Detectan amoníaco en la superficie de Europa a partir de datos históricos de Galileo

La detección se concentra en fracturas y terrenos jóvenes de la superficie de Europa, lo que apunta a un intercambio reciente entre el interior del satélite y su océano subsuperficial.

Un nuevo estudio, liderado por Al Emran, se basa en el reanálisis de datos de la misión Galileo y ha identificado compuestos portadores de amoníaco en regiones concretas de la superficie de Europa. Las señales espectroscópicas, registradas a finales de la década de 1990, no habían sido identificadas hasta ahora y sugieren que Europa ha experimentado actividad geológica en tiempos recientes.

El hallazgo se basa en la identificación de una banda de absorción en torno a 2,20 μm, característica de especies amoniacadas como el amoníaco hidratado y determinadas sales de amonio. Estas señales aparecen asociadas a fracturas, bandas y terrenos caóticos, considerados entre las unidades geológicas más jóvenes. Este patrón sugiere un transporte de materiales desde capas subsuperficiales. Entre los procesos implicados se incluyen el criovulcanismo y la movilización de salmueras.

Reanálisis de datos de Galileo y detección de amoníaco en Europa

El resultado procede del reestudio de observaciones obtenidas por el espectrómetro NIMS durante varios sobrevuelos de Europa a finales de los años noventa. Este instrumento registra datos en el infrarrojo cercano, lo que permite inferir la composición superficial del hielo y de los materiales no helados. En este análisis se ha aislado una absorción centrada en torno a 2,20 μm, atribuida a compuestos amoniacados.

Mapa compuesto de la superficie de Europa con detecciones de compuestos amoniacados superpuestas sobre fracturas del hielo observadas por la sonda Galileo.
Detección de compuestos portadores de amoníaco en la superficie de Europa a partir de datos de la sonda Galileo. En rojo se indican las regiones con detección positiva y en púrpura las zonas sin detección. Las fracturas visibles en la imagen corresponden a terrenos jóvenes de la corteza helada. Créditos: NASA/JPL-Caltech

La señal presenta profundidades de banda del orden del 1 %, lo que explica que pasara inadvertida en análisis anteriores. El estudio emplea técnicas avanzadas de limpieza de ruido y modelado espectral para descartar artefactos instrumentales y efectos de radiación. Tras este procesamiento, las detecciones aparecen agrupadas en píxeles contiguos, reforzando su carácter real.

El modelado espectral indica que los candidatos más plausibles para explicar la absorción a 2,20 μm son el amoníaco hidratado, NH₃·H₂O, y sales de amonio como el cloruro de amonio (NH₄Cl). Ambos compuestos son químicamente inestables en la superficie de Europa debido a la intensa radiación del entorno joviano, lo que implica una deposición relativamente reciente en términos geológicos.

El análisis descarta que la señal pueda explicarse únicamente por sulfatos hidratados u otros materiales ya conocidos en la superficie europea. Aunque algunos presentan absorciones en regiones próximas del espectro, su forma y posición no coinciden con la banda estrecha identificada en los datos de NIMS. La comparación con espectros de laboratorio y la mejora estadística de los ajustes al incluir fases amoniacadas respaldan esta interpretación.

Asociación con fracturas y terrenos geológicamente jóvenes

Las detecciones no se distribuyen al azar sobre la superficie de Europa, sino que se concentran en algunas de sus unidades geológicas más jóvenes. Los píxeles con absorción a 2,20 μm se localizan en regiones fracturadas, bandas lineales y áreas de terreno caótico, formaciones asociadas a procesos endógenos recientes en la corteza helada.

Los terrenos caóticos, caracterizados por bloques de hielo desorganizados, domos y depresiones, indican interacción entre la superficie y materiales más cálidos o líquidos procedentes del subsuelo. Su asociación con compuestos amoniacados sugiere que líquidos ricos en sales y amoníaco pudieron ascender desde capas profundas o reservorios poco profundos antes de que la radiación del entorno joviano los degradara.

Bandas lineales y sistemas de crestas entrecruzadas en la superficie helada de Europa.
Vista de un sector de Europa con bandas y crestas lineales registradas por Galileo en el sobrevuelo del 26 de septiembre de 1998. Créditos: NASA /JPL Caltech/SETI Institute

Las bandas y fracturas lineales se interpretan como estructuras tectónicas generadas por esfuerzos de extensión y cizalla en la corteza helada. En algunos casos, estas estructuras habrían actuado como conductos para el transporte de salmueras desde el interior. La coincidencia entre estas estructuras y las detecciones espectrales apunta a un patrón controlado por la geología interna del satélite.

