El James Webb observa con detalle la nebulosa de la Hélice y sus nudos de gas

El telescopio espacial James Webb ha obtenido una imagen infrarroja de muy alta resolución de la nebulosa de la Hélice, uno de los ejemplos más cercanos y mejor estudiados de nebulosa planetaria. Situada a unos 650 años luz de la Tierra, esta estructura representa una fase avanzada de la evolución de estrellas de baja masa y ofrece una referencia directa sobre el destino final del Sol dentro de varios miles de millones de años.

La nebulosa de la Hélice y su contexto astronómico

La nebulosa de la Hélice, catalogada como NGC 7293, presenta una compleja morfología anular formada por capas de gas y polvo expulsadas por una estrella en las últimas etapas de su vida. Su relativa cercanía ha permitido que sea observada de forma continuada desde principios del siglo XIX mediante telescopios terrestres y, posteriormente, con observatorios espaciales. Esta proximidad la convierte en un inmejorable ejemplo para estudiar con detalle los procesos físicos que dominan el final de la evolución estelar.

Las nuevas observaciones obtenidas por el telescopio espacial James Webb Space Telescope suponen un avance significativo respecto a imágenes previas, al revelar con claridad la estructura interna del gas expulsado y la interacción entre regiones con distintas temperaturas y densidades. Frente a observaciones anteriores, el Webb permite resolver detalles a escalas mucho más finas y penetrar en zonas dominadas por polvo frío.

El James Webb y la observación infrarroja de nebulosas planetarias

La imagen ha sido obtenida con la cámara de infrarrojo cercano NIRCam, diseñada para estudiar regiones frías u ocultas por polvo que resultan inaccesibles en longitudes de onda visibles. Gracias a esta capacidad, el Webb muestra miles de estructuras alargadas de gas y polvo, dispuestas radialmente y con un aspecto similar al de cometas, que rodean gran parte de la envoltura de la nebulosa.

Estas columnas se formaron cuando vientos estelares extremadamente calientes y rápidos, emitidos durante la fase final de la estrella progenitora, impactaron contra material más frío expulsado en etapas anteriores. El choque entre ambos flujos generó inestabilidades y condensaciones que dieron lugar a este entramado filamentoso, visible ahora con un nivel de detalle sin precedentes.

En comparación con las imágenes más suaves obtenidas por el telescopio espacial Hubble Space Telescope, las observaciones del Webb revelan una fragmentación mucho mayor del gas y el polvo. También permiten identificar con precisión un gradiente térmico, desde regiones internas dominadas por gas ionizado caliente hasta zonas externas considerablemente más frías.

La enana blanca central y la estructura térmica del gas

En el centro de la nebulosa se encuentra una enana blanca, el remanente compacto de la estrella original tras haber perdido sus capas exteriores. Este núcleo estelar, aproximadamente del tamaño de la Tierra, ya no produce energía mediante fusión nuclear, pero emite una intensa radiación debido a su elevado calor residual. Esa radiación energiza el gas circundante y es responsable del brillo característico de la nebulosa.

Las regiones más próximas al centro están dominadas por gas ionizado caliente, mientras que a mayor distancia aparecen zonas ricas en hidrógeno molecular, protegidas parcialmente por polvo. En estos entornos más fríos comienzan a formarse moléculas más complejas, favorecidas por la atenuación de la radiación ultravioleta. Estas diferencias térmicas y químicas quedan claramente delimitadas en las observaciones infrarrojas del Webb.

Las nebulosas planetarias representan una fase transitoria pero esencial en el ciclo de la materia en la galaxia. Durante su vida, las estrellas sintetizan elementos más pesados que el hidrógeno y el helio mediante procesos de fusión nuclear. Al final de su evolución, estos elementos son devueltos al medio interestelar junto con el gas y el polvo expulsados, enriqueciendo el entorno donde se formarán nuevas estrellas y sistemas planetarios.

