La diferencia entre Ío y Europa apunta a su formación, no a una pérdida extrema de agua

Un estudio reciente analiza la evolución temprana de los satélites de Júpiter y muestra que los escenarios de escape atmosférico extremo no bastan para explicar el contraste actual entre Ío y Europa, reforzando la importancia de las condiciones de formación en el entorno joviano.

Comparación de los satélites Ío y Europa de Júpiter, mostrando la superficie volcánica de Ío y la superficie helada y fracturada de Europa.
Comparación de Ío y Europa. Créditos: NASA/JPL/DLR

Ío y Europa, dos de los principales satélites de Júpiter, presentan hoy una diferencia extrema en composición y actividad geológica. Mientras Europa conserva una gruesa capa de hielo y un océano global bajo su superficie, Ío es un cuerpo rocoso, muy denso y dominado por un volcanismo intenso. Desde hace años se plantea si ambos mundos pudieron formarse de manera similar y divergir después, o si esa diferencia ya estaba marcada desde su origen. Un trabajo teórico reciente aporta nuevos argumentos a favor de esta segunda opción.

En los últimos años ha ganado peso la hipótesis de que Ío y Europa se formaron inicialmente ricos en agua y que Ío perdió después sus volátiles debido al calentamiento y al escape atmosférico durante las primeras fases del sistema joviano. El nuevo estudio examina ese escenario con modelos físicos detallados y concluye que resulta difícil sostenerlo incluso bajo condiciones especialmente favorables a la pérdida de agua.

El problema del contraste entre Ío y Europa

La diferencia entre Ío y Europa ha sido uno de los principales retos para los modelos de formación de satélites. Ambos cuerpos tienen tamaños comparables y orbitan relativamente cerca uno del otro, pero sus densidades y estados actuales son muy distintos. Europa presenta una densidad media baja, compatible con una fracción significativa de agua, mientras que Ío alcanza valores cercanos a 3.500 kg/m³, propios de un cuerpo mayoritariamente rocoso.

Explicar este contraste únicamente mediante procesos posteriores a la formación requiere mecanismos capaces de eliminar grandes cantidades de agua de Ío sin afectar de forma equivalente a Europa. Entre ellos, la pérdida atmosférica impulsada por el calor temprano del entorno de Júpiter ha sido una de las propuestas más debatidas en la literatura científica reciente.

Cómo se modela la pérdida de agua en los satélites jovianos

El estudio, firmado por Yannis Bennacer, Olivier Mousis y Vincent Hue, analiza la evolución temprana de Ío y Europa durante sus primeros millones de años. El modelo reconstruye cómo se formaron ambos satélites alrededor de Júpiter, cómo su interior se calentó debido a distintas fuentes de energía y cómo ese calentamiento pudo liberar agua hacia la superficie.

El punto de partida es que los satélites pudieron acrecer a partir de silicatos hidratados, minerales que incorporan agua en su estructura cristalina. A medida que el interior se calienta, estos minerales se deshidratan y liberan agua. Esa agua puede migrar hacia la superficie y formar océanos y atmósferas temporales, que quedarían expuestas a la pérdida hacia el espacio si la temperatura superficial es elevada y la gravedad insuficiente para retenerlas.

El modelo explora un amplio conjunto de escenarios. Se consideran distintos modos de acreción, desde el crecimiento progresivo a partir de partículas pequeñas hasta impactos de cuerpos de mayor tamaño, así como diferentes duraciones del proceso y posiciones orbitales dentro del entorno joviano. En cada caso se calcula cuándo comienza la deshidratación del interior, cuánta agua se libera y si los mecanismos de escape pueden eliminarla de forma eficaz.

Por qué Ío no pudo perder un océano primitivo

Los resultados muestran una diferencia clara entre ambos satélites. En el caso de Europa, la deshidratación significativa del interior se produce cuando la fase más energética del sistema ya ha pasado. Para entonces, la irradiación procedente de Júpiter ha disminuido y la superficie no puede mantener océanos expuestos ni atmósferas densas durante largos periodos. En ese contexto, la pérdida de agua es limitada y Europa conserva la mayor parte de sus volátiles en la mayoría de escenarios plausibles.