La localización de compuestos amoniacados en estas regiones es especialmente relevante si se considera la corta vida química del amoníaco en el entorno radiativo de Júpiter. Los modelos indican que estas especies desaparecen de la superficie en escalas muy inferiores a un millón de años, lo que implica un emplazamiento geológicamente reciente.

Implicaciones para la química del océano subsuperficial

En un océano dominado por agua líquida, la presencia de amoníaco resulta especialmente relevante. Disuelto en el agua, actúa como anticongelante y reduce su punto de congelación. En Europa, este efecto favorece la persistencia de agua líquida y sugiere una corteza helada menos espesa que en un sistema compuesto únicamente por hielo de H₂O.

Desde el punto de vista geoquímico, la detección de nitrógeno en forma de especies amoniacadas apunta a un océano químicamente reducido y con pH relativamente elevado, lo que condiciona la estabilidad de los minerales disueltos y las reacciones químicas internas. Aunque el amoníaco no implica actividad biológica, amplía el rango de escenarios fisicoquímicos plausibles para el océano europeano.

La corta vida del amoníaco bajo la radiación joviana refuerza la existencia de intercambio reciente entre el océano o reservorios subsuperficiales y la superficie. Su detección indica que la corteza no actúa como una barrera completamente aislante y que pueden producirse episodios de transporte de materiales en escalas geológicas cortas.

Estos resultados son coherentes con otros indicios de actividad reciente en Europa, como la presencia de hielo cristalino o la morfología de los terrenos caóticos, y refuerzan el escenario de un satélite con una corteza helada activa y un océano químicamente conectado con su interior rocoso.

Ilustración del océano subsuperficial de Europa bajo la corteza helada, con posibles penachos y circulación interna
Ilustración que muestra el océano salado bajo la corteza helada de Europa y su posible comunicación con la superficie. Créditos: NASA/JPL-Caltech

Contexto en la exploración futura del sistema joviano

El hallazgo se integra en el marco de la exploración del sistema joviano y de sus satélites helados. Las misiones a Júpiter han revelado un entorno dominado por fuertes campos gravitatorios y radiativos, pero también por procesos internos capaces de mantener océanos líquidos bajo capas de hielo de decenas de kilómetros.

Estos resultados aportan contexto para la misión Europa Clipper, centrada en caracterizar la estructura de la corteza, la composición superficial y la interacción entre el océano y el hielo. La detección de amoníaco en regiones jóvenes define objetivos concretos para futuras observaciones espectroscópicas de alta resolución.

De forma complementaria, la misión JUICE permitirá comparar la presencia de compuestos amoniacados en distintos satélites del sistema joviano. Este enfoque comparativo es clave para evaluar si la química observada en Europa es un rasgo singular o parte de un patrón más amplio asociado a océanos subsuperficiales.

En conjunto, el reanálisis de los datos de Galileo amplía el conocimiento sobre la composición de Europa y refuerza la evidencia de intercambio reciente entre su interior y la superficie, reforzando la idea de que Europa es un mundo activo, donde estos procesos siguen siendo relevantes en la actualidad geológica.

Referencias y más información:

Contenidos relacionados:

La diferencia entre Ío y Europa apunta a su formación, no a una pérdida extrema de agua

Un estudio reciente analiza la evolución temprana de los satélites de Júpiter y muestra que los escenarios de escape atmosférico extremo no bastan para explicar el contraste actual entre Ío y Europa, reforzando la importancia de las condiciones de formación en el entorno joviano.

Comparación de los satélites Ío y Europa de Júpiter, mostrando la superficie volcánica de Ío y la superficie helada y fracturada de Europa.
Comparación de Ío y Europa. Créditos: NASA/JPL/DLR

Ío y Europa, dos de los principales satélites de Júpiter, presentan hoy una diferencia extrema en composición y actividad geológica. Mientras Europa conserva una gruesa capa de hielo y un océano global bajo su superficie, Ío es un cuerpo rocoso, muy denso y dominado por un volcanismo intenso. Desde hace años se plantea si ambos mundos pudieron formarse de manera similar y divergir después, o si esa diferencia ya estaba marcada desde su origen. Un trabajo teórico reciente aporta nuevos argumentos a favor de esta segunda opción.

