Durante más de ocho décadas, toda la información disponible sobre Plutón procedió de observaciones realizadas desde la Tierra, complementadas posteriormente por el telescopio espacial Hubble. Esta situación cambió en 2015 con el sobrevuelo de la sonda New Horizons, que proporcionó las primeras observaciones directas del sistema de Plutón y permitió estudiar con detalle su superficie, atmósfera y satélites.

La gran distancia que separa a Plutón del Sol, entre aproximadamente 30 y 50 unidades astronómicas a lo largo de su órbita, ha condicionado todas las etapas de su exploración. Su pequeño tamaño aparente dificulta la obtención de imágenes detalladas desde la Tierra, mientras que el envío de una sonda requiere tiempos de viaje cercanos a una década incluso utilizando trayectorias asistidas por la gravedad de Júpiter.

El conocimiento actual sobre Plutón es el resultado de la combinación de observaciones telescópicas, medidas espectroscópicas, ocultaciones estelares y datos obtenidos durante el sobrevuelo de New Horizons. Desde entonces, el análisis continuado de la información enviada por la sonda, junto con nuevas observaciones realizadas mediante telescopios terrestres y espaciales, continúa ampliando el conocimiento sobre este sistema planetario.

Observaciones desde la Tierra

El descubrimiento de Plutón por Clyde Tombaugh el 18 de febrero de 1930 marcó el inicio de la exploración del Sistema Solar transneptuniano. Durante las décadas siguientes, el planeta enano permaneció como uno de los objetos menos conocidos del Sistema Solar debido a la imposibilidad de resolver detalles de su superficie mediante observaciones directas. Incluso los telescopios más potentes únicamente mostraban un pequeño punto luminoso cuyo diámetro aparente apenas alcanzaba unas décimas de segundo de arco.

Las primeras investigaciones se centraron en determinar sus parámetros orbitales y sus propiedades fotométricas. El estudio de las variaciones periódicas de brillo permitió calcular su período de rotación, de 6,39 días terrestres, y comprobar que la superficie presentaba importantes diferencias de reflectividad. Estas variaciones también revelaron que el eje de rotación posee una elevada inclinación respecto al plano orbital, responsable de estaciones que se prolongan durante varias décadas.

Durante este periodo existía una considerable incertidumbre sobre el tamaño real de Plutón. Al desconocerse con precisión el albedo de su superficie, distintas combinaciones de diámetro y reflectividad podían producir un brillo aparente similar. Las estimaciones fueron reduciéndose progresivamente conforme mejoraron las técnicas de observación y se comprendió que la superficie reflejaba una fracción importante de la luz solar.

Un avance significativo llegó en 1976, cuando la espectroscopía infrarroja permitió detectar hielo de metano sobre la superficie de Plutón. Fue la primera identificación directa de un compuesto superficial y demostró que el planeta enano conservaba hielos volátiles a pesar de encontrarse en una región extremadamente fría del Sistema Solar. Durante los años siguientes también se identificaron nitrógeno molecular y monóxido de carbono, estableciendo la composición básica de los hielos superficiales conocida antes de la llegada de New Horizons.

Dos años después, en 1978, James Christy descubrió Caronte al analizar fotografías obtenidas en el Observatorio Naval de los Estados Unidos. La existencia de este gran satélite permitió calcular con mucha mayor precisión la masa del sistema Plutón-Caronte mediante el estudio de su movimiento orbital. Las observaciones posteriores mostraron que ambos cuerpos permanecen acoplados por marea, presentando siempre la misma cara uno hacia el otro, y que el baricentro del sistema se sitúa fuera de Plutón, una característica poco común entre los sistemas planetarios.

Entre 1985 y 1990 se produjo una serie de ocultaciones mutuas entre Plutón y Caronte como consecuencia de la orientación de sus planos orbitales respecto a la Tierra. Estos eclipses naturales permitieron determinar con mayor precisión los radios de ambos cuerpos y elaborar los primeros mapas aproximados de distribución de brillo sobre la superficie de Plutón. También hicieron posible confirmar que el metano detectado espectroscópicamente se encontraba sobre la superficie del planeta enano y no sobre Caronte.

