visto por la cámara L’LORRI de Lucy a las 17:51 UTC del 20 de abril de 2025, 40 segundos antes del máximo acercamiento a una distancia aproximada de 1.100 km. Créditos: NASA/Goddard/SwRI/Johns Hopkins APL/NOIRLab
Los datos aún están en proceso de descarga y se espera que tarden una semana en completarse. Los equipos científicos realizarán un análisis detallado de la estructura superficial, la composición mineral y las propiedades térmicas del asteroide. Este segundo sobrevuelo de la misión —tras el de Dinkinesh en noviembre de 2023— ha sido considerado como un ensayo técnico completo, diferente del anterior, que sirvió principalmente como prueba de los sistemas de navegación autónoma.
El asteroide Donaldjohanson fue descubierto el 2 de marzo de 1981 por Schelte Bus y recibió su nombre en 2015 en honor al paleoantropólogo Donald Johanson, descubridor del fósil homínido conocido como Lucy, cuyo nombre también fue adoptado para la misión. De este modo, el asteroide se integra simbólicamente en el recorrido de una sonda destinada a esclarecer los orígenes del Sistema Solar de la misma forma que su homónimo fósil aportó claves sobre los orígenes de la humanidad.
Imagen del asteroide Donaldjohanson tomada por la sonda Lucy desde una distancia mayor, en la que casi se ve al completo. El cuerpo resultó ser más grande de lo previsto, lo que impidió captarlo entero en las imágenes más cercanas. Créditos: NASA/Goddard/SwRI/Johns Hopkins APL
Lucy fue lanzada el 16 de octubre de 2021 y ha empleado dos asistencias gravitatorias terrestres para modificar su órbita en dirección a los troyanos de Júpiter. Antes de llegar a ellos, el diseño de la misión permitió incorporar estos encuentros con asteroides del cinturón principal, sirviendo tanto para calibrar los instrumentos como para entrenar al equipo en secuencias complejas de sobrevuelo. El primer encuentro con Dinkinesh reveló un asteroide doble, compuesto por un cuerpo principal de 719 metros y una luna binaria llamada Selam, compuesta de dos cuerpos de similar tamaño de aproximadamente 210 y 230 metros.
Los próximos objetivos de Lucy serán los asteroides troyanos del punto de Lagrange L4 del sistema Júpiter-Sol: 3548 Eurybates y su satélite Queta (12 de agosto de 2027), seguido por 15094 Polymele y su satélite (15 de septiembre de 2027), 11351 Leucus (18 de abril de 2028) y 21900 Orus (11 de noviembre de 2028). Posteriormente, tras un nuevo paso por las cercanías de la Tierra, Lucy se dirigirá al punto L5 para sobrevolar el sistema binario 617 Patroclus–Menoetius el 2 de marzo de 2033. Si al finalizar la misión primaria los sistemas de a bordo siguen operativos y queda suficiente combustible, se evaluará la posibilidad de extender la misión hacia otros cuerpos del Sistema Solar exterior.
Representación a escala de la sonda Lucy de la NASA junto a una figura humana para visualizar su tamaño real. Esta nave fue diseñada para estudiar los asteroides troyanos de Júpiter durante una misión de 12 años.
Ilustración de la trayectoria completa de la nave espacial Lucy en un marco de referencia donde Júpiter permanece fijo. Esta visualización ayuda a comprender las múltiples asistencias gravitatorias y encuentros con asteroides planeados durante su misión de 12 años. Créditos: NASA
Aunque Donaldjohanson no formaba parte del catálogo original de objetivos científicos, su sobrevuelo constituye un hito al tratarse de un fragmento relativamente joven del cinturón principal, un entorno habitualmente dominado por cuerpos más antiguos y evolucionados. El análisis del material de su superficie podría ofrecer pistas sobre la distribución de los componentes primordiales que dieron forma a los planetas rocosos. Al integrar este nuevo retrato en la familia de cuerpos explorados, Lucy amplía no solo nuestra comprensión de los asteroides, sino también de los procesos dinámicos que estructuran el Sistema Solar desde sus primeras etapas.