En los últimos años ha ganado peso la hipótesis de que Ío y Europa se formaron inicialmente ricos en agua y que Ío perdió después sus volátiles debido al calentamiento y al escape atmosférico durante las primeras fases del sistema joviano. El nuevo estudio examina ese escenario con modelos físicos detallados y concluye que resulta difícil sostenerlo incluso bajo condiciones especialmente favorables a la pérdida de agua.

El problema del contraste entre Ío y Europa

La diferencia entre Ío y Europa ha sido uno de los principales retos para los modelos de formación de satélites. Ambos cuerpos tienen tamaños comparables y orbitan relativamente cerca uno del otro, pero sus densidades y estados actuales son muy distintos. Europa presenta una densidad media baja, compatible con una fracción significativa de agua, mientras que Ío alcanza valores cercanos a 3.500 kg/m³, propios de un cuerpo mayoritariamente rocoso.

Explicar este contraste únicamente mediante procesos posteriores a la formación requiere mecanismos capaces de eliminar grandes cantidades de agua de Ío sin afectar de forma equivalente a Europa. Entre ellos, la pérdida atmosférica impulsada por el calor temprano del entorno de Júpiter ha sido una de las propuestas más debatidas en la literatura científica reciente.

Cómo se modela la pérdida de agua en los satélites jovianos

El estudio, firmado por Yannis Bennacer, Olivier Mousis y Vincent Hue, analiza la evolución temprana de Ío y Europa durante sus primeros millones de años. El modelo reconstruye cómo se formaron ambos satélites alrededor de Júpiter, cómo su interior se calentó debido a distintas fuentes de energía y cómo ese calentamiento pudo liberar agua hacia la superficie.

El punto de partida es que los satélites pudieron acrecer a partir de silicatos hidratados, minerales que incorporan agua en su estructura cristalina. A medida que el interior se calienta, estos minerales se deshidratan y liberan agua. Esa agua puede migrar hacia la superficie y formar océanos y atmósferas temporales, que quedarían expuestas a la pérdida hacia el espacio si la temperatura superficial es elevada y la gravedad insuficiente para retenerlas.

El modelo explora un amplio conjunto de escenarios. Se consideran distintos modos de acreción, desde el crecimiento progresivo a partir de partículas pequeñas hasta impactos de cuerpos de mayor tamaño, así como diferentes duraciones del proceso y posiciones orbitales dentro del entorno joviano. En cada caso se calcula cuándo comienza la deshidratación del interior, cuánta agua se libera y si los mecanismos de escape pueden eliminarla de forma eficaz.

Por qué Ío no pudo perder un océano primitivo

Los resultados muestran una diferencia clara entre ambos satélites. En el caso de Europa, la deshidratación significativa del interior se produce cuando la fase más energética del sistema ya ha pasado. Para entonces, la irradiación procedente de Júpiter ha disminuido y la superficie no puede mantener océanos expuestos ni atmósferas densas durante largos periodos. En ese contexto, la pérdida de agua es limitada y Europa conserva la mayor parte de sus volátiles en la mayoría de escenarios plausibles.

En Ío, el resultado es mucho más restrictivo. Incluso suponiendo un escape atmosférico extremadamente eficiente, el modelo indica que el satélite no puede eliminar por completo un océano primitivo si este se forma tras la deshidratación interna. Una vez que el entorno se enfría y el disco circumjoviano se disipa, cualquier agua restante queda protegida en forma de hielo y deja de estar accesible a los mecanismos de escape considerados.

Para reproducir la elevada densidad actual de Ío, cercana a 3.500 kg/m³, el estudio exige condiciones muy específicas. Ío tendría que haberse formado muy cerca de Júpiter, o haber crecido en un intervalo de tiempo extremadamente corto, o haber acumulado gran parte de su masa mediante impactos energéticos. Aun así, estos escenarios no explican de forma sólida una pérdida completa de agua si el material original contenía silicatos hidratados.