El siguiente avance llegó en 1988 mediante una ocultación estelar. Cuando Plutón pasó por delante de una estrella distante, el descenso gradual del brillo observado demostró la existencia de una atmósfera tenue, dominada por nitrógeno y con una presión superficial del orden de unos pocos microbares. Las campañas de ocultaciones realizadas durante las décadas posteriores permitieron seguir la evolución de esa atmósfera y comprobar que su presión variaba con las estaciones, proporcionando información que más tarde sería contrastada por las medidas directas de New Horizons.

La incorporación del telescopio espacial Hubble supuso un nuevo incremento en la capacidad de observación. Aunque su resolución seguía siendo insuficiente para distinguir estructuras geológicas individuales, permitió obtener los primeros mapas globales de albedo y color mediante técnicas de reconstrucción de imagen. Estos mapas revelaron cambios estacionales en la distribución de los hielos superficiales y constituyeron una referencia esencial para planificar las observaciones que realizaría New Horizons durante su breve sobrevuelo.

Las observaciones del Hubble también permitieron ampliar el conocimiento del sistema de satélites. En 2005 se descubrieron Nix e Hidra y, posteriormente, Cerbero en 2011 y Estigia en 2012. Estos hallazgos modificaron la planificación de la misión New Horizons, ya que fue necesario evaluar el riesgo potencial que podían representar partículas o pequeños satélites no detectados para una nave que atravesaría el sistema a una velocidad superior a 14 km/s.

El camino hacia una misión a Plutón

Durante gran parte del siglo XX, la exploración de Plutón quedó limitada a las observaciones realizadas desde la Tierra. Aunque el interés científico por este objeto aumentó progresivamente tras el descubrimiento de Caronte y la detección de hielos superficiales y de una atmósfera tenue, su gran distancia al Sol planteaba importantes dificultades técnicas. Una misión requería un lanzador de gran capacidad, sistemas capaces de operar durante más de una década en el espacio profundo y una fuente de energía independiente de la radiación solar, ya que la intensidad de la luz recibida en las proximidades de Plutón es apenas una fracción de la existente en la órbita terrestre.

A diferencia de los planetas gigantes, Plutón tampoco podía aprovechar las oportunidades de exploración generadas durante el programa Voyager. Cuando se planificaron las trayectorias de las sondas Voyager 1 y Voyager 2 en la década de 1970, la prioridad científica era el estudio de Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno. La trayectoria elegida para Voyager 1 tras el sobrevuelo de Saturno permitió el encuentro con Titán, pero hizo imposible continuar hacia Urano, Neptuno o Plutón. Voyager 2 siguió una trayectoria distinta que permitió completar el denominado «Grand Tour» por los cuatro planetas gigantes, aunque la alineación planetaria no ofrecía una ruta compatible con un encuentro posterior con Plutón. Como consecuencia, el planeta enano permaneció sin explorar mientras el resto del Sistema Solar exterior era visitado por sondas espaciales.

El creciente interés científico motivó la aparición de los primeros estudios de misión a finales de la década de 1980. Uno de los primeros conceptos fue Pluto-350, denominado así por la masa aproximada de la nave propuesta, de unos 350 kg. El proyecto planteaba una misión relativamente sencilla equipada con un conjunto reducido de instrumentos científicos, cuyo objetivo principal consistía en obtener las primeras imágenes de Plutón y Caronte, estudiar su composición superficial y caracterizar la atmósfera mediante un sobrevuelo. Aunque el estudio demostró que una misión de este tipo era técnicamente viable, no llegó a desarrollarse debido a limitaciones presupuestarias y a la necesidad de priorizar otros programas de exploración planetaria.

Durante la primera mitad de la década de 1990 la NASA estudió una propuesta más ambiciosa denominada Pluto Fast Flyby. El proyecto pretendía reducir el coste de la misión mediante el empleo de dos sondas de pequeño tamaño que realizarían sobrevuelos consecutivos del sistema de Plutón. La utilización de dos vehículos permitiría aumentar la redundancia de las observaciones y ampliar la cobertura científica del encuentro. Sin embargo, las estimaciones de coste aumentaron progresivamente y el concepto fue abandonado antes de alcanzar la fase de desarrollo.

La experiencia adquirida durante estos estudios dio lugar a una nueva propuesta denominada Pluto Kuiper Express. A diferencia de los conceptos anteriores, esta misión pretendía combinar la exploración de Plutón con el estudio de otros objetos del cinturón de Kuiper una vez completado el sobrevuelo del planeta enano. El proyecto avanzó durante varios años y llegó a alcanzar un elevado grado de definición técnica, pero fue cancelado en el año 2000 como consecuencia del incremento de los costes previstos y de la reorganización de las prioridades del programa científico de la NASA.