Imagen infrarroja de la nebulosa de la Hélice obtenida por el telescopio espacial James Webb, donde se observan nudos de gas, capas de material expulsado y la transición entre gas caliente y frío alrededor de la enana blanca central.
Imagen infrarroja de la nebulosa de la Hélice captada por el James Webb Space Telescope, que revela con gran detalle la estructura del gas y del polvo expulsados por la estrella progenitora durante su fase final de evolución. Créditos: NASA/ESA/CSA/STScI/A. Pagan (STScI).

El destino del Sol y el ciclo de la materia estelar

Dentro de unos 5.000 millones de años, se espera que el Sol experimente una evolución similar. Tras agotar el hidrógeno de su núcleo, abandonará la secuencia principal y se expandirá hasta convertirse en una gigante roja, aumentando su radio hasta unas 200 veces el actual. En ese proceso, Mercurio y Venus probablemente serán engullidos, mientras que el destino final de la Tierra sigue siendo objeto de estudio.

En cualquier escenario, las condiciones en la superficie terrestre se volverán incompatibles con la presencia de océanos y con la vida tal como se conoce hoy. Durante su fase final, el Sol expulsará sus capas exteriores al espacio, formando una nebulosa planetaria en expansión. El núcleo remanente quedará como una enana blanca central, que se enfriará lentamente a lo largo de miles de millones de años.

El gas y el polvo liberados en este proceso se dispersarán en el medio interestelar y pasarán a formar parte del material disponible para futuras generaciones de estrellas y planetas. En este sentido, la nebulosa de la Hélice no solo representa el final de una estrella, sino también un eslabón fundamental en los ciclos de transformación de la materia en la galaxia.

Situada en la constelación de Acuario, la nebulosa de la Hélice continúa siendo un objetivo de referencia tanto para la investigación profesional como para la observación amateur. Las imágenes obtenidas por el telescopio espacial James Webb aportan una visión sin precedentes de su estructura interna y de los procesos físicos que gobiernan las fases finales de la evolución estelar, proporcionando un marco observacional clave para comprender el pasado y el futuro del entorno galáctico del Sol.

La misión Pandora de la NASA ya está en órbita para mejorar el estudio de exoplanetas

Pandora ha alcanzado la órbita terrestre tras su lanzamiento en un Falcon 9 y está diseñada para observar de forma simultánea estrellas y planetas, reduciendo la incertidumbre en la caracterización de atmósferas exoplanetarias.

La misión Pandora de la NASA ha iniciado sus operaciones tras un lanzamiento exitoso a bordo de un cohete Falcon 9 de SpaceX desde la Base de la Fuerza Espacial de Vandenberg, en California. El satélite entra ahora en la fase inicial de su misión científica, orientada a resolver una limitación fundamental en el estudio de exoplanetas: distinguir con precisión las señales procedentes de las atmósferas planetarias de las variaciones introducidas por sus estrellas anfitrionas.

La misión Pandora y sus objetivos científicos

Pandora es un pequeño telescopio espacial concebido para realizar observaciones prolongadas en el visible y el infrarrojo cercano de sistemas planetarios ya conocidos. Su objetivo principal es caracterizar las atmósferas de al menos 20 exoplanetas mediante el análisis detallado de tránsitos, cuando un planeta pasa por delante de su estrella y provoca una leve disminución del brillo estelar. Durante estos eventos, una fracción de la luz atraviesa la atmósfera del planeta y deja señales espectrales asociadas a moléculas como vapor de agua o hidrógeno.

La relevancia científica de Pandora reside en el papel determinante de la estrella en este tipo de mediciones. Las superficies estelares no son uniformes y presentan manchas y regiones brillantes que modifican el espectro observado a lo largo del tiempo. Estas variaciones pueden imitar o enmascarar las señales atmosféricas del planeta, dificultando su interpretación. Pandora ha sido diseñada para observar de manera conjunta la estrella y el planeta, lo que permite cuantificar la contribución estelar y corregir su efecto en los espectros de transmisión, reduciendo una fuente de incertidumbre en la caracterización atmosférica de exoplanetas.