Un origen distinto desde la formación

Esquema de la formación de los satélites galileanos de Júpiter mostrando cómo los materiales hidratados conservan agua en la región de Europa y se deshidratan antes de alcanzar Ío.
Esquema del disco circumjoviano durante la formación de los satélites galileanos. Los materiales hidratados que dieron lugar a Europa conservaron su contenido en agua, mientras que los mismos materiales se deshidrataron al cruzar la línea de deshidratación de los filosilicatos antes de incorporarse a Ío, dando lugar a un satélite intrínsecamente seco. Créditos: Southwest Research Institute

A partir de estos resultados, los autores proponen una alternativa más coherente. Ío habría acrecido principalmente a partir de material anhidro, pobre en agua, en una región del disco joviano situada por debajo de la línea de deshidratación de los filosilicatos. En ese entorno, el agua liberada por los minerales no se incorporaría al satélite, mientras que más lejos, en la región donde se formó Europa, sí podría retenerse.

Este planteamiento desplaza el origen del contraste entre Ío y Europa desde su evolución posterior hacia sus condiciones iniciales de formación. No serían dos cuerpos que siguieron trayectorias similares y luego divergieron, sino satélites que se formaron a partir de materiales distintos en regiones térmicamente diferenciadas del entorno de Júpiter.

Implicaciones para la exploración de Europa

El estudio tiene también implicaciones observacionales directas. Si Europa no perdió una fracción importante de su agua por escape atmosférico, la composición isotópica de ese agua debería reflejar la del material primitivo que la formó. En particular, el cociente deuterio-hidrógeno podría ser comparable al medido en asteroides hidratados y condritas carbonáceas.

Las futuras mediciones de Europa Clipper y de la misión JUICE permitirán poner a prueba esta predicción y aportar nuevas restricciones sobre el origen de los satélites galileanos. Estos datos ayudarán a discriminar entre escenarios de formación y a entender mejor cómo se distribuyó el agua en el entorno del Júpiter primitivo.

Aunque el modelo adopta supuestos que favorecen la pérdida de volátiles, los resultados indican que Ío no puede despojarse fácilmente de un océano primitivo. En conjunto, el trabajo refuerza la idea de que la configuración actual del sistema joviano interior está determinada, en gran medida, por las condiciones de formación y no por procesos extremos de erosión posteriores.

Referencias y más información

Las lunas irregulares de Júpiter muestran composiciones tan variadas como sus órbitas

Observaciones en el infrarrojo con el instrumento NIRSpec del telescopio espacial James Webb revelan tres tipos principales de materiales en las lunas irregulares

Las observaciones recientes del telescopio espacial James Webb han mostrado que las pequeñas lunas irregulares de Júpiter no comparten un origen común. El estudio, publicado en The Planetary Science Journal por Benjamin Sharkey y colaboradores, utilizó el espectrógrafo infrarrojo NIRSpec del observatorio espacial para analizar ocho de estos cuerpos en longitudes de onda entre 0,7 y 5,1 micrómetros. Los resultados revelan una notable diversidad de composiciones superficiales que sugiere que Júpiter capturó objetos procedentes de distintos reservorios del Sistema Solar primitivo.

Por definición, los satélites irregulares de Júpiter poseen órbitas lejanas, muy inclinadas y a menudo retrógradas, lo que indica que fueron capturados por el planeta y no se formaron en su entorno inmediato. Se agrupan en varias familias con características orbitales y cromáticas similares: el grupo prógrado de Himalia (al que pertenecen Himalia, Elara y Lisitea), y los tres principales grupos retrógrados de Ananké, Carmé y Pasífae, además de algunas lunas aisladas como Temisto o Sinopé.

El equipo del JWST observó los ocho mayores representantes de estas familias: Temisto, Himalia, Elara, Lisitea, Ananké, Carmé, Pasífae y Sinopé. Las medidas en el infrarrojo cercano e intermedio permitieron identificar bandas de absorción asociadas a minerales hidratados, compuestos orgánicos y moléculas volátiles, indicadores de su composición original y de los procesos físicos y químicos que han afectado sus superficies desde su captura por el planeta.