La Expedición 72 de la Estación Espacial Internacional concluyó con éxito el 20 de abril de 2025, tras el aterrizaje de la cápsula Soyuz MS-26 en las estepas de Kazajistán. A bordo de la nave retornaron a la Tierra el astronauta estadounidense Don Pettit y los cosmonautas rusos Alexey Ovchinin e Ivan Vagner, culminando una misión de 220 días en órbita que se inició el 11 de septiembre de 2024.
La cápsula Soyuz MS-26 activa sus motores de frenado poco antes de tocar tierra, marcando el fin de la misión de 220 días de Don Pettit, Alexey Ovchinin e Ivan Vagner. Créditos: NASA
La nave Soyuz MS-26 aterriza en una zona remota cerca de Zhezkazgan, Kazajistán, con Don Pettit (NASA), Alexey Ovchinin e Iván Vágner (Roscosmos) a bordo, concluyendo su misión de 220 días en la Estación Espacial Internacional. Créditos: NASA
El desacoplamiento de la Soyuz MS-26 tuvo lugar a las 21:57 UTC del 19 de abril, al separarse del módulo Rassvet del segmento ruso de la EEI. Tras un encendido de frenado de 4 minutos y 41 segundos ejecutado a las 00:27 UTC del día 20, la cápsula inició su descenso controlado a través de la atmósfera terrestre. El aterrizaje, asistido por paracaídas y cohetes de frenado, se produjo a las 01:20 UTC (06:20 hora local) en las proximidades de la ciudad de Zhezkazgan.
Durante su estancia en la estación, los tres tripulantes participaron en múltiples experimentos científicos, tareas de mantenimiento y supervisión de acoplamientos de vehículos de carga y tripulados. Don Pettit, quien celebró su 70º cumpleaños el día del aterrizaje, acumuló con esta misión un total de 590 días en el espacio a lo largo de cuatro vuelos. Además de su papel como ingeniero de vuelo en las Expediciones 71 y 72, contribuyó a experimentos centrados en tecnologías de impresión 3D metálica, purificación de agua, biología vegetal y comportamiento del fuego en microgravedad.
Don Pettit es trasladado a una tienda médica tras aterrizar junto a Alexey Ovchinin e Ivan Vagner en la cápsula Soyuz MS-26, concluyendo su misión de 220 días a bordo de la Estación Espacial Internacional. Créditos: NASA
El cosmonauta Iván Vágner, tras regresar de su segunda misión en la Estación Espacial Internacional, es asistido por el equipo de recuperación en las estepas de Kazajistán. Créditos: NASA
Alexey Ovchinin, comandante de la Soyuz MS-26 y con cuatro vuelos espaciales en su historial, suma ahora 595 días en órbita. Junto con Vagner, realizó una actividad extravehicular de 7 horas y 17 minutos en la que emplearon el brazo robótico europeo ERA del módulo Nauka. Ivan Vagner, en su segunda misión espacial, alcanza los 416 días acumulados en el espacio.
La reentrada y aterrizaje de la MS-26 se desarrollaron dentro de lo previsto, aunque durante la extracción de la cápsula Don Pettit requirió atención médica por un episodio breve de desvanecimiento, del que se recuperó sin complicaciones. La tripulación fue evacuada por helicóptero a la ciudad de Karagandá. Posteriormente, Ovchinin y Vagner partieron hacia el centro de entrenamiento de cosmonautas en Star City, Rusia, mientras que Pettit regresó a Houston a bordo de un avión de la NASA.