En Ío, el resultado es mucho más restrictivo. Incluso suponiendo un escape atmosférico extremadamente eficiente, el modelo indica que el satélite no puede eliminar por completo un océano primitivo si este se forma tras la deshidratación interna. Una vez que el entorno se enfría y el disco circumjoviano se disipa, cualquier agua restante queda protegida en forma de hielo y deja de estar accesible a los mecanismos de escape considerados.

Para reproducir la elevada densidad actual de Ío, cercana a 3.500 kg/m³, el estudio exige condiciones muy específicas. Ío tendría que haberse formado muy cerca de Júpiter, o haber crecido en un intervalo de tiempo extremadamente corto, o haber acumulado gran parte de su masa mediante impactos energéticos. Aun así, estos escenarios no explican de forma sólida una pérdida completa de agua si el material original contenía silicatos hidratados.

Un origen distinto desde la formación

Esquema de la formación de los satélites galileanos de Júpiter mostrando cómo los materiales hidratados conservan agua en la región de Europa y se deshidratan antes de alcanzar Ío.
Esquema del disco circumjoviano durante la formación de los satélites galileanos. Los materiales hidratados que dieron lugar a Europa conservaron su contenido en agua, mientras que los mismos materiales se deshidrataron al cruzar la línea de deshidratación de los filosilicatos antes de incorporarse a Ío, dando lugar a un satélite intrínsecamente seco. Créditos: Southwest Research Institute

A partir de estos resultados, los autores proponen una alternativa más coherente. Ío habría acrecido principalmente a partir de material anhidro, pobre en agua, en una región del disco joviano situada por debajo de la línea de deshidratación de los filosilicatos. En ese entorno, el agua liberada por los minerales no se incorporaría al satélite, mientras que más lejos, en la región donde se formó Europa, sí podría retenerse.

Este planteamiento desplaza el origen del contraste entre Ío y Europa desde su evolución posterior hacia sus condiciones iniciales de formación. No serían dos cuerpos que siguieron trayectorias similares y luego divergieron, sino satélites que se formaron a partir de materiales distintos en regiones térmicamente diferenciadas del entorno de Júpiter.

Implicaciones para la exploración de Europa

El estudio tiene también implicaciones observacionales directas. Si Europa no perdió una fracción importante de su agua por escape atmosférico, la composición isotópica de ese agua debería reflejar la del material primitivo que la formó. En particular, el cociente deuterio-hidrógeno podría ser comparable al medido en asteroides hidratados y condritas carbonáceas.

Las futuras mediciones de Europa Clipper y de la misión JUICE permitirán poner a prueba esta predicción y aportar nuevas restricciones sobre el origen de los satélites galileanos. Estos datos ayudarán a discriminar entre escenarios de formación y a entender mejor cómo se distribuyó el agua en el entorno del Júpiter primitivo.

Aunque el modelo adopta supuestos que favorecen la pérdida de volátiles, los resultados indican que Ío no puede despojarse fácilmente de un océano primitivo. En conjunto, el trabajo refuerza la idea de que la configuración actual del sistema joviano interior está determinada, en gran medida, por las condiciones de formación y no por procesos extremos de erosión posteriores.

Referencias y más información

Hacia Ío: el ambicioso plan para recoger muestras sin aterrizar

La posibilidad de recoger muestras directas del material eyectado por los volcanes de Ío, la luna más activa geológicamente del sistema solar, está siendo considerada con renovado interés tras una serie de estudios que exploran tanto la viabilidad técnica como el valor científico de dicha misión. Una reciente propuesta científica ha presentado los fundamentos para una misión de retorno de muestras basada en el sobrevuelo de las columnas volcánicas de Ío, sin necesidad de aterrizar en su superficie. Esta idea, que ha sido discutida en el marco del 56.º Congreso de Ciencia Lunar y Planetaria (LPSC 2025), plantea una estrategia de muestreo directo que evitaría los riesgos asociados a las intensas emisiones de radiación y actividad volcánica en la superficie de esta luna de Júpiter.