Mientras se sucedían estas propuestas, el contexto científico cambió de forma significativa. En 1992 se descubrió el primer objeto del cinturón de Kuiper distinto de Plutón, confirmando la existencia de una extensa población de cuerpos helados más allá de la órbita de Neptuno. Durante los años siguientes se identificaron centenares de nuevos objetos transneptunianos, demostrando que Plutón no constituía un caso aislado, sino el miembro de mayor tamaño conocido de una población mucho más amplia. Este descubrimiento reforzó el interés por enviar una misión que permitiera estudiar directamente uno de estos cuerpos y comprender mejor el origen y la evolución del Sistema Solar exterior.

El respaldo definitivo llegó con la publicación del estudio decenal sobre ciencia planetaria elaborado por la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, que situó la exploración de Plutón entre las principales prioridades científicas. Sobre esta base, la NASA convocó en 2001 un concurso dentro del programa New Frontiers para seleccionar una misión de sobrevuelo destinada al sistema de Plutón.

La propuesta elegida fue New Horizons, desarrollada por el Southwest Research Institute y el Johns Hopkins University Applied Physics Laboratory. Sus objetivos científicos prioritarios consistían en cartografiar la superficie de Plutón y Caronte, determinar la composición de sus hielos superficiales, estudiar la estructura y composición de la atmósfera de Plutón y analizar la interacción de esta con el viento solar. Entre los objetivos adicionales figuraban la obtención de modelos topográficos, la búsqueda de especies químicas minoritarias en la atmósfera, la caracterización de los satélites y la búsqueda de posibles anillos o nuevos cuerpos en el sistema.

La selección de New Horizons puso fin a más de dos décadas de estudios y propuestas que no llegaron a materializarse. También marcó el inicio de la primera misión espacial destinada a explorar un objeto del cinturón de Kuiper, abriendo una nueva etapa en el estudio del Sistema Solar exterior.

El sobrevuelo de New Horizons

New Horizons.

La misión New Horizons fue lanzada el 19 de enero de 2006 mediante un cohete Atlas V 551 con una etapa superior Star 48B, iniciando la trayectoria más rápida utilizada hasta ese momento para una misión de exploración planetaria. Tras abandonar la Tierra, la sonda realizó un sobrevuelo de Júpiter el 28 de febrero de 2007, aprovechando la asistencia gravitatoria del planeta para incrementar su velocidad y reducir el tiempo de viaje hasta Plutón. Durante este encuentro también se llevaron a cabo observaciones científicas del sistema joviano y una validación operativa de los instrumentos que posteriormente estudiarían Plutón.

Después de más de nueve años de crucero por el Sistema Solar exterior, New Horizons alcanzó el sistema de Plutón el 14 de julio de 2015. Debido a la elevada velocidad relativa de la nave, de aproximadamente 13,8 km/s, no era posible realizar una inserción orbital con la tecnología disponible dentro de las limitaciones de masa y energía de la misión. Como consecuencia, toda la campaña científica se diseñó alrededor de un único sobrevuelo, concentrando las observaciones de máxima resolución durante las horas próximas al máximo acercamiento.

La carga científica de la misión incluía siete instrumentos destinados a obtener imágenes de alta resolución, mapas de composición superficial mediante espectroscopía visible e infrarroja, perfiles atmosféricos por ocultación ultravioleta y radio, medidas de la interacción entre la atmósfera y el viento solar y la búsqueda de partículas de polvo en el entorno del sistema. Esta combinación permitió estudiar simultáneamente la superficie, la atmósfera, los satélites y el entorno espacial de Plutón.

El sobrevuelo proporcionó las primeras observaciones directas de Plutón y de sus cinco satélites conocidos. Las imágenes revelaron una superficie con una gran diversidad geológica y composicional, mientras que las medidas atmosféricas confirmaron la existencia de una atmósfera estratificada y de un complejo sistema de neblinas. La misión también permitió caracterizar con detalle Caronte y obtener las primeras imágenes de alta resolución de Nix, Hidra, Cerbero y Estigia. Los resultados científicos derivados de estas observaciones se desarrollan en las páginas dedicadas a la misión New Horizons, la superficie, la atmósfera y los satélites de Plutón.