De izquierda a derecha, Alexey Ovchinin (Roscosmos), Don Pettit (NASA) e Iván Vágner (Roscosmos) se despiden antes de embarcar en la nave Soyuz MS-26 para su retorno desde la Estación Espacial Internacional. Créditos: NASA
Este regreso marcó el fin oficial de la Expedición 72 y el inicio de la Expedición 73. La próxima misión tripulada rusa, la Soyuz MS-28, está prevista para el 27 de noviembre de 2025. Mientras tanto, la nueva etapa en la estación continúa con la tripulación que permanecerá en órbita durante los próximos meses.
Tripulación actual de la Estación Espacial Internacional
Nacionalidad
Tripulante
Nave de llegada a la ISS
En órbita desde:
Nº Vuelos
🇺🇸
Anne McClain
Crew-10
14/03/2025
2º vuelo
🇺🇸
Nichole Ayers
Crew-10
14/03/2025
1º vuelo
🇯🇵
Takuya Onishi
Crew-10
14/03/2025
2º vuelo
🇷🇺
Kirill Peskov
Crew-10
14/03/2025
1º vuelo
🇷🇺
Serguéi Ryzhikov
Soyuz MS-27
8/04/2025
3º vuelo
🇷🇺
Alexéi Zubritsky
Soyuz MS-27
8/04/2025
1º vuelo
🇺🇸
Jonny Kim
Soyuz MS-27
8/04/2025
1º vuelo
La nave Soyuz MS-26 es captada en los momentos posteriores a su desacoplamiento de la Estación Espacial Internacional, iniciando el regreso de Don Pettit (NASA), Alexey Ovchinin e Iván Vágner (Roscosmos) tras más de siete meses en órbita. Créditos: NASA
La nave Soyuz MS-27 se encuentra ya acoplada a la Estación Espacial Internacional (EEI) tras completar con éxito su lanzamiento y maniobra de encuentro orbital en una misión que durará cerca de ocho meses. El despegue se produjo el 8 de abril de 2025 a las 05:47 UTC desde la rampa PU-6 del Área 31 del cosmódromo de Baikonur, en Kazajistán, a bordo de un cohete Soyuz-2.1a. Apenas tres horas más tarde, a las 08:57 UTC, la nave atracaba en el puerto inferior del módulo Prichal de la EEI, siguiendo un perfil de vuelo de dos órbitas diseñado para acortar los tiempos de llegada.
Expedición 72 recién ampliada. Delante, con mono azul, se encuentran los nuevos tripulantes, el astronauta de la NASA Jonny Kim y los cosmonautas de Roscosmos Sergey Ryzhikov y Alexey Zubritskoy. Créditos: NASA
A bordo de la nave viajan tres nuevos tripulantes: los cosmonautas rusos Sergei Ryzhikov y Alexei Zubritsky, y el astronauta de la NASA Jonathan Kim. El comandante Ryzhikov afronta su tercera misión espacial tras haber acumulado previamente más de 350 días en órbita. Por su parte, tanto Zubritsky como Kim debutan en vuelos espaciales. Zubritsky, nacido en la región de Zaporiyia en una Ucrania ya independiente, es el primer cosmonauta que vuela al espacio con esa singular trayectoria. Kim, por otro lado, aporta a la expedición una experiencia multidisciplinar como médico, militar y astronauta.
La Soyuz MS-27 se integrará durante los próximos días como vehículo de evacuación y rotación dentro de la estructura operativa de la Expedición 72. La llegada de sus ocupantes precede al regreso de la Soyuz MS-26, previsto para el 19 de abril, que traerá de vuelta a Alexei Ovchinin, Ivan Vagner y Donald Pettit, quienes se encuentran a bordo de la EEI desde septiembre de 2024.