Diseño de la misión y estrategia de observación

El satélite forma parte del programa Astrophysics Pioneers de la NASA, orientado a misiones científicas de menor coste y desarrollo rápido. Pandora es la primera misión de este programa en alcanzar el lanzamiento y adopta un enfoque distinto al de observatorios más complejos, al centrarse en un número limitado de objetivos con observaciones repetidas y de larga duración, difíciles de programar en misiones con alta demanda de tiempo de observación. Durante su misión principal, con una duración prevista de un año tras la fase inicial de verificación, Pandora observará cada sistema hasta diez veces, con sesiones continuas de unas 24 horas.

Instrumentación y características técnicas de Pandora

Desde el punto de vista técnico, Pandora incorpora un telescopio Cassegrain de aluminio con una apertura de 0,45 m. La instrumentación divide la luz recogida en dos canales, uno visible y otro infrarrojo, que permiten registrar de forma simultánea variaciones fotométricas y espectros con alta estabilidad. El detector infrarrojo es un repuesto desarrollado originalmente para el James Webb, lo que proporciona la estabilidad y sensibilidad necesarias para el estudio preciso de atmósferas exoplanetarias. El satélite utiliza una plataforma SmallSat con suministro eléctrico mediante un panel solar desplegable y sistemas de control térmico adaptados a observaciones continuas.

Tras alcanzar su órbita baja terrestre, Pandora pasará aproximadamente un mes en una fase de puesta en servicio, durante la cual se verificarán los sistemas de la nave y el rendimiento del telescopio. Superada esta etapa, comenzarán las observaciones científicas regulares. El centro de operaciones de la misión se encuentra en la Universidad de Arizona, desde donde se gestionarán las operaciones del satélite y la recepción de telemetría. Todos los datos científicos obtenidos serán de acceso público, en línea con la política de ciencia abierta de la NASA.

Pandora no tiene como objetivo evaluar la habitabilidad de los exoplanetas ni detectar vida. Su función es proporcionar el contexto observacional necesario para interpretar con mayor precisión los datos obtenidos por grandes observatorios espaciales. Sus resultados servirán para identificar exoplanetas con atmósferas dominadas por hidrógeno o agua y para seleccionar objetivos especialmente adecuados para estudios más profundos con el James Webb y con futuras misiones dedicadas a la búsqueda remota de biofirmas. Al mismo tiempo, la misión permitirá establecer relaciones entre tipos estelares, tamaños planetarios y niveles de contaminación estelar en los espectros observados.

El lanzamiento de Pandora introduce un cambio metodológico en la astrofísica exoplanetaria al poner en servicio un satélite concebido específicamente para resolver una limitación observacional concreta. En un contexto en el que el número de exoplanetas conocidos supera ya varios miles, misiones como Pandora aportan la base necesaria para transformar los catálogos de detección en conocimiento físico preciso sobre la diversidad de las atmósferas planetarias más allá del Sistema Solar.

Referencias y más información:

  • Pandora, web oficial de la misión en NASA Science
  • Pandora, SmallSat Missions del Goddard Space Flight Center

SPHEREx finaliza su primer cartografiado infrarrojo de todo el cielo

El telescopio espacial de la NASA ha observado la bóveda celeste en 102 longitudes de onda infrarrojas durante sus primeros seis meses de operaciones científicas.

El telescopio espacial SPHEREx de la NASA ha completado su primer mapa infrarrojo de todo el cielo, una cartografía global obtenida en 102 longitudes de onda distintas. Este conjunto de datos ofrece una visión del universo en regiones del espectro electromagnético invisibles al ojo humano y permite estudiar la estructura a gran escala del cosmos, la evolución de las galaxias y la distribución de compuestos clave en la Vía Láctea.

SPHEREx fue lanzado el 11 de marzo de 2025 y comenzó sus observaciones científicas en mayo. En solo seis meses ha logrado cubrir los 360 grados del cielo mediante un escaneo sistemático desde una órbita baja terrestre. La misión está diseñada para repetir este cartografiado completo cuatro veces durante su misión primaria de dos años, de modo que la combinación de los mapas sucesivos incremente la sensibilidad y reduzca el ruido de las mediciones.