Imagen de plumas eruptivas de Ío observadas por la sonda Galileo en 1997
Fotografía capturada por Galileo en 1997 mostrando plumas volcánicas activas en Ío. Créditos: NASA/JPL

Ío se sitúa como un objetivo prioritario en los programas de retorno de muestras por su singularidad en la dinámica planetaria del sistema solar. Con más de 400 volcanes activos y un régimen de erupciones que pueden alcanzar los 400 km de altura, Ío representa un laboratorio natural excepcional para estudiar procesos geológicos como el vulcanismo extremo, la interacción entre satélites y campos magnéticos planetarios, y la evolución térmica de cuerpos planetarios sujetos a calentamiento por marea. A diferencia de cuerpos geológicamente inactivos, la superficie de Ío se encuentra en constante renovación, lo que ha permitido preservar materiales poco afectados por el envejecimiento espacial.

Desde su descubrimiento como mundo volcánicamente activo por la sonda Voyager 1 en 1979, los satélites de Júpiter han sido objeto de múltiples misiones, incluyendo Galileo, Cassini, New Horizons y, en la actualidad, Juno. Sin embargo, la exploración de Ío ha sido limitada debido al entorno extremadamente hostil que impone la magnetosfera de Júpiter, cuya intensa radiación puede dañar o destruir las sondas en períodos breves. Las propuestas anteriores, como las misiones FIRE o IVO, contemplaban sobrevuelos cercanos, pero ninguna fue seleccionada. La nueva propuesta recupera el interés en Ío, planteando una trayectoria más eficiente en términos de riesgo y costes: interceptar directamente una columna volcánica mediante un sobrevuelo controlado.

El diseño preliminar de la misión contempla una nave que realice varios sobrevuelos del satélite para identificar regiones activas. Una vez localizada una pluma volcánica activa —potencialmente en el volcán Prometeo, que ha mostrado una estabilidad eruptiva destacada—, la nave cruzaría la pluma en altitudes comparables a las de un avión comercial, utilizando un sistema de recolección de partículas integrado en una cápsula del tamaño de una bandeja. Este sistema permitiría capturar partículas sólidas y volátiles sin necesidad de contacto con la superficie, lo que evita muchas de las complicaciones de una misión de aterrizaje.

Impresión artística de la propuesta Prometheus cruzando una pluma volcánica en Ío
Impresión artística de la sonda Prometheus sobrevolando una pluma volcánica en Ío. Créditos: James Tuttle Keane

En la propuesta técnica, la misión se enmarca en el programa New Frontiers de NASA, con un perfil de vuelo que incluiría la inserción orbital en el sistema joviano, maniobras gravitatorias para ajustar la trayectoria y retorno balístico a la Tierra una vez completada la fase de muestreo. La duración estimada total sería de aproximadamente 9,4 años, incluyendo el viaje de ida, operaciones en órbita de Júpiter y regreso de las muestras.

La importancia científica de recuperar partículas directamente desde una columna volcánica de Ío reside en su potencial para revelar la composición isotópica y mineralógica del interior de esta luna. A diferencia de la Tierra, donde los procesos de erosión y tectónica complican el acceso a materiales antiguos, Ío puede ofrecer información sobre condiciones iniciales del sistema solar, ya que el material expulsado por sus volcanes podría proceder de capas profundas poco alteradas. Además, el estudio de estos materiales ayudaría a comprender las diferencias de composición con otras lunas de Júpiter como Europa o Ganímedes, así como los procesos de fraccionamiento químico inducidos por el calor de marea.

Ío está sometida a un intenso proceso de calentamiento interno debido a su interacción gravitatoria con Júpiter y las lunas vecinas Europa y Ganímedes. Este fenómeno, conocido como resonancia de Laplace, produce mareas internas que estiran y comprimen el cuerpo de Ío, generando calor por fricción en su interior. Esta energía térmica acumulada alimenta un océano magmático estimado en más de 30 km de espesor bajo la corteza. Los volcanes de Ío no solo presentan temperaturas extremas, sino que también están acompañados por características geológicas como lagos de lava, fuentes de fuego y montañas de varios kilómetros de altura formadas por colapsos de la corteza. Una de las erupciones más intensas jamás observadas en el sistema solar fue registrada en 2001 en el volcán Surt, con una emisión energética de hasta 80.000 GW.