Expedición 72 recién ampliada. Delante, con mono azul, se encuentran los nuevos tripulantes, el astronauta de la NASA Jonny Kim y los cosmonautas de Roscosmos Sergey Ryzhikov y Alexey Zubritskoy. Créditos: NASA
El astronauta de la NASA, Jonny Kim, es recibido por la tripulación de la Expedición 72. Créditos: NASA
Uno de los aspectos más destacados de esta misión es la duración planificada de permanencia en órbita de la Soyuz MS-27, estimada en 245 días. Este dato supone una extensión respecto a la certificación tradicional de seis meses para las cápsulas Soyuz. El objetivo de Roscosmos es reducir la frecuencia de lanzamientos, pasando de cuatro naves tripuladas en dos años a solo tres, lo que representa un ajuste relevante ante las restricciones presupuestarias del programa espacial ruso. Para posibilitar esta extensión, se han recalificado diversos sistemas de la nave, especialmente los relacionados con el sistema de propulsión y la integridad de los catalizadores empleados durante la reentrada.
La maniobra de acoplamiento fue observada en tiempo real por el equipo en tierra, que también destacó el homenaje visual incluido en el cohete portador: una librea especial conmemorativa del 80º aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial, visible en la cofia y cuerpos del lanzador.
Los cosmonautas rusos Serguéi Rízhikov y Alexéi Zubritski, y el astronauta de la NASA Jonathan Kim. Créditos: Yuri Kochetkov
El lanzamiento de la Soyuz MS-27 fotografiado desde la Estación Espacial Internacional por Ivan Vagner. Créditos: Roscosmos
Esta misión representa también el 73º acoplamiento de una nave Soyuz con la EEI y el 177º lanzamiento tripulado de una nave de esta familia desde su introducción en 1967. El uso del perfil de encuentro rápido, basado en solo dos órbitas alrededor de la Tierra antes del acoplamiento, ha permitido optimizar los recursos y reducir el impacto fisiológico en los tripulantes durante el trayecto.
En el contexto de los actuales sistemas de transporte tripulado hacia la EEI, la duración de la permanencia de la Soyuz MS-27 contrasta con los planes de retorno de la nave Crew Dragon Endurance, cuya tripulación Crew-10 llegó a la estación hace apenas tres semanas y tiene previsto regresar en julio. Esta misión tendría una duración de apenas cuatro meses, inferior al estándar habitual de las naves estadounidenses. Aunque la NASA y SpaceX no han ofrecido explicaciones públicas, existen especulaciones dentro del ámbito aeroespacial sobre posibles limitaciones no declaradas del sistema Crew Dragon.
Con la llegada de la Soyuz MS-27, la composición de la Expedición 72 queda completada. Junto a sus nuevos miembros se encuentran los actuales residentes de la Soyuz MS-26 y la Crew-10, configurando un grupo internacional dedicado a operaciones científicas, mantenimiento y cooperación tecnológica en microgravedad.
La nave Soyuz MS-27, con Ryzhikov, Zubritsky y Kim a bordo, acercándose a la Estación Espacial Internacional. Bajo ella, puede verse un sector de la costa mediterránea de África. Créditos: NASA
Lanzamiento nave tripulada Soyuz MS-27 rumbo a la EEI. Créditos: Yuri Kochetkov
Más allá del logro técnico y operativo, la misión MS-27 también simboliza una transición dentro de los planes futuros del programa ruso. La futura estación orbital ROS, que se planea operar en órbita polar, adoptará un esquema de rotación similar con misiones de hasta ocho meses, pero utilizando la nueva nave Oryol en sustitución de las Soyuz. Esta evolución forma parte del proceso de adaptación del programa espacial ruso a nuevos escenarios operativos y presupuestarios.
Mientras tanto, la cápsula MS-27 permanecerá anclada al módulo Prichal hasta el próximo mes de diciembre, completando así una de las estancias más largas registradas para una nave Soyuz en órbita. Será entonces cuando los tripulantes actuales regresen a Tierra, completando un capítulo más de la historia de presencia humana continua en el espacio.