Las tres lunas del grupo de Himalia mostraron rasgos espectrales muy diferentes entre sí. Himalia, la mayor de todas con unos 170 km de diámetro, presenta una compleja combinación de bandas de absorción en torno a 2,7 y 3,05 micrómetros, atribuibles a filosilicatos que contienen amonio en su estructura. Estos minerales, denominados filosilicatos amoniacales, se forman en ambientes donde coexistieron agua líquida y compuestos nitrogenados, y su presencia indica que el cuerpo progenitor del grupo se formó en regiones externas del Sistema Solar, en condiciones similares a las que originaron asteroides como Ceres o Higía. Elara y Lisitea muestran composiciones más simples, pero sus espectros sugieren que derivan del mismo cuerpo progenitor, alterado de forma heterogénea por procesos acuosos internos.

En cambio, las lunas retrógradas Carmé, Pasífae, Ananké y Sinopé presentan superficies con características muy distintas. Carmé y Sinopé poseen pendientes espectrales rojizas y absorciones débiles cerca de 3 y 3,4 micrómetros, asociadas a materiales orgánicos similares a los detectados en los asteroides troyanos de Júpiter. Pasífae y Ananké muestran bandas más pronunciadas en torno a 2,9–3 micrómetros, compatibles con minerales portadores de grupos hidroxilo (OH) y con una moderada alteración acuosa. Lisitea, aunque pertenece al grupo prógrado de Himalia, comparte este tipo de absorciones intermedias, lo que refuerza la idea de que el conjunto de las lunas irregulares combina materiales procedentes de distintas fuentes.

Los autores plantean dos interpretaciones para esta diversidad. En la primera, algunos grupos —como Himalia o Ananké— podrían haberse originado en zonas distintas del Sistema Solar y haber sido capturados por Júpiter en diferentes etapas de su historia, posiblemente durante la migración de los planetas gigantes. En la segunda, todos los grupos podrían derivar de progenitores similares, pero con composiciones internas variadas, de modo que los impactos y fragmentaciones posteriores generaron lunas con superficies químicamente distintas. La variedad de firmas espectrales en el rango de 3 micrómetros, donde se detectan las vibraciones de enlaces O–H, N–H y C–H, apoya la hipótesis de múltiples procedencias.

El estudio también tiene implicaciones para el sistema joviano en su conjunto. El polvo liberado por las colisiones entre lunas irregulares podría transportar compuestos nitrogenados hacia las superficies de las lunas mayores, como Calisto o Europa. En particular, los materiales ricos en amonio detectados en Himalia y Elara representarían una fuente potencial de nitrógeno que, al mezclarse con hielo de agua y materia orgánica, podría participar en procesos fotoquímicos y radiolíticos sobre las superficies exteriores del planeta.

Además, los resultados confirman la existencia de analogías y diferencias notables entre las lunas irregulares y los asteroides troyanos. Algunas, como Carmé y Sinopé, reproducen las características espectrales de los troyanos más rojizos; otras, como Ananké o Lisitea, muestran absorciones más cortas y redondeadas, situadas entre los valores típicos de los troyanos y los de los asteroides carbonáceos del cinturón principal. Esta continuidad espectral sugiere que los cuerpos capturados por Júpiter podrían incluir tanto fragmentos del cinturón de asteroides como remanentes del antiguo cinturón de Kuiper, mezclados por la migración planetaria en las primeras decenas de millones de años del Sistema Solar.

El trabajo de Sharkey y su equipo proporciona la visión más completa hasta ahora sobre la composición de las lunas irregulares jovianas y demuestra la capacidad del telescopio espacial James Webb para estudiar cuerpos menores de pocos decenas de kilómetros de diámetro a grandes distancias. Futuras observaciones con el mismo instrumento permitirán ampliar la muestra y comprobar si esta diversidad composicional se extiende a los numerosos miembros menores de cada familia.

Los resultados refuerzan la idea de que las lunas irregulares de Júpiter son fragmentos capturados de diferentes regiones del Sistema Solar, testigos de la gran mezcla de materiales que acompañó a la formación de los planetas gigantes y que contribuyó a modelar la actual arquitectura del sistema joviano.

Referencias y más información:

Sigue leyendo en NoSoloSputnik:

Hacia Ío: el ambicioso plan para recoger muestras sin aterrizar

La posibilidad de recoger muestras directas del material eyectado por los volcanes de Ío, la luna más activa geológicamente del sistema solar, está siendo considerada con renovado interés tras una serie de estudios que exploran tanto la viabilidad técnica como el valor científico de dicha misión. Una reciente propuesta científica ha presentado los fundamentos para una misión de retorno de muestras basada en el sobrevuelo de las columnas volcánicas de Ío, sin necesidad de aterrizar en su superficie. Esta idea, que ha sido discutida en el marco del 56.º Congreso de Ciencia Lunar y Planetaria (LPSC 2025), plantea una estrategia de muestreo directo que evitaría los riesgos asociados a las intensas emisiones de radiación y actividad volcánica en la superficie de esta luna de Júpiter.

