La exploración de Urano representa uno de los mayores retos pendientes de la ciencia planetaria. Este gigante helado, séptimo planeta del sistema solar, se encuentra a una distancia media del Sol de unos 2.870 millones de kilómetros y completa una órbita cada 84 años terrestres. Su estudio es esencial para comprender los procesos de formación de los planetas gigantes y, por extensión, de los sistemas planetarios alrededor de otras estrellas. Urano combina características propias de los gigantes gaseosos y de los cuerpos helados, con una atmósfera dominada por hidrógeno, helio y metano, y un interior compuesto por hielos de agua, amoníaco y otros compuestos volátiles. Su inclinación axial de 97,8 grados, prácticamente sobre el plano orbital, lo convierte en un caso único en el sistema solar y genera estaciones extremas que duran más de dos décadas.

Sin embargo, su enorme distancia ha limitado hasta ahora el envío de misiones dedicadas. Alcanzar Urano requiere trayectorias de más de doce años incluso utilizando asistencias gravitacionales de los planetas interiores. La débil irradiancia solar, unas 370 veces menor que la que recibe la Tierra, impide el uso de paneles solares convencionales, obligando a emplear generadores termoeléctricos de radioisótopos (RTG) para suministrar energía. Además, la gran demora en las comunicaciones y la necesidad de transportar suficiente combustible para maniobras de inserción orbital incrementan el coste y la complejidad técnica de cualquier misión.

Estas limitaciones explican que Urano haya sido visitado solo una vez, en 1986, por la sonda Voyager 2 durante su paso hacia el exterior del sistema solar. Desde entonces, la mayor parte del conocimiento sobre este planeta procede de telescopios terrestres y espaciales, mientras se evalúan nuevas misiones que permitan estudiarlo con la misma profundidad que Júpiter o Saturno.

La visita de Voyager 2 y las observaciones desde la Tierra

La única visita directa a Urano tuvo lugar el 24 de enero de 1986, cuando la sonda estadounidense Voyager 2 realizó un sobrevuelo a unos 81.500 kilómetros de las nubes superiores. Durante aquel encuentro, la nave cruzó el plano ecuatorial del planeta a una velocidad relativa cercana a 15 kilómetros por segundo y transmitió miles de imágenes y datos científicos que constituyen todavía la base del conocimiento actual sobre Urano.

Los instrumentos de Voyager 2 revelaron un mundo con una atmósfera compuesta principalmente por hidrógeno, helio y metano, cuya absorción del color rojo confiere al planeta su tono azul verdoso característico. La temperatura media se estimó en –214 °C y los vientos alcanzaron velocidades superiores a los 200 metros por segundo. El magnetómetro registró un campo magnético inclinado 59 grados respecto al eje de rotación y desplazado de forma notable respecto al centro del planeta, un rasgo que sigue sin una explicación definitiva. La misión también permitió descubrir diez nuevas lunas, elevar a trece el número total conocido y describir con mayor detalle la estructura de los anillos. Entre sus observaciones más destacadas figuran las imágenes de Miranda, una luna con un relieve excepcional y signos de actividad tectónica antigua.

Tras el paso de Voyager 2, las observaciones desde la Tierra y desde telescopios espaciales han permitido ampliar considerablemente la información sobre el planeta. El Telescopio Espacial Hubble ha monitorizado la evolución estacional de su atmósfera, detectando cambios en la reflectividad y en la formación de nubes en las zonas polares. Observatorios terrestres como Keck, Gemini y ALMA han utilizado óptica adaptativa y técnicas de espectroscopía infrarroja para analizar la distribución de metano, la estructura térmica y las variaciones en el brillo de los anillos. Estas campañas han confirmado que Urano presenta una dinámica atmosférica más activa de lo que se suponía y que sus polos experimentan contrastes notables durante los largos periodos de iluminación y oscuridad.