El observatorio toma su nombre de Spectro-Photometer for the History of the Universe, Epoch of Reionization and Ices Explorer y fue concebido como una misión de sondeo espectral global. Durante su misión primaria recogerá datos de más de 450 millones de galaxias y más de 100 millones de estrellas de la Vía Láctea, con el objetivo de investigar el origen del universo y la evolución de sus grandes estructuras desde los primeros instantes tras el Big Bang hasta la actualidad.

Las 102 bandas espectrales utilizadas por SPHEREx corresponden principalmente al infrarrojo cercano, una región del espectro donde se concentran muchas de las emisiones astrofísicas relevantes. Cada longitud de onda resalta componentes distintos del universo, como poblaciones estelares, gas ionizado caliente o nubes de polvo interestelar, que pueden ser opacas o invisibles en otras bandas. Esta cobertura espectral uniforme permite comparar regiones muy distintas del cielo bajo un mismo marco observacional, algo que no había sido posible con anteriores misiones de cartografiado completo.

Uno de los principales objetivos científicos de SPHEREx es estudiar las huellas de la inflación cósmica, un proceso extremadamente breve ocurrido en los primeros instantes tras el Big Bang. Aunque tuvo lugar en una fracción diminuta de segundo, dejó una señal medible en la forma en que las galaxias se agrupan y distribuyen a gran escala. Para ello, SPHEREx medirá la distancia a cientos de millones de galaxias, generando un mapa tridimensional del universo que permitirá analizar variaciones sutiles en la distribución de la materia.

Simulación panorámica del primer mapa completo del cielo observado por SPHEREx, mostrando la transición entre emisiones de gas caliente, polvo cósmico y poblaciones estelares. Créditos: NASA/JPL-Caltech.

Además de su vertiente cosmológica, la misión cartografiará la distribución de hielo, agua y compuestos orgánicos en la Vía Láctea. Estos datos aportarán información sobre los entornos donde se forman estrellas y sistemas planetarios y sobre la disponibilidad de los ingredientes químicos asociados a procesos de formación planetaria.

La estrategia de observación de SPHEREx se basa en una órbita polar que le permite rodear la Tierra unas 14,5 veces al día. Cada jornada obtiene alrededor de 3.600 imágenes correspondientes a una franja circular del cielo. A medida que la Tierra avanza en su órbita alrededor del Sol, el campo de visión del telescopio se desplaza gradualmente, permitiendo cubrir nuevas regiones del firmamento hasta completar el mapa global tras varios meses de observaciones continuas.

El telescopio emplea seis detectores, cada uno equipado con un filtro espectral que incorpora un gradiente continuo de 17 bandas. De este modo, cada imagen contiene información en 102 longitudes de onda distintas. Desde el punto de vista científico, cada mapa global generado por SPHEREx equivale a 102 mapas superpuestos, cada uno sensible a diferentes procesos físicos y químicos.

Este enfoque se basa en la espectroscopía, una técnica que permite extraer información sobre composición, temperatura y distancia de los objetos celestes a partir de su emisión luminosa. SPHEREx combina una cobertura espectral amplia con un campo de visión global, situándose como una misión complementaria a telescopios espaciales de alta resolución y campo reducido, como el James Webb, optimizada para estudios estadísticos y de gran escala.

Antes de completar su primer mapa global, SPHEREx ya había comenzado a producir resultados científicos. En agosto de 2025, el observatorio participó en la observación del cometa interestelar 3I/ATLAS, contribuyendo al estudio de sus propiedades físicas y composición química en coordinación con otros telescopios espaciales. Estas observaciones tempranas demostraron la versatilidad del instrumento más allá de sus objetivos cosmológicos principales.

El primer mapa infrarrojo completo del cielo obtenido por SPHEREx marca el inicio de una fase de explotación científica que se prolongará durante años. La combinación de estos datos con los de otros observatorios espaciales y terrestres permitirá abordar cuestiones fundamentales de la cosmología, la evolución galáctica y la astrofísica del medio interestelar desde una perspectiva global y homogénea. Todos los datos de la misión estarán disponibles de forma pública, consolidando a SPHEREx como un archivo de referencia para la investigación astrofísica contemporánea.