Imagen de plumas eruptivas de Ío observadas por la sonda Galileo en 1997
Fotografía capturada por Galileo en 1997 mostrando plumas volcánicas activas en Ío. Créditos: NASA/JPL

Ío se sitúa como un objetivo prioritario en los programas de retorno de muestras por su singularidad en la dinámica planetaria del sistema solar. Con más de 400 volcanes activos y un régimen de erupciones que pueden alcanzar los 400 km de altura, Ío representa un laboratorio natural excepcional para estudiar procesos geológicos como el vulcanismo extremo, la interacción entre satélites y campos magnéticos planetarios, y la evolución térmica de cuerpos planetarios sujetos a calentamiento por marea. A diferencia de cuerpos geológicamente inactivos, la superficie de Ío se encuentra en constante renovación, lo que ha permitido preservar materiales poco afectados por el envejecimiento espacial.

Desde su descubrimiento como mundo volcánicamente activo por la sonda Voyager 1 en 1979, los satélites de Júpiter han sido objeto de múltiples misiones, incluyendo Galileo, Cassini, New Horizons y, en la actualidad, Juno. Sin embargo, la exploración de Ío ha sido limitada debido al entorno extremadamente hostil que impone la magnetosfera de Júpiter, cuya intensa radiación puede dañar o destruir las sondas en períodos breves. Las propuestas anteriores, como las misiones FIRE o IVO, contemplaban sobrevuelos cercanos, pero ninguna fue seleccionada. La nueva propuesta recupera el interés en Ío, planteando una trayectoria más eficiente en términos de riesgo y costes: interceptar directamente una columna volcánica mediante un sobrevuelo controlado.

El diseño preliminar de la misión contempla una nave que realice varios sobrevuelos del satélite para identificar regiones activas. Una vez localizada una pluma volcánica activa —potencialmente en el volcán Prometeo, que ha mostrado una estabilidad eruptiva destacada—, la nave cruzaría la pluma en altitudes comparables a las de un avión comercial, utilizando un sistema de recolección de partículas integrado en una cápsula del tamaño de una bandeja. Este sistema permitiría capturar partículas sólidas y volátiles sin necesidad de contacto con la superficie, lo que evita muchas de las complicaciones de una misión de aterrizaje.

Impresión artística de la propuesta Prometheus cruzando una pluma volcánica en Ío
Impresión artística de la sonda Prometheus sobrevolando una pluma volcánica en Ío. Créditos: James Tuttle Keane

En la propuesta técnica, la misión se enmarca en el programa New Frontiers de NASA, con un perfil de vuelo que incluiría la inserción orbital en el sistema joviano, maniobras gravitatorias para ajustar la trayectoria y retorno balístico a la Tierra una vez completada la fase de muestreo. La duración estimada total sería de aproximadamente 9,4 años, incluyendo el viaje de ida, operaciones en órbita de Júpiter y regreso de las muestras.

La importancia científica de recuperar partículas directamente desde una columna volcánica de Ío reside en su potencial para revelar la composición isotópica y mineralógica del interior de esta luna. A diferencia de la Tierra, donde los procesos de erosión y tectónica complican el acceso a materiales antiguos, Ío puede ofrecer información sobre condiciones iniciales del sistema solar, ya que el material expulsado por sus volcanes podría proceder de capas profundas poco alteradas. Además, el estudio de estos materiales ayudaría a comprender las diferencias de composición con otras lunas de Júpiter como Europa o Ganímedes, así como los procesos de fraccionamiento químico inducidos por el calor de marea.