Misiones propuestas a Urano y perspectivas científicas

Tras casi cuatro décadas desde el sobrevuelo de Voyager 2, Urano continúa siendo uno de los planetas menos explorados del sistema solar. Su estudio en profundidad ha pasado a ocupar un lugar prioritario en la planificación científica internacional, y varias agencias espaciales trabajan en proyectos destinados a desvelar la estructura, composición y dinámica de este gigante helado.

La NASA ha definido la misión Uranus Orbiter and Probe (UOP) como su principal propuesta de tipo “flagship” para la próxima década, según el informe Planetary Science and Astrobiology Decadal Survey 2023–2032. El diseño contempla un orbitador que acompañaría a Urano durante varios años y una sonda atmosférica capaz de penetrar en sus capas superiores para medir la presión, temperatura y composición de los gases. Entre sus objetivos científicos se incluyen la caracterización del interior del planeta, el estudio detallado de su magnetosfera irregular, la evolución térmica de la atmósfera y el análisis del sistema de anillos y lunas.

Esquema de la misión Uranus Orbiter & Probe.

El lanzamiento está previsto inicialmente para 2031 o 2032, aprovechando una asistencia gravitatoria de Júpiter para acortar el trayecto. La llegada al sistema de Urano se produciría entre 2044 y 2046, tras un vuelo de unos trece años. El orbitador operaría con generadores termoeléctricos de radioisótopos, necesarios dada la baja irradiancia solar a casi 20 unidades astronómicas. Los datos obtenidos permitirían comparar la estructura interna y el comportamiento atmosférico de Urano con los de Neptuno y otros planetas gigantes, proporcionando un marco de referencia esencial para el estudio de exoplanetas de masa intermedia.

En paralelo, China desarrolla la misión Tianwen 4, gestionada por la Agencia Espacial Nacional China (CNSA), cuyo lanzamiento está previsto hacia 2030 mediante un cohete Larga Marcha 5 (CZ-5). Esta misión incluirá dos sondas: una principal destinada a entrar en órbita alrededor de Júpiter y una secundaria que continuará su viaje hacia Urano. Ambas compartirán una trayectoria de asistencias gravitacionales que incluirá un sobrevuelo de Venus y dos de la Tierra, siguiendo el esquema “VEEGA” empleado anteriormente por misiones como Galileo y Cassini.

La sonda mayor orbitará el sistema joviano y se concentrará en el estudio de Calisto, la segunda luna más grande de Júpiter, analizando su posible océano subterráneo y las perturbaciones magnéticas que podría generar. La sonda menor, tras separarse en el sistema de Júpiter, proseguirá hacia el exterior del sistema solar para realizar un sobrevuelo de Urano en torno a 2043 o 2045, convirtiéndose en el segundo artefacto humano en visitar este planeta tras Voyager 2. Aunque su paso será breve, podría obtener valiosa información sobre la composición atmosférica, la estructura de los anillos y la distribución del campo magnético, complementando las observaciones que más tarde realizará la misión estadounidense UOP.

Diagrama preliminar de los hitos de la misión Tianwen 4

Ambos proyectos reflejan un interés creciente por los planetas helados, que representan un tipo de mundo común en la galaxia. Muchos exoplanetas detectados poseen masas y tamaños comparables a los de Urano y Neptuno, lo que convierte su estudio en una pieza clave para comprender la formación y evolución de los sistemas planetarios. Los resultados de estas futuras misiones ayudarán a reconstruir la historia térmica y dinámica del sistema solar exterior, aportando una visión más completa sobre la diversidad de planetas gigantes en nuestro vecindario cósmico.

Si los calendarios previstos se cumplen, la década de 2040 marcará un nuevo capítulo en la exploración del sistema solar. Urano volverá a recibir una visita humana más de sesenta años después de Voyager 2, y la información obtenida permitirá interpretar con mayor precisión los procesos físicos y químicos que operan en los confines del sistema solar.

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