Referencias y más información:

ALMA reconstruye la estructura interna de un jet protoestelar con un detalle sin precedentes

La interacción entre el jet protoestelar de SVS 13 y su entorno confirma modelos teóricos clásicos y revela cómo los estallidos de acreción dejan su huella en el gas eyectado

Las estrellas similares al Sol no se forman en entornos tranquilos. Durante sus primeras etapas, mientras acumulan masa desde un disco de acreción, expulsan parte de ese material en forma de chorros colimados de gas que atraviesan el medio interestelar a velocidades supersónicas. Estos jets protoestelares, observables con instrumentos como ALMA, no son un subproducto del proceso, sino un mecanismo que regula el crecimiento estelar, redistribuye el momento angular y altera las condiciones físicas del entorno donde se formarán sistemas planetarios.

La acreción no es continua. Las estrellas jóvenes atraviesan episodios breves de actividad intensa, conocidos como estallidos, durante los cuales aumenta de forma abrupta la tasa de entrada de material desde el disco. Estos eventos modifican la velocidad y la estructura del material eyectado, dejando huellas persistentes en el gas expulsado que pueden conservarse durante décadas.

Observaciones de ALMA revelan la dinámica interna de un jet protoestelar

Un estudio liderado por el Instituto de Astrofísica de Andalucía ha reconstruido con un detalle sin precedentes la interacción entre uno de estos jets y su entorno inmediato. El trabajo, basado en observaciones del radiotelescopio interferométrico ALMA y publicado en Nature Astronomy, proporciona la primera confirmación observacional directa de un modelo teórico propuesto hace más de treinta años para describir la dinámica interna de los jets estelares.

El avance se apoya en una técnica que permite obtener imágenes de la sección transversal del jet organizadas en una secuencia de anillos. Cada corte corresponde a material que se desplaza a una velocidad distinta, lo que permite reconstruir cómo el chorro evoluciona, se fragmenta y transfiere energía al medio interestelar a medida que se propaga. El resultado es una tomografía del jet que revela su estructura interna con un nivel de detalle hasta ahora inalcanzable.

SVS 13 como laboratorio para estudiar jets protoestelares

El sistema estudiado es SVS 13, un sistema binario de estrellas en formación situado en la región NGC 1333, a unos 1.000 años luz de la Tierra. SVS 13 es conocido por su elevada actividad y por estar asociado a los objetos Herbig-Haro HH7-11, visibles en longitudes de onda ópticas y generados cuando el jet impacta contra el gas circundante. Su cercanía relativa y su historial de estallidos lo convierten en un laboratorio adecuado para analizar la conexión entre disco, acreción y eyección de material.

Las observaciones de ALMA alcanzan una sensibilidad suficiente para detectar estructuras internas débiles y finas dentro del jet. El análisis combinado de los datos y de simulaciones hidrodinámicas muestra que las variaciones en la velocidad de eyección generan ondas de choque internas. Estas ondas se expanden lateralmente, comprimen el gas circundante y excavan cavidades que pueden observarse en otras longitudes de onda.

Simulación hidrodinámica de jet protoestelar
Simulación numérica de un jet con velocidad de eyección variable con el tiempo. Créditos: James M. Stone

Uno de los resultados más relevantes del estudio es la identificación directa de la huella de un antiguo estallido de acreción observado en el brillo de la estrella hace décadas. Ese episodio, registrado como un aumento repentino de luminosidad, queda reflejado de forma clara en la estructura del jet molecular. Por primera vez, es posible vincular un evento observado en la estrella con una señal física concreta en el material eyectado.

Este resultado demuestra que, aunque la formación estelar y planetaria se desarrolla a lo largo de millones de años, pueden detectarse cambios significativos en escalas de tiempo humanas. El jet actúa como un registro dinámico de los episodios más energéticos de la vida temprana de la estrella, permitiendo reconstruir su historia reciente a partir de la morfología y la cinemática del gas expulsado.