Esquema del toro de plasma en la órbita de Ío
Esquema del toro de plasma sobre la órbita de Ío alrededor de Júpiter. Créditos: NASA/JPL

El entorno de Ío no es solo geológico, también es electromagnético. Las plumas volcánicas cargadas de partículas interaccionan con el potente campo magnético de Júpiter generando un anillo de plasma denominado «torus de Ío». Este entorno radiactivo plantea desafíos técnicos, pero también oportunidades para estudiar cómo la actividad interna de una luna puede afectar a su atmósfera y a su relación con el planeta anfitrión.

Las analogías con las misiones Apolo también refuerzan el valor del retorno de muestras. En la Luna, los astronautas de Apolo 17 descubrieron perlas de vidrio volcánico que revelaron propiedades inesperadas del interior lunar. En el caso de Ío, el estudio de los materiales de las plumas volcánicas podría arrojar información inédita sobre su manto, su atmósfera transitoria y la interacción entre componentes volátiles y minerales silicatados.

El artículo científico que sustenta esta propuesta, firmado por más de una veintena de investigadores y liderado por Aanu Adeloye, destaca que una misión de retorno de muestras desde Ío es tecnológicamente viable en el marco actual de desarrollo aeroespacial. La misión también se beneficiaría de simulaciones detalladas de la dinámica de las plumas, lo que permitiría planificar con precisión la trayectoria de vuelo y minimizar los riesgos para la nave.

Imagen del lado nocturno y el lado diurno de Ío tomada por la sonda Juno de la NASA. Créditos: NASA/JPL-Caltech/SwRI/MSSS/Emma Wälimäki

Además de mejorar la comprensión sobre la formación y evolución de Ío, los datos también serían relevantes para la astrobiología y la geofísica comparada. Los procesos de calentamiento de marea que se observan en Ío podrían estar actuando en otras lunas heladas del sistema joviano, donde, a diferencia de Ío, el calor interno no produce volcanismo silicatado, sino actividad criovolcánica asociada a la existencia de océanos subterráneos.

Este tipo de misiones de muestreo se inscribe dentro de un contexto más amplio de exploración del sistema joviano. La exploración de Júpiter y sus satélites ha adquirido un papel destacado en la agenda científica internacional, con misiones como JUICE de la ESA o Europa Clipper de NASA centradas en lunas con potencial astrobiológico. Aunque Ío no es un candidato para la habitabilidad, su estudio ofrece un marco de referencia para comprender los extremos del volcanismo planetario, los límites térmicos de los cuerpos sólidos y las condiciones que podrían haber prevalecido en las primeras etapas del sistema solar.

Con un perfil técnico basado en tecnología ya disponible, un diseño de misión orientado a la eficiencia operativa y un retorno científico elevado, la posibilidad de una misión como Prometheus —nombre propuesto para este retorno de muestras desde Ío— parece estar cada vez más cerca de ser considerada como parte de los planes estratégicos de exploración planetaria.

Juno descubre la erupción volcánica más intensa jamás registrada en Ío

La sonda Juno de la NASA ha detectado en Ío, la luna de Júpiter, la erupción volcánica más intensa jamás observada en el Sistema Solar. Este evento sin precedentes fue captado el 27 de diciembre de 2024 por el instrumento JIRAM (Jovian Infrared Auroral Mapper), que identificó un punto caliente masivo en el hemisferio sur del satélite. Los datos muestran que esta nueva zona volcánica activa supera los 100.000 km², una superficie cinco veces mayor que la de Loki Patera, el lago de lava más grande previamente conocido en Ío.

El equipo científico estima que la energía total emitida por esta erupción supera los 80 billones de vatios, un nivel de radiación térmica que saturó los detectores de JIRAM. De acuerdo con Scott Bolton, investigador principal de la misión Juno, esta es la actividad volcánica más intensa jamás registrada en Ío, lo que subraya la extraordinaria dinámica geológica de este satélite, considerado el mundo más volcánico del Sistema Solar.

Imágenes de JunoCam en 2024 muestran cambios significativos en la superficie de Ío cerca del polo sur, detectados entre los perijovios 66 y 68, cuando la sonda pasó más cerca de la luna joviana. Créditos: NASA/JPL-Caltech/SwRI/MSSS/Jason Perry

¿Por qué Ío es tan volcánico?