Tripulación actual de la Estación Espacial Internacional
La posibilidad de recoger muestras directas del material eyectado por los volcanes de Ío, la luna más activa geológicamente del sistema solar, está siendo considerada con renovado interés tras una serie de estudios que exploran tanto la viabilidad técnica como el valor científico de dicha misión. Una reciente propuesta científica ha presentado los fundamentos para una misión de retorno de muestras basada en el sobrevuelo de las columnas volcánicas de Ío, sin necesidad de aterrizar en su superficie. Esta idea, que ha sido discutida en el marco del 56.º Congreso de Ciencia Lunar y Planetaria (LPSC 2025), plantea una estrategia de muestreo directo que evitaría los riesgos asociados a las intensas emisiones de radiación y actividad volcánica en la superficie de esta luna de Júpiter.
Fotografía capturada por Galileo en 1997 mostrando plumas volcánicas activas en Ío. Créditos: NASA/JPL
Ío se sitúa como un objetivo prioritario en los programas de retorno de muestras por su singularidad en la dinámica planetaria del sistema solar. Con más de 400 volcanes activos y un régimen de erupciones que pueden alcanzar los 400 km de altura, Ío representa un laboratorio natural excepcional para estudiar procesos geológicos como el vulcanismo extremo, la interacción entre satélites y campos magnéticos planetarios, y la evolución térmica de cuerpos planetarios sujetos a calentamiento por marea. A diferencia de cuerpos geológicamente inactivos, la superficie de Ío se encuentra en constante renovación, lo que ha permitido preservar materiales poco afectados por el envejecimiento espacial.
Desde su descubrimiento como mundo volcánicamente activo por la sonda Voyager 1 en 1979, los satélites de Júpiter han sido objeto de múltiples misiones, incluyendo Galileo, Cassini, New Horizons y, en la actualidad, Juno. Sin embargo, la exploración de Ío ha sido limitada debido al entorno extremadamente hostil que impone la magnetosfera de Júpiter, cuya intensa radiación puede dañar o destruir las sondas en períodos breves. Las propuestas anteriores, como las misiones FIRE o IVO, contemplaban sobrevuelos cercanos, pero ninguna fue seleccionada. La nueva propuesta recupera el interés en Ío, planteando una trayectoria más eficiente en términos de riesgo y costes: interceptar directamente una columna volcánica mediante un sobrevuelo controlado.
El diseño preliminar de la misión contempla una nave que realice varios sobrevuelos del satélite para identificar regiones activas. Una vez localizada una pluma volcánica activa —potencialmente en el volcán Prometeo, que ha mostrado una estabilidad eruptiva destacada—, la nave cruzaría la pluma en altitudes comparables a las de un avión comercial, utilizando un sistema de recolección de partículas integrado en una cápsula del tamaño de una bandeja. Este sistema permitiría capturar partículas sólidas y volátiles sin necesidad de contacto con la superficie, lo que evita muchas de las complicaciones de una misión de aterrizaje.
Impresión artística de la sonda Prometheus sobrevolando una pluma volcánica en Ío. Créditos: James Tuttle Keane
En la propuesta técnica, la misión se enmarca en el programa New Frontiers de NASA, con un perfil de vuelo que incluiría la inserción orbital en el sistema joviano, maniobras gravitatorias para ajustar la trayectoria y retorno balístico a la Tierra una vez completada la fase de muestreo. La duración estimada total sería de aproximadamente 9,4 años, incluyendo el viaje de ida, operaciones en órbita de Júpiter y regreso de las muestras.
La importancia científica de recuperar partículas directamente desde una columna volcánica de Ío reside en su potencial para revelar la composición isotópica y mineralógica del interior de esta luna. A diferencia de la Tierra, donde los procesos de erosión y tectónica complican el acceso a materiales antiguos, Ío puede ofrecer información sobre condiciones iniciales del sistema solar, ya que el material expulsado por sus volcanes podría proceder de capas profundas poco alteradas. Además, el estudio de estos materiales ayudaría a comprender las diferencias de composición con otras lunas de Júpiter como Europa o Ganímedes, así como los procesos de fraccionamiento químico inducidos por el calor de marea.