Observación ALMA del jet protoestelar de SVS 13
Visión tomográfica obtenida por ALMA del jet protoestelar de SVS 13, superpuesta a una imagen del Hubble que muestra la cavidad excavada por el chorro y los objetos Herbig-Haro 7-11. El color indica velocidades entre 35 km/s y 97 km/s. Créditos: Guillermo Blázquez-Calero, Mayra Osorio, Guillem Anglada (IAA-CSIC). Imagen de fondo: ESA/Hubble & NASA, Karl Stapelfeldt

El proyecto ha sido concebido y desarrollado por el grupo de Formación y Evolución Estelar y Planetaria del IAA-CSIC, que ha liderado las observaciones con ALMA, el análisis de los datos y su interpretación física. En el estudio han participado investigadores de 16 instituciones de ocho países y ha dado lugar a dos tesis doctorales, integrándose en una línea de investigación sobre NGC 1333 activa desde hace casi tres décadas.

Durante la fase final del trabajo fallecieron dos figuras clave en el estudio de jets astrofísicos. Alejandro Raga, especialista en simulaciones numéricas de estos fenómenos, y Robert Estalella, pionero en la introducción de la radioastronomía en las universidades españolas, realizaron aportaciones esenciales al modelado y a la interpretación de los resultados.

Más allá del caso concreto de SVS 13, el estudio refuerza la idea de que los jets son un fenómeno universal. Aunque los jets de estrellas jóvenes y los asociados a agujeros negros supermasivos operan en regímenes energéticos muy distintos, comparten principios físicos comunes. Analizar estos procesos en sistemas cercanos permite construir un marco general aplicable a otros entornos extremos del Universo.

El trabajo abre nuevas vías para comprender cómo se generan y evolucionan los jets en las primeras fases de la vida estelar y cómo estos procesos influyen en la arquitectura final de los sistemas planetarios que se forman alrededor de estrellas como el Sol durante los procesos de formación estelar.

El siguiente vídeo, publicado por el IAA-CSIC, resume las observaciones de ALMA y los principales resultados del estudio.

Referencias y más información:

La estrella Betelgeuse no está sola

Betelgeuse, la supergigante roja visible en el hombro de la constelación de Orión, ha sido observada durante siglos como una de las estrellas más brillantes y cambiantes del cielo. Sin embargo, tras décadas de sospechas, un nuevo estudio confirma que no se encuentra sola. Un equipo internacional liderado por la astrofísica Anna O’Grady, del McWilliams Center for Cosmology de la Universidad Carnegie Mellon, ha identificado señales inequívocas de la existencia de una estrella compañera que orbita en torno a Betelgeuse. El hallazgo, publicado el 8 de octubre de 2025 en The Astrophysical Journal, transforma la comprensión de este sistema estelar y de la evolución de las supergigantes rojas.

Las primeras evidencias indirectas de un posible compañero surgieron a partir de pequeñas oscilaciones en el brillo y la velocidad radial de Betelgeuse, con un ciclo aproximado de seis años. Este patrón no podía explicarse únicamente por pulsaciones internas ni por variaciones debidas al polvo, y varios modelos propusieron que una segunda estrella podría estar perturbando el entorno de la supergigante. Pero observar cualquier objeto tan próximo a Betelgeuse resulta extremadamente complejo: su diámetro es unas 700 veces mayor que el del Sol y su brillo es miles de veces más intenso, lo que ofusca cualquier señal cercana.

El equipo de O’Grady aprovechó una oportunidad excepcional para observar el sistema en diciembre de 2024, cuando el supuesto compañero alcanzó su máxima separación aparente antes de quedar oculto durante otros dos años. Las observaciones se realizaron mediante tiempo discrecional de dirección en los telescopios espaciales Chandra y Hubble, un tipo de asignación reservada a investigaciones de especial relevancia. Chandra proporcionó las observaciones en rayos X más profundas obtenidas jamás de Betelgeuse, mientras que Hubble aportó datos complementarios en el ultravioleta.

Los resultados fueron claros: no se detectó ninguna emisión de rayos X procedente de la posición esperada del compañero, lo que permitió descartar que se tratara de un objeto compacto, como una estrella de neutrones o una enana blanca. Este tipo de cuerpos, si existieran en un sistema tan cercano, generarían un brillo intenso en rayos X debido a la acreción de materia procedente del viento estelar de Betelgeuse.