Aunque el encuentro con el sistema de Plutón concluyó en pocas horas, la transmisión de toda la información almacenada a bordo requirió aproximadamente quince meses debido a la gran distancia entre la nave y la Tierra y a la limitada velocidad de transmisión disponible en el espacio profundo. La recepción completa de los datos finalizó el 25 de octubre de 2016, iniciándose una nueva etapa centrada en el análisis científico de la información obtenida durante el sobrevuelo.

La exploración de Plutón después de New Horizons

La finalización de la transmisión de datos no supuso el final de la exploración de Plutón. Desde 2016, la mayor parte de la investigación se ha centrado en el análisis detallado de las observaciones obtenidas por New Horizons y en su comparación con nuevas medidas realizadas mediante telescopios terrestres y espaciales.

Los primeros resultados fueron publicados pocos meses después del encuentro en una serie de artículos aparecidos en Science, que describieron las principales características de la superficie, la atmósfera y los satélites del sistema. Posteriormente, numerosos estudios ampliaron estos resultados mediante el análisis de imágenes de alta resolución, modelos geológicos, simulaciones climáticas y estudios de composición superficial. La síntesis más completa de este conocimiento quedó recogida en la revisión publicada en Annual Review of Astronomy and Astrophysics en 2018, que integró los resultados obtenidos durante los primeros años de explotación científica de la misión.

Las observaciones realizadas desde la Tierra continúan desempeñando un papel fundamental. Las ocultaciones estelares permiten seguir la evolución de la atmósfera de Plutón mediante el análisis de la forma en que esta modifica la luz de estrellas de fondo cuando el planeta enano pasa por delante de ellas. Estas campañas proporcionan información sobre la presión atmosférica y su evolución estacional, permitiendo comparar las observaciones actuales con las medidas obtenidas por New Horizons.

El telescopio espacial Hubble continúa observando el sistema de Plutón para monitorizar cambios globales en el brillo y el color de su superficie, mientras que el telescopio espacial James Webb ha ampliado el estudio espectroscópico de Plutón y Caronte hacia longitudes de onda inaccesibles durante el sobrevuelo de 2015. Estas observaciones han permitido identificar nuevos compuestos superficiales, mejorar la caracterización de los hielos y complementar los datos obtenidos por la sonda.

Por su parte, el interferómetro ALMA ha contribuido al estudio de la atmósfera mediante observaciones en longitudes de onda milimétricas y submilimétricas, aportando medidas independientes sobre su composición y estructura térmica. La combinación de datos obtenidos desde la Tierra y por New Horizons permite construir modelos cada vez más precisos sobre el intercambio de volátiles entre la superficie y la atmósfera y sobre la evolución estacional de Plutón.

A pesar del avance experimentado desde 2015, siguen existiendo importantes limitaciones. Solo el hemisferio observado durante el máximo acercamiento fue cartografiado con resolución suficiente para estudiar en detalle su geología. El hemisferio opuesto únicamente pudo fotografiarse con resoluciones mucho menores, por lo que numerosas regiones permanecen insuficientemente caracterizadas. Del mismo modo, la estructura interna de Plutón continúa deduciéndose mediante modelos compatibles con las observaciones disponibles, sin que exista una medida directa de la composición y el espesor de sus capas internas.

La exploración de Plutón continúa, por tanto, mediante la reinterpretación de los datos obtenidos por New Horizons y el desarrollo de nuevas observaciones telescópicas. Hasta la fecha, ninguna misión espacial adicional con destino a Plutón ha sido aprobada, por lo que el conocimiento del sistema seguirá dependiendo de la información ya adquirida y de las capacidades crecientes de los observatorios terrestres y espaciales.

Explora el planeta enano Plutón


Conoce las características de Plutón, su composición, estructura interna, órbita y estaciones.

Explora la superficie de Plutón, formada por hielos, montañas, glaciares y grandes llanuras heladas.

La atmósfera de Plutón está formada por nitrógeno y metano, con neblinas, ciclos estacionales y escape atmosférico.

El sistema de satélites de Plutón está encabezado por Caronte junto a Nix, Hidra, Cerbero y Estigia.

La sonda New Horizons exploró Plutón y reveló la diversidad geológica de este planeta enano.

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