Ío experimenta una actividad volcánica extrema debido al efecto de calentamiento por marea generado por Júpiter. Su órbita elíptica hace que la intensa gravedad del planeta gigante la comprima y estire constantemente, generando fricción interna y elevando las temperaturas de su interior. Como resultado, el satélite alberga un interior parcialmente fundido, con una gran cantidad de magma que se abre paso hasta la superficie a través de fisuras y calderas volcánicas.

Este fenómeno hace que Ío esté en un estado de actividad constante, con aproximadamente 400 volcanes activos. Sin embargo, el evento detectado por Juno se destaca por su magnitud sin precedentes, lo que sugiere la presencia de una vasta cámara de magma subterránea.

Modelo del interior de Ío propuesto por R.S.Park, donde sugieren que Ío no tiene un océano de magma superficial, sino un manto mayormente sólido (verde) con zonas de fusión parcial (amarillo/naranja) sobre un núcleo líquido (rojo/negro). Créditos: JPL/Caltech/Sofia Shen

Evidencias del nuevo volcán en Ío

Durante el sobrevuelo del 27 de diciembre de 2024, Juno pasó a 74.400 km de Ío y su cámara infrarroja captó una intensa emisión térmica en el polo sur. Alessandro Mura, investigador del Instituto Nacional de Astrofísica de Italia y miembro del equipo de JIRAM, explicó que este punto caliente es tan intenso que sugiere la presencia de varios volcanes conectados a una gigantesca cámara magmática.

Además de los datos infrarrojos, la JunoCam, la cámara de luz visible de la nave, también identificó cambios en la superficie de Ío. Al comparar imágenes de sobrevuelos anteriores con las más recientes, los científicos notaron modificaciones en la coloración del terreno, lo que confirma que esta erupción ha dejado una huella permanente en el paisaje del satélite.

Loki Patera (izquierda) y otras calderas de Ío reflejando la luz solar, revelando detalles de su intensa actividad volcánica. Créditos: NASA/JPL-Caltech/SwRI/MSSS/Björn Jónsson

¿Un océano de magma en Ío?

El descubrimiento de esta supererupción reabre el debate sobre el interior de Ío. Hasta ahora, existían dos modelos principales para explicar su actividad volcánica:

1️⃣ Modelo del océano de magma: Propone que Ío alberga un océano global de roca fundida a poca profundidad bajo su corteza. Este océano sería la fuente de los volcanes y explicaría la distribución uniforme de la actividad volcánica en la luna.

2️⃣ Modelo del manto parcialmente fundido: Sugiere que Ío tiene un interior similar al de la Tierra, con un manto parcialmente derretido y magma acumulado en cámaras profundas. En este caso, los volcanes estarían alimentados por conductos individuales en lugar de un océano global.

Los datos recientes de Juno parecen favorecer la segunda teoría, ya que los estudios gravitacionales de la nave han revelado que la deformación de la corteza de Ío no es lo suficientemente intensa como para sostener un océano de magma global. En cambio, lo más probable es que el calor se disipe mediante la acumulación de magma en cámaras localizadas bajo la superficie, lo que explicaría la aparición de supererupciones localizadas como la recién detectada.

Futuras observaciones de Juno

La sonda Juno tiene programado un nuevo sobrevuelo de Ío el 3 de marzo de 2025, lo que permitirá estudiar cómo ha evolucionado este mega-volcán en las últimas semanas. Además, astrónomos de todo el mundo intentarán observar el fenómeno con telescopios terrestres para complementar los datos de la misión.

Este descubrimiento no solo redefine nuestra comprensión de Ío y su actividad volcánica, sino que también tiene implicaciones más amplias para la evolución térmica de otros cuerpos del Sistema Solar. Si el mecanismo que alimenta la actividad de Ío es más común de lo que se pensaba, podríamos encontrar dinámicas similares en exoplanetas sometidos a fuertes efectos de marea gravitacional.

Los planes de estudio futuros de las lunas galileanas de Júpiter

La comunidad científica internacional considera el estudio de la luna Europa de Júpiter como prioridad. La existencia de un lago global bajo su superficie da que pensar en la posibilidad de encontrar vida microbiana. Donde hay agua podría haber vida, así de simple resumen los científicos esta posibilidad. Y en las lunas galileanas, Europa, Ganímedes y Calisto, hay más agua que en nuestro planeta, aunque la gruesa superficie de hielo dificulta su estudio. Otro de los problemas es la intensa radiación que emite Júpiter y por tanto a mayor cercanía mayor protección con lo que se incrementa el peso y a la par se reduce el período de misión y el peso útil para la instrumentación de las sondas.