La ausencia de radiación de alta energía llevó a los investigadores a concluir que el compañero es una estrella normal de baja masa, probablemente un objeto estelar joven de tamaño similar al del Sol. Este tipo de estrellas, conocidas como “objetos estelares jóvenes” o YSO por sus siglas en inglés, se caracterizan por mostrar cierta actividad magnética y luminosidad moderada en rayos X, dentro de los márgenes observados. En este escenario, Betelgeuse sería la estrella más masiva de un sistema binario con una compañera que aún no ha alcanzado completamente la secuencia principal.

El estudio combina los datos de Chandra con simulaciones orbitales y modelos de evolución estelar. Se estima que la compañera, denominada provisionalmente α Ori B o “Betelbuddy”, tiene entre 0,6 y 2 masas solares y orbita a una distancia de unos 9 unidades astronómicas, equivalente a unas 1.850 veces el radio solar. La órbita es casi circular y su periodo es de unos seis años. Los análisis indican además que el viento y el polvo expulsados por Betelgeuse podrían interactuar con la estrella secundaria, generando variaciones periódicas de brillo al despejar o concentrar el polvo en determinadas fases orbitales.

Esta relación binaria explica en parte las misteriosas oscilaciones de luminosidad observadas desde hace décadas, incluida la gran disminución de brillo registrada entre 2019 y 2020. Aquel episodio, inicialmente interpretado como posible preludio de una supernova, se atribuye hoy a una nube de polvo expulsada desde la superficie de la supergigante. La existencia de un compañero en órbita refuerza la hipótesis de que las interacciones gravitatorias pueden influir en la formación de estas nubes y en la dinámica de su envoltura estelar.

Betelgeuse es una de las supergigantes rojas más cercanas a la Tierra, situada a unos 168 parsecs, equivalentes a 550 años luz. Su masa actual se estima en unas 16 o 17 masas solares y su edad ronda los 10 millones de años. Se encuentra en una fase avanzada de su evolución y acabará explotando como supernova en los próximos cien mil años, un proceso en el que la presencia de un compañero puede desempeñar un papel determinante. Las estrellas binarias con relaciones de masa tan extremas como esta, una supergigante y una compañera solar, son poco comunes, por lo que este sistema representa un caso de estudio excepcional.

Los autores del trabajo subrayan que el hallazgo no solo resuelve un viejo enigma, sino que también obliga a revisar los modelos de formación de sistemas binarios. En general, las estrellas dobles se forman con masas relativamente parecidas, pero Betelgeuse y su compañera presentan una diferencia de más de un orden de magnitud. Esto sugiere que el sistema pudo formarse en condiciones inusuales o que experimentó una evolución temprana marcada por transferencia de masa o procesos de captura.

La investigación también aportó nuevos límites sobre la emisión de Betelgeuse en sí misma. Al combinar los datos recientes con observaciones previas del observatorio Chandra, el equipo estableció que la supergigante es prácticamente oscura en rayos X, con una relación entre luminosidad en rayos X y luminosidad total inferior a una diezmilésima de la solar. Este resultado confirma que las supergigantes rojas carecen de una corona caliente como la del Sol y que la energía de sus capas externas se libera principalmente a través de convección y viento estelar.

Durante la revisión del estudio, otro grupo independiente anunció una posible detección directa del compañero mediante observaciones ópticas de alta resolución. Los resultados, presentados por Howell y colaboradores en 2025, describen una estrella con entre 1,4 y 2 masas solares, compatible con las conclusiones de O’Grady y su equipo. Si se confirma, Betelgeuse pasará definitivamente a la categoría de sistemas binarios observados, y su evolución futura podrá estudiarse con mayor precisión cuando el compañero vuelva a separarse angularmente dentro de unos años.

Referencias y más información

  • O’Grady, A. J. G. et al. (2025). Betelgeuse’s Buddy: X-Ray Constraints on the Nature of α Ori B. The Astrophysical Journal, 992:107. DOI: 10.3847/1538-4357/adff83.
  • Goldberg, J. A. et al. (2025). Hubble UV Spectroscopic Observations of Betelgeuse’s Companion. Preprint, arXiv:2505.18375.