Ío está sometida a un intenso proceso de calentamiento interno debido a su interacción gravitatoria con Júpiter y las lunas vecinas Europa y Ganímedes. Este fenómeno, conocido como resonancia de Laplace, produce mareas internas que estiran y comprimen el cuerpo de Ío, generando calor por fricción en su interior. Esta energía térmica acumulada alimenta un océano magmático estimado en más de 30 km de espesor bajo la corteza. Los volcanes de Ío no solo presentan temperaturas extremas, sino que también están acompañados por características geológicas como lagos de lava, fuentes de fuego y montañas de varios kilómetros de altura formadas por colapsos de la corteza. Una de las erupciones más intensas jamás observadas en el sistema solar fue registrada en 2001 en el volcán Surt, con una emisión energética de hasta 80.000 GW.
Esquema del toro de plasma sobre la órbita de Ío alrededor de Júpiter. Créditos: NASA/JPL
El entorno de Ío no es solo geológico, también es electromagnético. Las plumas volcánicas cargadas de partículas interaccionan con el potente campo magnético de Júpiter generando un anillo de plasma denominado «torus de Ío». Este entorno radiactivo plantea desafíos técnicos, pero también oportunidades para estudiar cómo la actividad interna de una luna puede afectar a su atmósfera y a su relación con el planeta anfitrión.
Las analogías con las misiones Apolo también refuerzan el valor del retorno de muestras. En la Luna, los astronautas de Apolo 17 descubrieron perlas de vidrio volcánico que revelaron propiedades inesperadas del interior lunar. En el caso de Ío, el estudio de los materiales de las plumas volcánicas podría arrojar información inédita sobre su manto, su atmósfera transitoria y la interacción entre componentes volátiles y minerales silicatados.
El artículo científico que sustenta esta propuesta, firmado por más de una veintena de investigadores y liderado por Aanu Adeloye, destaca que una misión de retorno de muestras desde Ío es tecnológicamente viable en el marco actual de desarrollo aeroespacial. La misión también se beneficiaría de simulaciones detalladas de la dinámica de las plumas, lo que permitiría planificar con precisión la trayectoria de vuelo y minimizar los riesgos para la nave.
Imagen del lado nocturno y el lado diurno de Ío tomada por la sonda Juno de la NASA. Créditos: NASA/JPL-Caltech/SwRI/MSSS/Emma Wälimäki
Además de mejorar la comprensión sobre la formación y evolución de Ío, los datos también serían relevantes para la astrobiología y la geofísica comparada. Los procesos de calentamiento de marea que se observan en Ío podrían estar actuando en otras lunas heladas del sistema joviano, donde, a diferencia de Ío, el calor interno no produce volcanismo silicatado, sino actividad criovolcánica asociada a la existencia de océanos subterráneos.
Este tipo de misiones de muestreo se inscribe dentro de un contexto más amplio de exploración del sistema joviano. La exploración de Júpiter y sus satélites ha adquirido un papel destacado en la agenda científica internacional, con misiones como JUICE de la ESA o Europa Clipper de NASA centradas en lunas con potencial astrobiológico. Aunque Ío no es un candidato para la habitabilidad, su estudio ofrece un marco de referencia para comprender los extremos del volcanismo planetario, los límites térmicos de los cuerpos sólidos y las condiciones que podrían haber prevalecido en las primeras etapas del sistema solar.
Con un perfil técnico basado en tecnología ya disponible, un diseño de misión orientado a la eficiencia operativa y un retorno científico elevado, la posibilidad de una misión como Prometheus —nombre propuesto para este retorno de muestras desde Ío— parece estar cada vez más cerca de ser considerada como parte de los planes estratégicos de exploración planetaria.