De izquierda a derecha Ío, Europa, Ganímedes y Calisto, las cuatro lunas de Júpiter descubiertas por Galileo Galilei en 1610.
De izquierda a derecha Ío, Europa, Ganímedes y Calisto, las cuatro lunas de Júpiter descubiertas por Galileo Galilei en 1610. Créditos: NASA.

Por ello, las agencias espaciales han empezado a planificar diferentes misiones para el estudio de estos mundos helados alrededor del gigante Júpiter. Veamos por donde van los tiros:

Europa Clipper de la NASA

El Congreso norteamericano ha obligado a la NASA a desarrollar una ambiciosa misión de estudio de la luna Europa con un orbitador Europa Clipper y con un aterrizador. El primero de ellos ya se encuentra en fase de estudio, sería una misión de tipo flagship, esto es de las más caras que realiza la agencia como lo son la sonda Cassini en Saturno, el rover Curiosity en Marte o la pasada misión Galileo a Júpiter.

El aspecto de la sonda Europa Clipper de la NASA sobre la luna Europa.
El aspecto de la sonda Europa Clipper de la NASA sobre la luna Europa. Créditos: NASA.

Deberá ser lanzada en el año 2022 a bordo de un cohete SLS para llegar a su objetivo cinco años más tarde o en 2030 como muy pronto si lo hacen desde otro lanzador. Ya han elegido su instrumentación inicial y aunque tiene posibilidad de que surjan cambios, su construcción se iniciará en los próximos años. En caso del aterrizador se tratará de una misión independiente que de momento no se ha aprobado nada. Es el Congreso quien presiona a la NASA y no al revés como siempre en el pasado solía suceder. Lo cierto es que con el actual presupuesto de la agencia espacial norteamericana dificilmente podrían desarrollar un aterrizador en condiciones con opciones de hacerlo llegar en la década de los 30.

JUICE de la ESA

Por otro lado, la Agencia Espacial Europea (ESA) está desarrollando la misión JUICE (JUpiter ICy moons Explorer) para ser lanzada en el año 2022 hacia el sistema joviano. Constaría de un orbitador que sobrevolará en dos ocasiones a la luna Europa en 2029, catorce sobrevuelos a Calisto y doce a Ganímedes antes de entrar en órbita en este último a finales del año 2032, con lo que se convirtiría además de la primera sonda europea independiente en explorar el Sistema Solar exterior y en la primera sonda en orbitar una luna de otro planeta.

Aspecto de la sonda JUICE de la ESA. Créditos: ESA.
Aspecto de la sonda JUICE de la ESA. Créditos: ESA.

La sonda JUICE será la segunda sonda dotada con paneles solares para el estudio del sistema solar exterior tras la sonda Juno de la NASA, actualmente orbitando Júpiter.

Otras posibles misiones a las lunas galileanas

Europa Clipper de la NASA y JUICE de la ESA serían las dos misiones aprobadas en firme actualmente para el estudio de las lunas galileanas en las próximas décadas. Pero aún hay más, que si bien cabe no hay nada aprobado en firme al respecto, al igual que el aterrizador de la NASA en Europa, podrían ser una realidad si se decide gastar los millones necesarios para ello. Hablamos de la sonda Laplace de la agencia rusa Roscosmos para el estudio de Ganímedes, las pequeñas misiones CLEO/P de la ESA para acompañar a la sonda Europa Clipper de la NASA y la sonda FIRE.

El ambicioso proyecto de misión Laplace constaba de un orbitador y un aterrizador para la luna Europa aunque por las dificultades técnicas para aguantar la alta radiación debido a la cercanía de Europa a Júpiter se cambió el objetivo a Ganímedes, denominándose ahora Laplace-P. Estas sondas que deberían llegar a primeros de los años 30 a su destino tienen pocas opciones de salir adelante debido a las dificultades presupuestarias actuales de la agencia rusa. No obstante son proyectos sólidos muy maduros que llevan desarrollándose más de una década.