Ío está sometida a un intenso proceso de calentamiento interno debido a su interacción gravitatoria con Júpiter y las lunas vecinas Europa y Ganímedes. Este fenómeno, conocido como resonancia de Laplace, produce mareas internas que estiran y comprimen el cuerpo de Ío, generando calor por fricción en su interior. Esta energía térmica acumulada alimenta un océano magmático estimado en más de 30 km de espesor bajo la corteza. Los volcanes de Ío no solo presentan temperaturas extremas, sino que también están acompañados por características geológicas como lagos de lava, fuentes de fuego y montañas de varios kilómetros de altura formadas por colapsos de la corteza. Una de las erupciones más intensas jamás observadas en el sistema solar fue registrada en 2001 en el volcán Surt, con una emisión energética de hasta 80.000 GW.

Esquema del toro de plasma en la órbita de Ío
Esquema del toro de plasma sobre la órbita de Ío alrededor de Júpiter. Créditos: NASA/JPL

El entorno de Ío no es solo geológico, también es electromagnético. Las plumas volcánicas cargadas de partículas interaccionan con el potente campo magnético de Júpiter generando un anillo de plasma denominado «torus de Ío». Este entorno radiactivo plantea desafíos técnicos, pero también oportunidades para estudiar cómo la actividad interna de una luna puede afectar a su atmósfera y a su relación con el planeta anfitrión.

Las analogías con las misiones Apolo también refuerzan el valor del retorno de muestras. En la Luna, los astronautas de Apolo 17 descubrieron perlas de vidrio volcánico que revelaron propiedades inesperadas del interior lunar. En el caso de Ío, el estudio de los materiales de las plumas volcánicas podría arrojar información inédita sobre su manto, su atmósfera transitoria y la interacción entre componentes volátiles y minerales silicatados.

El artículo científico que sustenta esta propuesta, firmado por más de una veintena de investigadores y liderado por Aanu Adeloye, destaca que una misión de retorno de muestras desde Ío es tecnológicamente viable en el marco actual de desarrollo aeroespacial. La misión también se beneficiaría de simulaciones detalladas de la dinámica de las plumas, lo que permitiría planificar con precisión la trayectoria de vuelo y minimizar los riesgos para la nave.

Imagen del lado nocturno y el lado diurno de Ío tomada por la sonda Juno de la NASA. Créditos: NASA/JPL-Caltech/SwRI/MSSS/Emma Wälimäki

Además de mejorar la comprensión sobre la formación y evolución de Ío, los datos también serían relevantes para la astrobiología y la geofísica comparada. Los procesos de calentamiento de marea que se observan en Ío podrían estar actuando en otras lunas heladas del sistema joviano, donde, a diferencia de Ío, el calor interno no produce volcanismo silicatado, sino actividad criovolcánica asociada a la existencia de océanos subterráneos.

Este tipo de misiones de muestreo se inscribe dentro de un contexto más amplio de exploración del sistema joviano. La exploración de Júpiter y sus satélites ha adquirido un papel destacado en la agenda científica internacional, con misiones como JUICE de la ESA o Europa Clipper de NASA centradas en lunas con potencial astrobiológico. Aunque Ío no es un candidato para la habitabilidad, su estudio ofrece un marco de referencia para comprender los extremos del volcanismo planetario, los límites térmicos de los cuerpos sólidos y las condiciones que podrían haber prevalecido en las primeras etapas del sistema solar.

Con un perfil técnico basado en tecnología ya disponible, un diseño de misión orientado a la eficiencia operativa y un retorno científico elevado, la posibilidad de una misión como Prometheus —nombre propuesto para este retorno de muestras desde Ío— parece estar cada vez más cerca de ser considerada como parte de los planes estratégicos de exploración planetaria.

Juno descubre la erupción volcánica más intensa jamás registrada en Ío

La sonda Juno de la NASA ha detectado en Ío, la luna de Júpiter, la erupción volcánica más intensa jamás observada en el Sistema Solar. Este evento sin precedentes fue captado el 27 de diciembre de 2024 por el instrumento JIRAM (Jovian Infrared Auroral Mapper), que identificó un punto caliente masivo en el hemisferio sur del satélite. Los datos muestran que esta nueva zona volcánica activa supera los 100.000 km², una superficie cinco veces mayor que la de Loki Patera, el lago de lava más grande previamente conocido en Ío.

El equipo científico estima que la energía total emitida por esta erupción supera los 80 billones de vatios, un nivel de radiación térmica que saturó los detectores de JIRAM. De acuerdo con Scott Bolton, investigador principal de la misión Juno, esta es la actividad volcánica más intensa jamás registrada en Ío, lo que subraya la extraordinaria dinámica geológica de este satélite, considerado el mundo más volcánico del Sistema Solar.