Aspecto del aterrizador Laplace-P con la luna Ganímedes y Júpiter al fondo
Aspecto del aterrizador Laplace-P con la luna Ganímedes y Júpiter al fondo. Créditos: Roscosmos.

Las misiones CLEO y CLEP eran dos propuestas de la ESA de pequeñas misiones que deberían viajar a bordo del orbitador americano Europa Clipper en los desarrollos conceptuales iniciales de esta misión. Una vez aprobada la misión por la NASA ya no hay sitio para estas misiones. La primera, CLEO (CLipper Esa Orbiter), era un pequeño orbitador de la luna Ío, el mundo volcánico más activo del sistema solar y luna galileana más próxima a Júpiter. La segunda, CLEP (CLipper Esa Penetrator) trataría de estudiar la superficie de la luna Europa directamente mediante el uso de un pequeño penetrador. Ambas propuestas están descartadas y probablemente por ello nos perdamos la posibilidad de sobrevolar la luna Ío en muchas décadas. Hay otros estudios conceptuales o meros powerpoints como lo queráis llamar, para el estudio de esta luna, como la propuesta de misión FIRE (Flyby of Io with Repeat Encounters) que sobrevolaría la luna Ío en diez ocasiones, pero como dijimos antes, no es prioridad el estudio de este peligroso mundo volcánico debido a la alta dosis de radiación por su cercanía a Júpiter y por claro está, teniendo los otros tres mundos helados con agua bajo su superficie las prioridades científicas se derivan hacia esos mundos.

Las agencias norteamericana, europea y rusa están centradas en el estudio de Marte para la próxima década y en las lunas galileanas en la siguiente. La agencia china, japonesa e india aún no tienen previsto a corto plazo el estudio del sistema solar exterior aunque en el caso de la primera, nunca se sabe lo que se podría esperar de ella.

Vídeo de las sondas Laplace-P y JUICE:

Los gigantes Montes Boösaule de Ío

Montes Boosaule en Io

El Boösaule Mons, situado en la luna galileana Ío, es el cuarto pico más alto del Sistema Solar y el mayor relieve identificado en este satélite. Forma parte de un conjunto montañoso denominado Boösaule Montes, compuesto por tres grandes picos ubicados al noroeste de la región volcánica de Pelé. El mayor de ellos, conocido como Monte Boösaule Sur, alcanza una altitud estimada de unos 17,5 km sobre el terreno circundante, superando en unos 4 km a cualquier otra elevación en Ío.

Los Boösaule Montes fueron observados por primera vez con detalle en 1979 gracias a las imágenes obtenidas por la sonda Voyager 1 de la NASA. Posteriormente, las misiones Galileo (1996–2001) y New Horizons (2007) registraron vistas globales del satélite en las que también se aprecia este macizo. La combinación de estos datos permitió elaborar modelos topográficos que confirman la extraordinaria elevación y extensión de la estructura.

La montaña principal presenta una morfología irregular, con una amplia ladera de pendiente moderada interrumpida por un escarpe abrupto en su flanco sureste. Está rodeada por una meseta que parece formada por materiales colapsados del propio monte hacia el norte y por flujos de lava solidificada al sur. Estas características indican un origen predominantemente tectónico, resultado de fracturas y levantamientos de la corteza de Ío debidos a intensas tensiones internas generadas por las fuerzas de marea del planeta Júpiter.

Ío es el cuerpo con mayor actividad volcánica del Sistema Solar. Su superficie, en continua renovación por erupciones y hundimientos, conserva pocas estructuras estables a lo largo del tiempo geológico. Por ello, montañas como Boösaule Mons son claves para comprender los procesos de deformación de su corteza y la relación entre la tectónica y el vulcanismo en este mundo extremo. La primera imagen del satélite fue obtenida por la sonda Pioneer 11 en 1974 a una distancia de 756.000 km, pero fueron las misiones posteriores las que revelaron la complejidad de su relieve.

Vista oblicua de los Boösaule Montes en la luna Ío de Júpiter, con relieves irregulares y escarpes tectónicos.
Montes Boösaule en Ío, observados por la sonda Voyager 1 en 1979. Créditos: NASA.

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