Imágenes de JunoCam en 2024 muestran cambios significativos en la superficie de Ío cerca del polo sur, detectados entre los perijovios 66 y 68, cuando la sonda pasó más cerca de la luna joviana. Créditos: NASA/JPL-Caltech/SwRI/MSSS/Jason Perry

¿Por qué Ío es tan volcánico?

Ío experimenta una actividad volcánica extrema debido al efecto de calentamiento por marea generado por Júpiter. Su órbita elíptica hace que la intensa gravedad del planeta gigante la comprima y estire constantemente, generando fricción interna y elevando las temperaturas de su interior. Como resultado, el satélite alberga un interior parcialmente fundido, con una gran cantidad de magma que se abre paso hasta la superficie a través de fisuras y calderas volcánicas.

Este fenómeno hace que Ío esté en un estado de actividad constante, con aproximadamente 400 volcanes activos. Sin embargo, el evento detectado por Juno se destaca por su magnitud sin precedentes, lo que sugiere la presencia de una vasta cámara de magma subterránea.

Modelo del interior de Ío propuesto por R.S.Park, donde sugieren que Ío no tiene un océano de magma superficial, sino un manto mayormente sólido (verde) con zonas de fusión parcial (amarillo/naranja) sobre un núcleo líquido (rojo/negro). Créditos: JPL/Caltech/Sofia Shen

Evidencias del nuevo volcán en Ío

Durante el sobrevuelo del 27 de diciembre de 2024, Juno pasó a 74.400 km de Ío y su cámara infrarroja captó una intensa emisión térmica en el polo sur. Alessandro Mura, investigador del Instituto Nacional de Astrofísica de Italia y miembro del equipo de JIRAM, explicó que este punto caliente es tan intenso que sugiere la presencia de varios volcanes conectados a una gigantesca cámara magmática.

Además de los datos infrarrojos, la JunoCam, la cámara de luz visible de la nave, también identificó cambios en la superficie de Ío. Al comparar imágenes de sobrevuelos anteriores con las más recientes, los científicos notaron modificaciones en la coloración del terreno, lo que confirma que esta erupción ha dejado una huella permanente en el paisaje del satélite.

Loki Patera (izquierda) y otras calderas de Ío reflejando la luz solar, revelando detalles de su intensa actividad volcánica. Créditos: NASA/JPL-Caltech/SwRI/MSSS/Björn Jónsson

¿Un océano de magma en Ío?

El descubrimiento de esta supererupción reabre el debate sobre el interior de Ío. Hasta ahora, existían dos modelos principales para explicar su actividad volcánica:

1️⃣ Modelo del océano de magma: Propone que Ío alberga un océano global de roca fundida a poca profundidad bajo su corteza. Este océano sería la fuente de los volcanes y explicaría la distribución uniforme de la actividad volcánica en la luna.

2️⃣ Modelo del manto parcialmente fundido: Sugiere que Ío tiene un interior similar al de la Tierra, con un manto parcialmente derretido y magma acumulado en cámaras profundas. En este caso, los volcanes estarían alimentados por conductos individuales en lugar de un océano global.

Los datos recientes de Juno parecen favorecer la segunda teoría, ya que los estudios gravitacionales de la nave han revelado que la deformación de la corteza de Ío no es lo suficientemente intensa como para sostener un océano de magma global. En cambio, lo más probable es que el calor se disipe mediante la acumulación de magma en cámaras localizadas bajo la superficie, lo que explicaría la aparición de supererupciones localizadas como la recién detectada.

Futuras observaciones de Juno

La sonda Juno tiene programado un nuevo sobrevuelo de Ío el 3 de marzo de 2025, lo que permitirá estudiar cómo ha evolucionado este mega-volcán en las últimas semanas. Además, astrónomos de todo el mundo intentarán observar el fenómeno con telescopios terrestres para complementar los datos de la misión.

Este descubrimiento no solo redefine nuestra comprensión de Ío y su actividad volcánica, sino que también tiene implicaciones más amplias para la evolución térmica de otros cuerpos del Sistema Solar. Si el mecanismo que alimenta la actividad de Ío es más común de lo que se pensaba, podríamos encontrar dinámicas similares en exoplanetas sometidos a fuertes efectos de marea gravitacional.